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Corazón verde

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El pequeño ferry atracado en el puerto de Mindelo se encontraba ya casi completo cuando conseguimos acceder a cubierta, y a la hora prevista para su partida parecía lleno a rebosar. Destacaba en el pasaje un grupo de boy scouts preadolescentes que derrochaban esa energía tan característica de su edad, así como algún que otro bebé dormitando junto al pecho de su madre. Transcurrían los últimos días del siglo XX y una chica asturiana que habíamos conocido en Sal pidió permiso a una señora para llevar en brazos a su precioso niño de pocos meses. Justo entonces el barco se dispuso a partir para realizar el corto trayecto de una hora hasta Porto Novo. Y aunque al principio todo parecía tranquilo, de repente el Atlántico comenzó a enfurecerse y pronto auténticos ríos de vómito corrían por la cubierta, desplazados de un lado a otro por los embates del océano. Un tono pálido asomó al rostro de la mayoría de boy scouts, muchos de cuyos estómagos habían vaciado ya todo su contenido. Tal y como había hecho, sin la más mínima queja, aquel bonito bebé sobre el vestido de nuestra amiga gijonesa.

Un estrecho canal separa las islas caboverdianas de São Vicente y Santo Antão, a veces azotado por fuertes vientos que complican lo que en condiciones normales debería ser un placentero viaje. No obstante la corta distancia a la que están situadas y a pesar de su común origen volcánico, las diferencias en la orografía de ambas es evidente. Mientras que São Vicente es una isla relativamente plana y fundamentalmente seca, Santo Antão presume de cumbres considerablemente elevadas y zonas áridas se alternan en ella con otras de un verdor casi exuberante. Es ésta la segunda isla en extensión del país y la más occidental de todas ellas, lo que automáticamente la convierte en el punto situado más al oeste de toda África. Y su terreno agreste, de cumbres abruptas que se elevan a casi dos mil metros sobre el Atlántico y profundos valles, muestra síntomas de furor juvenil en su interior, en contraposición con la calma casi senil que presenta la isla vecina.

Santo Antão da la impresión de ser mucho más africana que otras islas caboverdianas de Barlovento, donde la influencia portuguesa es bastante más acusada. La mayor parte de su escasa población, aproximadamente unos cuarenta mil habitantes, se dedica a la pesca y sobre todo a la agricultura. Destacan en este aspecto los cultivos situados en terrazas para aprovechar los desniveles del terreno. Geográficamente Santo Antão recuerda bastante a Madeira, isla atlántica de influencia también portuguesa, con la que comparte ese aspecto joven que le dan sus poco erosionadas montañas. Y al igual que en ésta, la isla está surcada a diestro y siniestro por levadas, conducciones de agua fundamentales para la irrigación de zonas áridas y que también cumplen una importante función de comunicación entre los lugares más recónditos de Santo Antão al ser utilizadas como senderos.

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La primera impresión al llegar a Porto Novo, puerta de entrada a la isla por ser el lugar donde llega el ferry procedente de Mindelo, es un tanto decepcionante. No en vano esa zona sur de Santo Antão se caracteriza por su aridez. Al irse adentrando en el interior el terreno va elevándose poco a poco y el paisaje comienza a cambiar. Cuando se alcanza el corazón de la isla, la ruta llega a superar los mil quinientos metros de altura y desde allí se aprecia un antiguo cráter que se abre imponente hacia la localidad de Paul. La bajada es vertiginosa y el panorama torna a tropical. Se aprecian pequeñas aldeas, con cabañas que recuerdan el continente donde nos encontramos, y cultivos característicos como la caña o la mandioca ponen un contrapunto verde a las baldías tierras precedentes.

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La senda sigue descendiendo hacia Ribeira Grande, la localidad más poblada de Santo Antão. No tiene demasiado interés y, aunque se trata de una ciudad muy pequeña, desentona un tanto en una isla eminentemente rural como ésta. Seguimos pues hacia Ponta do Sol, pintoresco pueblo de pescadores que ejercen su actividad en típicas barcas decoradas con llamativos colores. Estamos en el punto más septentrional de Santo Antão y, por consiguiente, el situado más al norte de todo Cabo Verde. Y allí, en ese cabo donde se dan la mano el verde de la montaña y el azul del mar caemos por fin en la cuenta de que quienes bautizaron esta nación no andaban tan desencaminados. El verde corazón de Santo Antão simboliza la esperanza de este país, de tierras con frecuencia yermas pero cuyos habitantes confían ciegamente en un futuro mejor.

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