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Fin de año en el desierto

El año 1996 se aproximaba a su fin cuando pisábamos por primera vez territorio tunecino. Habíamos decidido pasar un fin de año diferente, en un oasis situado en las primeras arenas de ese territorio inmenso, inhóspito y un tanto irreal conocido como el desierto del Sáhara. Un sitio por el que, desde mi infancia, siempre he sentido una mezcla de respeto y fascinación, que suele ejercer una especie de irresistible atracción sobre casi todos los que de una manera u otra allí se acercan. Nuestra intención no era, de todas formas, adentrarnos demasiado en ese lugar tan carente y a la vez tan pleno de vida, sino establecer una primera toma de contacto con él, quizás para comprobar in situ si el Sáhara conseguía cautivarnos con sus encantos.

De manera que pusimos rumbo hacia el sur en un 4×4 que no presentaba demasiado buen aspecto. Al menos le funcionaba el aire acondicionado que, si bien no era muy necesario para la estación en la que nos encontrábamos, seguramente sí que resultaba vital en esa zona del suroeste de Túnez durante el resto del año. Nuestra primera parada fue en el pueblo abandonado de Matmata, donde existen unas características viviendas excavadas en la arena que son conocidas con el sobrenombre de trogloditas. Matmata estaba al borde de la ruina hasta que George Lucas decidió rodar aquí parte de las escenas de su famosa película Star Wars. Desde entonces este lugar perdido fue descubierto y reaprovechado para el turismo, que proporciona pingües beneficios a algunos de sus antiguos moradores.

Nos despedimos de Matmata encaminándonos hacia el oeste, donde nos esperaba el lago salado llamado Chott El Djerid, escenario de algunas novelas que alegraron muchas horas de mi niñez. Se trata de un enorme lago, habitualmente seco, con más de cinco mil kilómetros cuadrados de superficie y donde los espejismos son habituales. En esta zona la ausencia de lluvia es casi total y las temperaturas son enormemente elevadas, lo que lleva a la completa evaporación del agua del lago, que puede incluso cruzarse en vehículos todoterreno. Confiando en nuestro conductor nos adentramos en el chott y pude comprobar que los espejismos no son un fenómeno producto de una imaginación calenturienta. Constantemente parecía haber agua, incluso a veces árboles en el horizonte, en zonas que cuando alcanzábamos resultaban estar totalmente secas.

En la otra orilla del chott se encuentra la localidad de Tozeur, situada junto a un enorme oasis donde el número de palmeras se cuenta por cientos de miles. Tozeur es una de las puertas de entradas al Gran Erg Oriental, al oeste de este lugar comienza el reino de la arena y la desolación. Es una pequeña y tranquila ciudad, famosa por sus edificios de ladrillo de una tonalidad marrón muy clara, casi rayando en el amarillo. Y también son muy conocidos sus dátiles, de los que dimos muy buena cuenta. En detrimento suyo hay que indicar que es bastante turístico. Sobre todo, y curiosamente porque el calor puede hacerse insoportable, en verano pues desde aquí suelen partir las expediciones hacia el resto de oasis de la zona.

Aunque los dromedarios no me apasionan en exceso, me dejé convencer para dar un paseo sobre uno de ellos. Tras apreciar una bonita puesta de sol sobre las dunas, empezó a caer la noche y nos dirigimos hacia nuestro hotel. Nos esperaba una fiesta para celebrar el comienzo de un nuevo año de la era cristiana. Para mi sorpresa, la mayor parte de los asistentes eran beduinos locales. Tras degustar una larga y apetitosa cena, bien regada con diferentes bebidas, los comensales empezaron a disfrutar de la insistente música árabe que amenizaba la velada. Y lo hacían a lo grande, incluso algunas beduinas de buen ver interpretaban una especie de danza del vientre encima de las mesas. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que el líquido oscuro que corría libremente durante la velada no era té, sino whisky. Si el profeta Mohamed levantara la cabeza…

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2 pensamientos en “Fin de año en el desierto

    • Recuerdo aquella Nochevieja como una de las más interesantes que he vivido. Me sorprendió mucho la marcha que había en el garito aquel, no la esperaba. Y hay paisajes espectaculares por la zona, seguro que entre las dunas de vez en cuando aparecen jedis y todo. 🙂

      Muchas gracias por tu aportación.

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