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Con el clero hemos topado

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Las habituales discusiones entre viajeros sobre si la diminuta Ciudad del Vaticano puede o no ser considerada un estado suelen ser bizantinas y, por lo tanto, no llevan a ninguna conclusión final. Pero es un hecho que este minúsculo territorio de solamente cuarenta y cuatro hectáreas tiene muchas de las atribuciones que a los países soberanos se les suponen. Entre ellas las de emitir sello y moneda, e incluso que algunos de sus ciudadanos dispongan de una nacionalidad propia sin necesidad de otra adicional. Así que cuando en 1992 crucé por primera vez la línea blanca pintada al comienzo de la impresionante Plaza de San Pedro me sentí como si hubiera traspasado una imaginaria frontera entre dos estados diferentes.

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Había oído hablar en numerosas ocasiones de las fabulosas dimensiones de la Plaza de San Pedro, y debo decir que tal calificativo me pareció de lo más adecuado. Se comenta que la capacidad de esta plaza diseñada por Bernini es similar a la de otro símbolo arquitectónico situado no muy lejos de allí, el Coliseo, y puede que sea cierto. De forma elíptica, está cerrada por dos lados mediante sus famosas columnatas, compuestas por un total de 284 columnas con 16 metros de altura cada una y rematadas por imágenes de santos en su parte superior. En el centro se sitúa un obelisco de 26 metros, que fue llevado a Roma por el emperador Calígula desde su emplazamiento inicial en Egipto. Al fondo se encuentra la no menos impresionante basílica de San Pedro, en cuya construcción participaron genios como Rafael, Miguel Ángel y el propio Bernini, autor a su vez del gigantesco baldaquino de bronce que cubre el altar mayor. Creo que este templo toca la fibra sensible a cualquiera, independientemente de sus creencias religiosas. En mi caso, no pude evitar unas lágrimas ante la bellísima escultura de la Piedad, obra maestra de Miguel Ángel, que fue destrozada por un vándalo en 1972 y cuya delicadeza ahora solo puede ser apreciada desde el otro lado de un cristal protector.

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La mejor forma de llegar al pequeño estado es a mi modo de ver atravesando el río Tíber por el cercano Puente Sant’Angelo, todo un símbolo en esa ciudad tan llena de ellos como es Roma. Es éste un puente romano, valga la redundancia, construido a principios del siglo II por el emperador Adriano. El Sant’Angelo es exclusivamente peatonal y es toda una delicia cruzarlo tranquilamente admirando las diez estatuas de ángeles que decoran su balaustrada, así como el Castillo Sant’Angelo y la enorme cúpula de la basílica de San Pedro en la otra orilla. Éste era el camino que tradicionalmente seguían los peregrinos para alcanzar el templo. Fieles que en estos tiempos modernos han sido reemplazados por los turistas que hacia allí se dirigen, lo que hace al Puente Sant’Angelo estar considerablemente transitado.

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Al otro lado, aunque aún en territorio italiano, el Castillo Sant’Angelo fue encargado también por el emperador Adriano para albergar su mausoleo. De hecho, la funcionalidad inicial del puente era dar acceso a esta edificación, normalmente denominada castillo pero que no me pareció tal. Al menos no coincide con el significado habitual que damos a este término. Originalmente concebido como sepulcro, el Castillo Sant’Angelo ha tenido posteriormente diversos usos, algunos de ellos curiosos. Por ejemplo, en un tiempo estuvo conectado a la basílica de San Pedro mediante un túnel, de forma que pudiera servir de escape al Papa en caso de problemas. Y posteriormente fue usado como prisión para algunos personajes ilustres, como fue el caso del filósofo Giordano Bruno.

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Desde el Castillo Sant’Angelo se accede a la Plaza de San Pedro por la calle conocida como Vía de la Conciliación. Hasta aquí casi llega a veces la cola que hay para entrar en los llamados Museos Vaticanos, compuestos por más de siete kilómetros de galerías que muestran fastuosas obras de arte de todo tipo. En ellos se guarda la colección privada de Julio II, quizás el Papa con mayor personalidad que ha existido. Al llegar a la famosa Capilla Sixtina recordé las luchas dialécticas entre Julio II y el gran Miguel Ángel, de quien se dice que se vengó del pontífice representándolo como diablo en la bóveda de la capilla. Harto de tanto mirar hacia el techo decidí sentarme en el suelo para dar un respiro a mis cervicales, pero al instante un guardia con no muy buenos modales me hizo levantarme de inmediato. Por un momento pensé que era una reencarnación de Julio II, molesto conmigo por no guardar el debido respeto a la obra maestra de su colección.

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2 pensamientos en “Con el clero hemos topado

  1. El Castillo Sant Angelo y el puente nos gustó mucho, y un lugar muy bonito para las fotos nocturnas.
    Nostros tuvimos la suerte de poder visitar los museos por la noche: poca gente y con los asientos dela capilla libres para sentarnos. Así que no tentamos al guarda jeje
    Un saludo

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    • No sabía que los Museos Vaticanos podían visitarse por la noche. Me parece una gran idea, y si hay menos gente mejor aún. Me lo apunto para la próxima vez que vaya a Roma.

      Muchas gracias por tu aportación.

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