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Un pueblo abierto y orgulloso

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Creo que en pocos lugares del mundo pueden vivirse situaciones tan anecdóticas y gratificantes en la relación con la población local como en Cuba. Ese es al menos el poso que me queda tras haber pasado unos días en el país allá por el verano de 1992. Solía viajar solo por aquella época y había decidido escabullirme por un tiempo hacia la isla caribeña huyendo de un acontecimiento que por entonces se celebraba no muy lejos de mi residencia habitual. Y armado como siempre de escaso equipaje y mucha ilusión tomé un vuelo hacia La Habana con la esperanza de aprender algo más sobre una tierra tan exótica, así me lo parecía entonces al menos, y su gente.

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Los cubanos me dieron la impresión de ser gente abierta y desinhibida, bastante orgullosa de su patria en general. No tienen problemas en acercarse a hablar con el extranjero, principalmente si consideran que su origen puede ser español. Tras ser abordado en diversas ocasiones, deduje que no es solo el hecho de compartir idioma lo que los lleva a intentar establecer contacto con nosotros sino que muchos cubanos sienten cierta atracción por España, que no está exenta de cariño en muchas ocasiones. Por supuesto, las condiciones de vida, al menos las que tenían en aquella época, los obligan algunas veces a intentar obtener algo a cambio de sus aproximaciones al visitante, pero lo hacen siempre con una sonrisa y sin el menor ápice de agresividad.

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Por aquel entonces la moneda estadounidense era tabú en Cuba y oficialmente los locales no podían poseer dólares, aunque de hecho existía toda una economía sumergida que llevaba a buena parte de la población a obtenerlos sin problemas. Una tarde se me acercó alguien con quien había cambiado unas palabras el día anterior. Iba acompañado de su novia y me preguntó si podía ir a una tienda con la chica para comprarle un vestido con unos dólares que él me proporcionaría. Así lo hice y aún recuerdo que, cuando su novia y yo nos dirigíamos hacia la tienda, me dio las gracias remarcándome que la chica era para él. En otra ocasión, una persona que decía conocerme me pidió un dólar. Cuando me dispuse a dárselo salió corriendo como alma que lleva el diablo y me indicó desde la distancia que si la policía lo veía agarrando el billete sería detenido. Así que tuve que dejarle el dólar escondido en unos matorrales, y más tarde pasó y lo recogió tras asegurarse de que nadie lo veía.

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Mientras compartía un rato de charla con unos vascos en la playa, un grupo de locales nos animaron a unirnos a un partidillo de fútbol y así lo hicimos. Cuando lo disputábamos, uno de los vascos se cortó con un trozo de vidrio enterrado en la arena. La herida tenía mala pinta, así que uno de los cubanos fue a por un médico, familiar suyo, que no andaba demasiado lejos. Una vez el pie del vasco fue curado y vendado nos insistieron para acompañarlos a comer algo a su casa. Eran tres familias que pasaban juntas sus vacaciones en un pequeño apartamento de Varadero, procedentes de una ciudad llamada Ciego de Ávila. En los días sucesivos mi relación con ellos se afianzó y frecuentemente me invitaban a comer o a tomar una bebida que preparaban ellos mismos con agua, limón, azúcar y algo de ron. A cambio les llevaba a veces unas botellas de Havana Club, famoso ron local del que daban buena cuenta con orgullo.

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Poco tiempo atrás, una cadena de hoteles española había abierto un establecimiento de lujo en Varadero. Mis amigos cubanos tenían muchas ganas de verlo, pero no se atrevían a acercarse pues el acceso estaba vetado para la población local. Me ofrecí a ir con ellos hasta allí, y al llegar a la puerta de entrada nos detuvo el vigilante de turno. ‘Los cubanos no pueden acceder al hotel’, dijo. ‘Solo vamos al bar, respondo por ellos’, repliqué. Tras discutir un rato y amenazarle con llamar al director, al fin conseguimos entrar. Los ojos de mis amigos brillaban ante la visión del interior de un edificio para ellos tan lujoso. Cuando salimos, me sentí avergonzado y les pedí perdón: una empresa de mi país, ese mismo al que ellos tan cercanos se sentían, los había tratado de una manera cercana al racismo en su propia casa. Tiempo más tarde recibí una carta suya donde comentaban que las condiciones económicas en Cuba no les habían permitido volver de vacaciones a Varadero, pero soñaban con alojarse en aquel hotel algún día. Espero que hayan podido conseguirlo.

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