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Vudú a orillas del Mono

Transcurre el verano de 2001 cuando un grupo de viajeros españoles, acompañados de nuestro guía Sanou y nuestro conductor Alí, nos dirigimos hacia la aldea de Hevé-Dogbadji, situada a orillas del río Mono, en Benín. Nuestra intención es asistir a una ceremonia de vudú, rito muy popular en este pequeño país situado en el golfo de Guinea. Llegamos temprano y Sanou se acerca a la vivienda del jefe de la tribu a negociar el precio de la ceremonia. Nosotros damos una vuelta por el lugar, observando la vida cotidiana de sus habitantes. Alí, musulmán creyente y practicante, espera en el coche. Una vez acordado el precio y hecho el pago, todo el pueblo se pone en movimiento para preparar la ceremonia. Mientras tanto hacemos fotos a los niños, observamos como los adolescentes juegan en el río, nos asomamos al interior de alguna choza. Por fin, tras algún tiempo, todo está listo para el ritual, y yo me pregunto qué vivencias nos deparará ese día.

Todos los habitantes de la aldea se concentran en una explanada en el centro del pueblo, que debe servir como escenario para la ceremonia. Nosotros nos mezclamos con la gente, sentándonos en improvisados bancos o en el suelo. Diana está junto a mí y cada uno tenemos un niño en nuestras rodillas. La comunicación con ellos es difícil pues su francés es casi ininteligible y el nuestro no es mucho mejor, pero intercambiamos sonrisas y alguna que otra palabra aislada. En el trato hecho con el jefe está incluida una botella de sodabé, brebaje transparente y de alto contenido alcohólico que usan los participantes en el ritual para ponerse a tono. La mayoría de los viajeros y, por supuesto, Alí son abstemios así que entre Sanou y yo nos disponemos a dar cuenta de la bebida. Es bastante fuerte pero no entra del todo mal y ayuda a relajar la tensión del momento. Mejor no pensar cual es su composición.

Empiezan a sonar los tambores con un ritmo machacón. Los participantes en la ceremonia son casi todos hombres jóvenes y parecen ir bien provistos de sodabé. Al compás de los tambores empiezan a bailar sobre cristales rotos, brasas, trozos de metal. Se hacen unas heridas horribles pero no parece importarles, continúan con su danza frenética sin lamentarse. De pronto se hace el silencio en la aldea. Aparecen dos o tres conos de tamaño considerable. Están construidos con un material similar a la paja y decorados con vivos colores. Comienzan a girar sobre sí mismos a una velocidad de vértigo. Miro a Diana con semblante interrogativo. ‘Hay alguien dentro’ comenta ella, ‘veo las huellas de sus pies en la arena’. Yo no estoy tan seguro, me parece imposible que alguien pueda girar sobre sí mismo a esa velocidad. ‘A veces les veo los pies’ insiste Diana. Yo no veo nada, deben ser los efectos del sodabé. El niño que tengo sobre mis rodillas se entretiene haciendo fotos con mi cámara.

De pronto algunos de los conos desaparecen y uno solo permanece sobre el improvisado escenario. Tras unos minutos más rotando a una velocidad endemoniada se para de repente. Entre unos cuantos lo levantan y sucede algo totalmente inesperado: debajo no hay nadie, tan solo una pequeña figura de madera que reposa sobre la arena. Los niños que nos acompañan se ponen tensos, emiten sonidos de admiración y nos dicen algo que no entendemos. La gente de la aldea se lleva el cono, dejando la talla de madera en el suelo. ‘Se ha escondido entre la paja’, me dice la realista Diana. A mí esto me parece imposible, deben ser los efectos del sodabé.

La fiesta termina con todo el pueblo bailando con nosotros al ritmo de los tambores. A mí me cuesta entender lo que han visto mis ojos, estoy como flotando. Así que bailo con la gente y no me planteo más cuestiones. Todavía pensando que todo ha sido tan solo un sueño, el día siguiente busco lo que queda de la botella de sodabé para echar un trago que me devuelva al mundo real. Alí me dice, con una sonrisa, que la botella se ha roto inexplicablemente y el preciado líquido se ha derramado por el suelo. Me pregunto si en realidad existió algún día o todo lo vivido aquella tarde fue producto de mi imaginación.

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