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Entre el Agua y el Fuego

Cuando los españoles, capitaneados por el pacense Pedro de Alvarado, llegaron a tierras de Guatemala en la tercera década del siglo XVI, se establecieron fundamentalmente en un valle rodeado por altas cumbres montañosas. Allí fundaron una ciudad, a la que llamaron Santiago de los Caballeros, que llegó a ser capital del denominado Reino de Guatemala, cuyo territorio era mucho más extenso que el ocupado por el país homónimo en la actualidad. No está claro el motivo que los llevó a tomar esta decisión que, vista desde la perspectiva que el paso del tiempo ofrece, no parece demasiado acertada a tenor del dinamismo del subsuelo en aquella zona, que suele manifestarse hacia el exterior en forma de actividad volcánica y frecuentes seísmos.

Estaba Santiago de los Caballeros asentada en las estribaciones de un volcán al que los indígenas mayas llamaban Hunapú en homenaje a uno de sus dioses. Pronto comenzaron los nuevos pobladores a referirse a él como Agua, quizás para recordar el día en que una tremenda riada descendió por las faldas de la montaña y arrasó por completo la ciudad poco tiempo después de su fundación. Hubo ésta de ser reconstruida por completo a escasa distancia de su emplazamiento inicial y allí, a un corto trecho de los volcanes Agua, Fuego y Acatenango, se mantuvo sobreviviendo a los elementos. Hasta que ya en el siglo XVIII un nuevo seísmo llevó a los dirigentes del Reino a transferir su sede hasta el no muy lejano valle de la Ermita, donde se empezó a construir la actual Ciudad de Guatemala. Desde entonces, la desdichada Santiago de los Caballeros es conocida como Antigua Guatemala.

Paseando por las tranquilas calles de Antigua resulta difícil entender el pasado de desolación que la villa carga a sus espaldas. Numerosas veces destruida, fue reconstruida una vez tras otra por sus habitantes. Sus calles adoquinadas y sus edificios coloniales pintados de vivos colores ofrecen reminiscencias de tiempos pasados, cuando la villa brillaba espléndida siempre bajo la vigilante mirada de la impresionante mole del volcán Agua, cuya cumbre aparece entre un mar de nubes dando la sensación de llegar a tocar el cielo. Dicen que lleva inactivo desde que Pedro de Alvarado se estableciera en estas tierras, aunque yo no me fiaría en exceso de su silencio. También dormido, el volcán Acatenango levanta hacia el norte sus casi cuatro mil metros y junto a él se encuentra el imquieto volcán Fuego. Hay incluso otro cono más en las proximidades, el activo volcán Pacaya, aunque con sus escasos tres mil metros no resulta tan impresionante como los anteriores.

El centro neurálgico de Antigua se encuentra en el llamado Parque Central, a cuyo alrededor se extienden las calles de la villa formando una perfecta cuadrícula. Dos de sus laterales los forman la catedral y el ayuntamiento, los edificios más emblemáticos de la ciudad. El palacio del Ayuntamiento fue construido en el siglo XVIII y muestra unos atractivos soportales en su parte frontal, donde es frecuente ver a campesinos guatemaltecos intentando vender sus productos. En realidad, todo el conjunto que forman la plaza y sus edificios colindantes es una amalgama de gente de diversa procedencia que interactúan y hacen vida social en este espacio de notables dimensiones, en cuyo centro está situada la famosa fuente de las Sirenas.

Siempre que el presupuesto lo permita una buena opción para alojarse en Antigua es la renombrada Casa Santo Domingo, hotel construido en el antiguo convento del mismo nombre cuyos vestigios pueden verse aún en el interior del complejo. Para los que no tengan el privilegio de hospedarse en este lugar, es posible acceder al recinto mediante el pago de una módica tarifa. Puede disfrutarse así de lo que queda de una de las iglesias más impresionantes de la ciudad, destruida por uno de los temblores tan habituales en la zona. Al contrario de lo que ocurrió con muchos otros edificios, no pudo éste ser reconstruido por los animosos residentes de la villa, que lucharon con denuedo para que la capitalidad del Reino se mantuviera en su ciudad. Y es que algún poder oculto debe tener Antigua pues todos, tanto sus ciudadanos entonces como los visitantes ahora, nos resisitimos a abandonarla cuando llega el momento de partir.

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