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La ciudad de las bicicletas

Nada más pisar por vez primera las calles de Amsterdam, hace ya cerca de un cuarto de siglo, mis ojos de viajero novel se abrían como platos casi a cada paso que daba. Acostumbrado al carácter gris y uniforme de las ciudades que conocía hasta entonces, donde aparte de algún que otro monumento no había nada que se saliese de lo común, la ciudad de los canales aparentaba ser un paraíso del cosmopolitismo y un edén de las libertades, a la vez que sus habitantes parecían dotados de una modernidad apabullante. Tanta que hasta estaban convencidos de que el modo ideal para desplazarse por su ciudad era nada menos que la bicicleta, medio de locomoción por entonces predestinado a ser usado en España tan solo por los esforzados ciclistas que disputaban la famosa Vuelta.

Mientras paseaba una y otra vez a lo largo de los incontables canales que irrigan la ciudad, no dejaba de sorprenderme con la cantidad de ciudadanos que se dirigían sobre dos ruedas a sus quehaceres cotidianos. Desde jóvenes vistiendo ropa deportiva a ejecutivos con traje y corbata, pasando por señoras que por su aspecto podían ser perfectamente abuelas. La bicicleta parecía ser el símbolo de la capital de los Países Bajos, un estilo de vida que unía a todos sus habitantes independientemente de su sexo, edad o posición social. El pivote sobre el que gravitaba la identidad de un pueblo que estaba haciendo saber al mundo que el uso de vehículos a motor privados en la gran ciudad era del todo punto innecesario.

Mi sentimiento de asombro en Amsterdam no decrecía, sino que incluso se incrementaba considerablemente al caer la tarde. Era entonces cuando la mayor parte de las prostitutas llegaban, generalmente en bicicleta, por supuesto, a sus lugares de trabajo en el Barrio Rojo. Aunque ya por entonces este lugar era muy conocido incluso fuera del país, me pareció otro signo de modernidad evidente. Lo prueba el hecho de que ni siquiera ahora, más de veinte años después, estas trabajadoras del sexo han logrado un status similar en la mayoría de naciones pretendidamente avanzadas, entre ellas España. Donde la casta gobernante aún no ha caído en la cuenta de que, aparte de proteger la salud de estas personas, una medida como ésta genera unos beneficios considerables en forma de impuestos.

Tenía sed, así que me dirigí a un garito situado en las proximidades. No era fumador, pero por curiosidad estuve echando un vistazo a la carta, que mostraba los diferentes tipos de cannabis disponibles en aquel lugar. Y mis ojos se abrieron aún más cuando pedí una cerveza. Fue entonces cuando el camarero me miró como si fuera una especie de delincuente mientras me informaba de que en aquel local no disponían de licencia para servir bebidas alcohólicas. Es decir, podías ponerte hasta arriba de porros, pero el acompañamiento, si lo requerías, tenía que ser por fuerza un refresco. No quita ello que en otros locales no pudiera adquirirse alcohol, pero quizás el hecho de impedir la coexistencia de ambas sustancias, más peligrosas si cabe cuando se combinan, no fuera tan mala idea después de todo.

He vuelto a Amsterdam en diversas ocasiones desde aquella mi primera vez, y en todas ellas me he reafirmado en la idea de que la ciudad de los canales lleva varios pasos de ventaja a cualquiera de las otras grandes urbes que existen en el mundo. No hay lugar más cosmopolita, ni donde sus habitantes tengan un mayor sentido de la libertad que en éste. En esta localidad holandesa, y digo bien pues se encuentra en una provincia llamada Holanda, palabras como tolerancia o respeto adquieren todo su significado. Sin olvidar, por supuesto, el profundo sentido ecologista de sus ciudadanos. Ése que, entre otras razones, los lleva a elegir la bicicleta como medio de locomoción, incluso en los fríos inviernos que se viven a orillas del Mar del Norte. Más de una bici por cabeza es la prueba.

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2 pensamientos en “La ciudad de las bicicletas

    • Eso es precisamente lo que me gusta hacer en Amsterdam, GranPumuki. Vagar por sus calles y canales sin un destino determinado. Yo también tengo que volver para enseñársela a mis hijos.

      Muchas gracias por tu aportación.

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