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El bosque inundado

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Existe un lago en el centro de Camboya al que los locales denominan Tonlé Sap que, aparte de constituir la mayor acumulación de agua dulce en el Sudeste Asiático, experimenta todos los años un fenómeno cuando menos inusual. Conectado al Mekong a través de una especie de canal natural, también conocido como Tonlé Sap, el lago vierte por él sus aguas al río durante la temporada seca. Pero al comenzar el monzón, lo que aquí sucede aproximadamente en mayo, las fuertes lluvias provocan tales crecidas en el Mekong que el agua revierte su curso y comienza a fluir en dirección contraria, desde el río hacia el lago. Este extraño suceso provoca que el Tonlé Sap se desborde de una forma tal que llega a multiplicar su tamaño por diez a finales de la estación lluviosa, inundando campos, bosques y pueblos situados en sus proximidades.

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Llegamos a las cercanías del lago un día de septiembre, cuando la temporada de lluvias de ese año se encontraba aproximadamente en su ecuador. A bordo de una de las características embarcaciones de la zona enfilamos hacia un río, que en la estación seca debe representar poco más que un arroyo pero que ahora ofrecía un flujo más que suficiente para nuestro bote. Numerosos manglares jalonaban el curso de la corriente, flanqueados por rudimentarias artes de pesca que se sucedían una tras otra, buena prueba de la abundancia de vida fluvial existente en este lugar. Nuestro destino era Kampong Phluk, uno de los pueblos flotantes situados en las cercanías del Tonlé Sap, que apareció ante nuestros ojos como surgido milagrosamente de las aguas.

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Sin echar pie a tierra, algo realmente complicado aquí, pasamos del bote a una especie de canoa, cuya cubierta apenas levantaba un palmo del agua. Su tripulación estaba compuesta por lo que parecían ser dos niñas de corta edad. El equilibrio del esquife era tan inestable para pasajeros tan poco avezados como nosotros que evitamos movernos en demasía, algo difícil de conseguir cuando la mitad del pasaje no alcanzaba aún los cinco años de edad. Pero el más leve movimiento en falso podía hacer que nos fuéramos todos al agua, lo que no parecía demasiado buena idea: aparte del remojón, no es del todo descartable la presencia de cocodrilos en la zona. De forma que intentamos mantenernos lo más quietos posible. Y así, impulsados suavemente por el simétrico ritmo de paleo de nuestras pequeñas remeras, nos adentramos poco a poco en el bosque inundado.

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Resulta ser éste una arboleda cuyos elementos permanecen cubiertos por el agua cuando el Tonlé Sap comienza a crecer y anega toda la zona. En septiembre el líquido elemento llega más o menos hasta la mitad del tronco de los árboles pero en noviembre, cuando el monzón llega a su fin, puede alcanzar buena parte de las ramas. Nuestra canoa se desplazaba lentamente entre ellos, pasando tan cerca de algunos que casi los podíamos tocar. Lo cual tampoco parecía lo más adecuado, porque no puede desecharse la posibilidad de toparse con una pitón dormitando en las ramas. El lugar es portentoso, todo un remanso de paz donde solo se escuchan los sonidos de la naturaleza, que aquí parece discurrir a un ritmo pausado, sin preocuparse demasiado de lo que acontece en el mundo exterior.

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Tras un tiempo disfrutando de la calma que se respira en el bosque inundado, emprendimos el retorno hacia nuestro bote. Mientras nos despedíamos de las remeras, mi curiosidad fue más fuerte que mi discreción y pregunté la edad de la más pequeña. ‘Ya ha cumplido los doce años’, fue la sorprendente respuesta. Con su cara aniñada y su pequeño cuerpo no aparentaba más de siete primaveras. La desnutrición que siguió a la terrible dictadura que asoló Camboya, cuando la cuarta parte de su población fue masacrada sin piedad por los khmer rojos, muestra aún síntomas evidentes de su triste presencia. Enmascarada, eso sí, por la franca sonrisa de los niños camboyanos, que calma nuestras occidentales conciencias evitando que caigamos en la cuenta de la desgraciada infancia que muchos de ellos todavía hoy padecen.

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2 pensamientos en “El bosque inundado

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