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Adelantándose al tiempo

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Sus dimensiones, unos veinticuatro metros de alto y aproximadamente cincuenta y cinco de ancho en la base, son ridículas comparadas con las de otras pirámides que aún se elevan sobre la faz de la Tierra. Por ejemplo, la Gran Pirámide de Keops es unas seis veces más alta, y tanto la también mexicana Pirámide del Sol de Teotihuacán como la igualmente maya Pirámide de Tikal casi llegan a triplicar su altura. Tampoco destaca especialmente por su antigüedad, pues en su versión actual fue edificada en el siglo XII, cuando otras construcciones similares ya contaban con cientos, algunas miles, de años de historia. Y aunque su estado de conservación es bueno, no parece razón suficiente para que la Pirámide de Kukulkán sea digna de tanta admiración.

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Lo que hace distinta a esta construcción que los mayas levantaron en la mexicana península del Yucatán, y que tuve la oportunidad de admirar a finales de 1995, es su perfección en términos geométricos, astronómicos e incluso acústicos, totalmente inusual para la época. En efecto, además de servir como templo para el culto del dios Kukulkán, era usada como una fiable agenda que marcaba los días y meses de acuerdo a los dos calendarios manejados en la cultura maya. Llegaba incluso a indicar el comienzo de las estaciones mediante un fenómeno de luces y sombras que asemeja a una serpiente, representación de Kukulkán, que baja por su borde en los equinoccios. En los solsticios, la pirámide aparece iluminada exactamente en una mitad de su superficie, quedando la otra mitad totalmente en la sombra. Extraños fenómenos acústicos también se producen en la construcción, como reverberaciones que suenan de forma similar al canto de un quetzal, ave sagrada en la cultura maya.

No hay duda de que esta pirámide asombrosa es la estrella del sitio arqueológico de Chichén Itzá, pero allí también se encuentran otras edificaciones que aclaran diversas situaciones de la vida cotidiana de los mayas y dejan algunas otras en la oscuridad. La función para la que servía una extraña construcción conocida como el caracol no está del todo clara, aunque se cree que su propósito estaba relacionado con la observación de fenómenos astronómicos. Se trata de una torre a la que se accede mediante un par de escalinatas y que presenta una forma redondeada, curiosamente similar a la de los grandes telescopios actuales. A su parte superior se sube por una escalera de caracol, de ahí su nombre, y se cree que desde allí los astrónomos mayas escudriñaban meticulosamente el firmamento con la intención de interpretar los diversos fenómenos que ocurrían en él.

Al igual que otras culturas mesoamericanas, los mayas practicaban el llamado pokolpok o juego de pelota, una suerte de deporte que en realidad debió ser más bien una especie de rito. En Chichén Itzá se encuentra la cancha más grande entre las aproximadamente mil quinientas que han sido descubiertas hasta ahora. Las reglas del juego varían según la cultura considerada pero parece que para los mayas era una especie de rito cosmológico. Así, un objeto redondeado que simbolizaría el sol era intercambiado por dos equipos de jugadores, que podían golpearlo con ciertas partes del cuerpo, como el torso, los brazos y la cabeza. El movimiento de la pelota representaría el desplazamiento del sol en el cielo, y unos anillos situados a ambos bordes de la cancha los lugares por el que el astro sale y se oculta. No está claro si el hecho de pasar la pelota por uno de los anillos se consideraba un buen o mal augurio, ni tampoco lo que ocurría con los componentes del equipo perdedor.

No muy lejos de la cancha de juego de pelota en Chichén Itzá se encuentra el llamado cenote sagrado. Los cenotes son una especie de pozos de origen natural, muy habituales en el Yucatán, que suelen estar conectados entre ellos, y a veces también con el mar, a través del subsuelo. Las edificaciones mayas siempre estaban cerca de alguno y en ellos se han encontrado numerosos restos humanos, por lo que se piensa que eran usados para realizar sacrificios rituales y ofrendas a los dioses. Aunque existe la creencia de que los mayas sacrificaban jóvenes doncellas para aplacar la ira de sus divinidades, en realidad la mayor parte de restos encontrados en los cenotes pertenece a varones jóvenes. No les arriendo la ganancia a los perdedores del juego de pelota. Y mucho menos a quienes, tratando de adelantarse al tiempo, erraran con sus predicciones.

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