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El halcón maltés

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Acababa de concluir la tercera década del siglo XVI cuando el mismísimo emperador Carlos I de España, tras consultar con la autoridad papal, concedió el territorio que comprende actualmente el archipiélago maltés a los entonces conocidos como Caballeros de Rodas. Era éste un grupo formado por una serie de guerreros que profesaban la religión católica y dedicaban sus vidas a luchar contra el avance del, para ellos, invasor ejército musulmán. Habíanse constituido como orden militar en Jerusalén a finales del siglo XI y tras ser expulsados de allí por Saladino se establecieron en Rodas, donde resistieron durante más de dos siglos hasta que finalmente hubieron de abandonar la isla ante el poderoso avance de la tropas comandadas por Solimán el Magnífico.

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Pretendía Carlos I detener, o al menos minimizar, la casi imparable amenaza que representaba el ejército otomano, muy superior en elementos al de los reinos cristianos ribereños del Mediterráneo. Que por otra parte andaban en continua disputa entre ellos, lo que aumentaba considerablemente su debilidad. Tras algunas décadas de relativa calma, los Caballeros de Rodas desplegados en la isla de Malta hubieron de hacer frente al intento de invasión de unas milicias cuyo número era más de veinte veces superior. Y a pesar de oponer una fuerte resistencia todo habría sido en vano si el relativamente poderoso ejército español no hubiera acudido a echarles una mano, deshaciendo el sitio al que habían sido sometidos en la pequeña isla mediterránea.

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Para entonces esta orden militar ya era conocida con la pomposa denominación de Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta. Sus miembros elegían con el título de Gran Maestre a su autoridad máxima, que ocupaba una posición similar a la de cardenal y estaba sometido exclusivamente a la potestad del Papa. Ocupaba en aquellos tiempos el cargo de Gran Maestre un auténtico halcón llamado Jean Parisot de la Valette, quien tras el asedio sufrido decidió fortificar el ya existente Fuerte de San Elmo con el fin de facilitar la defensa de aquel lugar estratégico y dificultar así las previsibles amenazas futuras. Nuevos bastiones y fortalezas fueron pues construidos y poco a poco fue formándose una ciudad a la que en honor de su fundador se le dio el nombre de La Valeta.

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Se levanta La Valeta sobre un promontorio de dimensiones considerablemente reducidas, desde donde se disfruta de una amplia visión sobre las azules aguas del Mediterráneo. A ambos lados se sitúan sendos estuarios naturales que, con el paso del tiempo, se convirtieron en los puertos de Marsamxett y el Gran Puerto, vitales para la economía de este país diminuto. La falta de espacio en esta minúscula península es tan evidente que la ciudad ha ido extendiéndose hacia el interior de la isla y sus ramificaciones creciendo en forma de barrios periféricos y ciudades dormitorio sin una separación clara entre ellas. Localidades vecinas como Sliema, Gzira e incluso Birkirkara se han unido con barrios como Floriana dando la impresión de formar un todo compacto, con el casco histórico de La Valeta incrustándose en el mar como si de una punta de lanza se tratara.

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Tan reducido espacio acumula una importante colección de monumentos, incluyendo numerosas iglesias, palacios, viejos teatros y museos. Presenta todo el conjunto un apreciado aspecto de uniformidad, con un carácter fundamentalmente barroco, y su importancia, tanto histórica como estética, es indudable como pude apreciar en diciembre de 1998. El contrapunto a tanto edificio de aspecto grandioso, a veces incluso llegando a rozar el manierismo, lo ponen las potentes murallas que rodean la villa salvo en su istmo de acceso. Unas veces dan la sensación de protegerla y otras de oprimirla, pero tan venerables bastiones siguen mostrándose desafiantes a todo el que por mar se acerca, dejando claro al visitante que su finalidad primigenia fue la de resisitir al invasor hasta el final.

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2 pensamientos en “El halcón maltés

  1. Me parece un lugar superlativo. Y no solo La Valeta si no también todo el archipiélago. Por allí han pasado la mayoría de las civilizaciones mediterranes y todas han dejado huella. Indispenable, sin duda. A la Valeta le dediqué un post, pero sin uda, la isla da para muchísimo.

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    • A mí La Valeta fue de lo que más me gustó del archipiélago. También la isla de Gozo me pareció un lugar excelente para viajar. Y qué decir de los templos megalíticos que vimos, aunque por desgracia no pudimos entrar al Hal Saflieni. Será en otra ocasión, espero.

      Muchas gracias por tu aportación.

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