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De vuelta a la madre África

Desde el aire Salvador de Bahía parece una ciudad inmensa, que se extiende a lo largo de la costa noreste de Brasil hasta mucho más allá de donde alcanza tu vista. Me disponía a pasar los últimos días de 1994 en esta urbe, cuya población crecía en número casi exponencial en aquellos tiempos. Y aunque no era mi primer viaje al continente americano, casi todo resultaba bastante nuevo para mí. No conocía el país y, sobre todo, nunca había estado en esas latitudes durante el invierno septentrional, con lo que el relativamente intenso calor que nos saludaba cada día no dejaba de sorprenderme y contribuía a que mi rostro llevara siempre dibujada una permanente sonrisa.

Aunque Salvador de Bahía es fundamentalmente famosa por sus playas, su casco histórico, conocido como Pelourinho, es de enorme interés y merece una mención especial. Declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, sobreviven en el barrio varios centenares de edificaciones que responden al modelo de arquitectura colonial que hasta allí llevaron los colonizadores portugueses. Dar una vuelta por este lugar es toda una experiencia pues, si consigues abstraerte del a veces agobiante ambiente turístico existente en sus calles, vivirás una especie de retorno en el tiempo. Durante mis paseos diurnos por el Pelourinho no pude dejar de acordarme de Portugal a cada paso que daba, cada esquina que doblaba o cada torre de iglesia que, a cada momento, divisaba en la lontananza.

La misma denominación del casco antiguo de Salvador de Bahía trae reminiscencias históricas, pues el término portugués pelourinho viene a ser lo que en castellano conocemos como picota, es decir el lugar usado para aplicar justicia y servir como ejemplo de lo que te podía pasar si no te atenías a las normas existentes. Parece ser que en el caso concreto de las ciudades situadas en la costa norte brasileña, así se denominaba al sitio donde se castigaba a los esclavos, muy abundantes en esta zona al ser la puerta de entrada para los seres humanos traídos desde África con el fin de trabajar en las colonias portuguesas. Se entiende pues que en el Pelourinho exista aún cierto influjo africano, evidente tanto en el traje típico de las bahianas, como en la gastronomía y el folklore de la zona y, por supuesto, en el idioma que hablan sus gentes, un portugués que sonaba bastante extraño a mis oídos.

Aunque los colonizadores lusos, como era habitual en la época, intentaron imponer su religión a los esclavos arrebatados a África, sus intentos resultaron infructuosos. Las creencias animistas estaban demasiado arraigadas en ellos y se transmitían de generación en generación. Con el paso del tiempo diversos elementos usados en las ceremonias católicas, como imágenes de vírgenes o crucifijos fueron reusados en los ritos animistas, dando como resultado un sincretismo religioso donde las ceremonias llegan hasta cierto punto a imbricarse. Quizás sea la bahiana Igreja de Nosso Senhor do Bonfim el lugar de Brasil donde este hecho se ponga más de manifiesto, especialmente en la ceremonia llamada lavado de la escalera donde tradiciones animistas han llegado a integrarse en una procesión que en su origen era puramente católica.

La evolución de los rituales de vudú celebrados desde tiempos inmemoriales en el golfo de Guinea, que fueron llevados al noreste brasileño por miembros de la etnia yoruba, es conocida como candomblé. Salvador de Bahía es seguramente el lugar donde más adeptos tiene este culto que es, curiosamente, monoteísta. Prueba de ello es que sus fieles creen en una única deidad, denominada Olorum, y rinden culto a los orishas, que ejercen un papel similar al de los santos. Al caer la noche, el Pelourinho pasa de ser portugués a completamente africano. Lo pude comprobar dando algún que otro paseo nocturno por el barrio, cuando los misterios del candomblé se adivinaban tras ventanas entornadas y puertas cubiertas únicamente por una cortina tras la que se vislumbraba la tenue luz de las velas. Es entonces cuando los bahianos se reencuentran con la madre África, esa de cuyos brazos un día fueron arrancados y a la que quizás nunca puedan retornar.

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