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Una ciudad de atractivo irremediable

Cuando en abril de 2003 nuestro avión se aprestaba a comenzar la aproximación al aeropuerto de Santiago de Chile tuve ocasión de contemplar una imagen que me dejó un tiempo con la nariz pegada a una ventanilla del aparato. La enorme mole del Aconcagua, montaña a la que sus casi siete mil metros de altura la convierten en la más alta del mundo fuera de Asia, destacaba sobre el resto de cumbres andinas allá abajo. Parecía segura de sí misma, como si solo desde el aire pudiera ser vencida, al menos en aquella época del año. Su nevada figura me acompañó durante unos minutos, hasta que la aeronave sobrepasó la cordillera y enfiló hacia la fértil región central de Chile. Aquí se localiza la capital y principal urbe del país, cuya abundancia de cemento contrasta sobremanera con el aspecto casi virginal de las cimas que se divisan a corta distancia en días claros.

Por desgracia, el cielo de Santiago suele estar cubierto por una espesa capa de polución que dificulta, y frecuentemente llega a impedir, vislumbrar la majestuosa estampa de los Andes nevados desde la ciudad. Debido a ello la capital chilena pierde uno de sus principales atractivos para el visitante, que debe concentrarse en el resto de alicientes que Santiago ofrece. Destacan entre ellos un par de edificaciones religiosas: la iglesia de San Francisco, que constituye el edificio más antiguo de la villa; y la Catedral Metropolitana, de aspecto más impresionante aunque de construcción bastante posterior. Si ni aún así queda el viajero convencido de los encantos de la ciudad, siempre tendrá el consuelo del delicioso marisco y los excelentes vinos que Chile produce. A la tarea de degustarlos me apliqué con fruición ya desde el primer día en Santiago, cuando di buena cuenta de unas machas, esas almejas de tonalidad rosada tan características del país.

El camino de la metrópoli a Valparaíso desciende hacia el Pacífico entre numerosos viñedos, que producen unos caldos sumamente apreciados por los expertos. Especialmente los provenientes de la variedad de uva tinta Cabernet Sauvignon, que aquí encuentra unas condiciones climáticas ideales para su desarrollo. Es ésta una ciudad que trepa por las laderas de diversos cerros situados junto al mar, por lo que en algunos puntos se usan como medio de transporte originales funiculares, a los que se conoce como ascensores. La curiosa arquitectura de algunos de sus barrios, cuyos edificios suelen estar decorados con vivos colores, le proporciona un aspecto mucho más tentador que el de la capital, al menos estéticamente hablando. En Valpo, tal y como la conocen sus habitantes, residió durante un tiempo el famoso poeta chileno Pablo Neruda, cuya casa, conocida como La Sebastiana, alberga actualmente un museo dedicado a su memoria.

Algo al norte de Valpo se encuentra Viña, denominación con la que los chilenos suelen referirse a la localidad de Viña del Mar, destino vacacional por excelencia para los residentes en la urbe. Famosa por sus playas, su casino y sus festivales de cine y música, Viña no parecía un lugar demasiado sugerente, salvo por un par de detalles aislados. El curioso Reloj de Flores, cuya maquinaria fue traída directamente de Suiza, se mantiene como símbolo de la ciudad desde su inauguración con motivo del Mundial de Fútbol de 1962. Es desde entonces un objetivo primordial para las cámaras de los turistas que hasta aquí llegan y, por lo tanto, minuciosamente sometido a diversos cuidados, que incluyen la renovación de las flores que lo componen cada pocos meses.

Se puede ver también en Viña del Mar un auténtico moai, uno de los pocos que han sido sacados de su emplazamiento original en la isla de Pascua. Fue llevado allí en 1951 y actualmente está situado en el exterior del Museo de Arqueología Francisco Fonck, que incluye una completa exposición sobre la no muy conocida cultura de Rapa Nui. Tras contemplar durante un rato a la enigmática estatua, nos dispusimos a disfrutar del quizás mayor aliciente que ofrece esta ciudad costera, el sabroso marisco que aquí puede degustarse. Y tras unos erizos de mar, unos locos y unos ostiones, convenientemente regados con uno de los habitualmente exquisitos caldos chilenos, Diana y yo coincidimos en la apreciación de que Viña es una localidad irremediablemente atractiva.

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