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Tocando el cielo

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Un lugar que suele estar rodeado de esos estereotipos y tópicos a los que tan acostumbrados estamos los que nos gusta viajar es, sin duda, Noruega. Quien no ha oído decir que allí solo hay fiordos y de tan iguales que son todos el paisaje llega a ser monótono. Que sus habitantes son fríos, aburridos, antipáticos y les gusta el alcohol en exceso. O que su capital es una ciudad carísima y en la que no hay nada que ver. Para desmontar estos falsos mitos lo mejor es irse a dar una vuelta por este país nórdico, como hicimos nosotros en el verano de 2002. Y nada más llegar a Oslo ya empezamos a darnos cuenta de que los noruegos de fríos y aburridos tienen bien poco. Esos días se celebraba un festival de verano y las calles del centro mostraban un aspecto festivo, incluyendo actuaciones y desfiles al aire libre.

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Evidentemente, no se puede decir que Oslo sea una ciudad monumental pero me resultó de lo más agradable. Hacía buen tiempo y pasear por Aker Brygge, como es conocida la zona del puerto, era todo un placer. Aker Brygge fue la parte portuaria e industrial de Oslo en el pasado y ha sido reconvertida hace menos de tres décadas en la zona de más ambiente de toda la ciudad, donde los viejos edificios de ladrillo se reflejan en los cristales de construcciones futuristas. Modernos cafés y restaurantes se suceden aquí y la gente guapa de Oslo se deja caer por los garitos de moda a la caída de la tarde. Atardecer que no llega a ser del todo oscuro en la capital noruega en esta época del año, cuando la villa está bañada por la luz la mayor parte del día.

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Había oído hablar ligeramente del Parque Vigeland antes de llegar a Noruega, pero no tenía demasiadas esperanzas puestas en ese lugar. Gustav Vigeland fue un escultor no demasiado famoso que, tras la demolición de su casa por parte de la corporación local de Oslo, llegó a un acuerdo con los dirigentes de la ciudad. A cambio de una nueva casa donde vivir y trabajar donaría toda su futura obra a la villa. Se le asignó una vivienda cerca del llamado Parque Frogner y Vigeland empezó a esculpir con pasión. En 1926 el artista se dedicó por entero a terminar una fuente, que originalmente iba a ser colocada junto al edificio del Parlamento y finalmente fue destinada al parque vecino. Y este trabajo debió de ser muy del agrado de los responsables locales, que tomaron la decisión de convertir el Parque Frogner en un museo al aire libre para toda la obra que el escultor produjo hasta su muerte en 1943.

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La zona del parque denominada Parque Vigeland contiene más de doscientas representaciones humanas hechas en bronce y granito. Las figuras muestran a personas en diferentes tramos de su vida, desde la infancia a la senectud, y en muy diversas actitudes y posturas. Algunas de las obras que aquí pueden verse son ya míticas, como la fuente que dio el pistoletazo de salida al museo o el niño enfadado, una de las casi sesenta esculturas situadas en el puente que lleva hasta ella. También merece destacarse la conocida como la rueda de la vida, donde varias imágenes se unen formando un círculo que parece mostrar el tránsito entre la vida y la muerte. Justo lo que el autor quiso simbolizar mediante la representación de situaciones cotidianas tales como el abrazo, la lucha, el baile o la huida.

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Probablemente la escultura más representativa de todo el Parque Vigeland sea la conocida como el monolito. Está situada en la parte más elevada del parque y consiste en un obelisco de unos quince metros de altura compuesto exactamente por 121 figuras humanas, desnudas y en diferentes etapas de su vida, que trepan hacia la cúspide. Parece ser que el autor quiso proponer al espectador una especie de alegoría religiosa, pues las imágenes se entrelazan unas con otras ayudándose así a alcanzar lo más alto, simbolizando quizás la salvación divina. Desconozco si Vigeland era creyente o no pero no albergo dudas de que el ser humano siempre ha aspirado, de una manera u otra, a tocar el cielo. Algo que consiguió el propio escultor con esta obra.

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4 pensamientos en “Tocando el cielo

    • Oslo sigue siendo una ciudad muy infravalorada, y creo que esos mitos siguen existiendo. Incluso lo de que es carísima no es del todo cierto, pues depende de con qué lugar se compare. Por ejemplo, yo llegué a la capital noruega procedente de Islandia y Oslo me pareció hasta barata. Aunque he de decir que era 2002 y probablemente esto haya cambiado ahora debido a la crisis que vivió Islandia hace unos años.

      Un país bonito lo es, y mucho. Y tampoco es tan monótono como se dice, hay una diversidad de paisajes considerable.

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  1. A mi también me pareció una ciudad encantadora, que merece al menos 3 días para disfrutar de su enorme ambiente veraniego y de sus múltiples museos, muy interesantes todos, sobretodo los de la zona de Bygdoy. También le dedicamos nuestro post.

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    • Los museos son una pasada, tanto los de Bygdøy (Fram, barcos vikingos, Kon-Tiki, Folkemuseum…) como el de Vigeland al que me refiero en el artículo. Solo por ellos ya merece la pena ir hasta allí, pero Oslo es mucho más en mi opinión. Me apena que sea una ciudad tan poco valorada y que la mayoría de los visitantes de Noruega tratan de evitar en lo posible.

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