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Phallus memorabilis

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En un lugar casi perdido del Alentejo portugués, a escasos kilómetros de la Extremadura española, allí donde la separación entre Portugal y España se hace más liviana que en cualquier otro punto debido a la alta complicidad existente entre pueblos más que nunca hermanos, el menhir de Meada apunta al cielo entre encinares que se pierden en el horizonte. Aunque suele pasar desapercibido incluso entre los habitantes de localidades cercanas a ambos lados de la frontera, sus más de siete metros de altura visible lo convierten en el más alto de la Península Ibérica y uno de los ejemplos más importantes de megalitismo que han llegado hasta nuestros días. No en vano muestras recogidas en su fosa de cimentación prueban que fue erigido en su emplazamiento actual hace nada menos que siete mil años.

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Situado en las inmediaciones de la aldea de Póvoa e Meadas, a la que debe su apelación un tanto llamativa en castellano, el menhir de Meada yacía partido en dos piezas, debido a causas probablemente naturales, hasta que las autoridades portuguesas acometieron un programa de recuperación de sus megalitos hace ahora un cuarto de siglo. Y a la vista de los excelentes resultados obtenidos, tanto en éste como en otros casos, bien podían tomar nota los responsables de la protección del patrimonio al otro lado de la frontera. El buen trabajo efectuado en el proceso de restauración suele ir acompañado de una más que destacable señalización de los monumentos así como de una mejora en los accesos hasta ellos, que redundan en incuestionables beneficios para los visitantes interesados en estas reliquias del pasado.

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Entre todos los exponentes de las distintas manifestaciones artísticas y culturales que tuvieron lugar durante la Prehistoria, los menhires constituyen probablemente la expresión más misteriosa. Abundan las teorías con respecto a su función, desde algunas que pueden considerarse factibles hasta otras que cualquier investigador serio calificaría como peregrinas, pero nadie puede asegurar con rotundidad cual fue el verdadero propósito por el que fueron levantados estos monolitos. Es posible que tuvieran un sentido funerario, pues junto a algunos se han encontrado restos de enterramientos, pero tampoco es descartable que fueran destinados a ejercer un papel central en ceremonias de fertilidad u otros rituales. Incluso algunos expertos les asignan una utilidad mucho más simplista, la de simples mojones para delimitar espacios de terreno.

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La considerable altura del menhir de Meada ha provocado numerosas disquisiciones entre los expertos lusos en el tema, llegando algunos a sostener que formaba parte de una alineación de menhires que serviría para separar dos territorios megalíticos diferentes en la zona. Desde cada uno de los elementos de la línea debería poder apreciarse a simple vista el siguiente, lo que daría como resultado el enorme tamaño de este menhir por estar situado en una hondonada del terreno que complicaba su visualización. No puedo confirmar ni desmentir la verosimilitud de esta teoría, y honestamente creo que nadie puede hacerlo con rotundidad ni será posible en el futuro. Pero la imagen de este megalito da que pensar si el objetivo de quienes con enorme esfuerzo, a tenor de sus casi veinte toneladas de peso, lo colocaron allí no fuera otro muy diferente.

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En efecto, el aspecto fálico del menhir de Meada es bastante evidente y salta a la vista desde el momento en que el megalito comienza a apreciarse en la lontananza. No debería descartarse por tanto la posibilidad de que a su alrededor tuvieran lugar ceremonias rituales con el fin de solicitar a los dioses fertilidad para las féminas de la tribu. Es posible también que su propósito estuviera ligado al anterior, pero con el matiz de incrementar la productividad en los terrenos colindantes. Quizás incluso actuara como una especie de lápida gigantesca marcando el enterramiento de un caudillo especialmente prolífico. No me atrevo a conjeturar nada al respecto, lo único que me quedó claro cuando estuve frente a esta auténtica obra de arte prehistórica es que Obelix hubiera disfrutado enormemente con su contemplación.

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