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El rey del río

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El río Daintree discurre formando innumerables meandros entre una casi impenetrable espesura a unos cien kilómetros al norte de la localidad australiana de Cairns. De lo inhóspita que resultaba esta zona para los colonizadores europeos da idea el hecho de que ni siquiera el famoso capitán Cook pudo adentrarse en ella, al embarrancar su barco en la cercana Gran Barrera de Coral cuando intentaba un acercamiento a la costa. Hasta finales del siglo XIX el lugar permaneció virgen para los ojos occidentales, siendo una expedición en busca de oro la primera en avistar este caudaloso curso de agua que se abre paso entre la vegetación más antigua del Planeta. Su descubridor dio al río su actual nombre en honor a Richard Daintree, geólogo que representaba por entonces al Reino Unido en ese estado de Queensland donde transcurre todo su recorrido.

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Al desarrollarse toda su trayectoria en territorio protegido bajo la figura del Parque Nacional Daintree, el entorno del río ha sufrido escasas agresiones. Presenta por tanto un aspecto similar al que tenía hace millones de años, cuando toda esta zona de la actual Australia estaba cubierta por un espeso manto verde. En la desembocadura su agua es considerablemente salada y se va tornando dulce a medida que se remonta su curso río arriba. Coexisten por tanto especies propias de ambos ecosistemas a lo largo del cauce. Y en general suelen llevar una existencia bastante tranquila, pues el sistema de protección otorgado a este lugar es tan eficaz que ni siquiera se permiten puentes para salvar el río, siendo posible cruzar a la otra orilla exclusivamente con la ayuda de un transbordador.

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Aunque, a pesar de que la distancia entre ambas riberas no es excesiva, no parece una idea sensata vadear el río Daintree a nado. El motivo es que sus aguas color chocolate están infestadas de cocodrilos marinos, resultando considerablemente peligroso el hecho de adentrarse en ellas. El riesgo es tan real que son numerosas las víctimas de estos saurios en el lugar, no siendo excepcional en absoluto el caso de desaparecidos cuyos restos han sido hallados en el estómago de algún ejemplar adulto. Irónicamente, la alta posibilidad de ver cocodrilos en libertad y a escasa distancia resulta muy atractiva para los visitantes, que recorren en pequeñas embarcaciones parte del curso del río en busca de imágenes arriesgadas y emociones fuertes.

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No andaba yo a la búsqueda de una descarga de adrenalina aquel julio de 2008 cuando subí a una de esas lanchas en un diminuto embarcadero. Más emocionados parecían mis hijos, siempre receptivos al hecho de montar en cualquier artilugio que se precie. Mientras el barquito navegaba las tranquilas aguas del río Daintree me percaté de que ya era demasiado tarde. El cocodrilo marino es el reptil más grande que existe, pudiendo llegar a medir siete metros y pesar más de una tonelada y media. De hecho, en Queensland se capturó hace tiempo un ejemplar que alcanzaba los ocho metros y medio, el de mayor envergadura del que se tiene noticia. Durante el paseo pudimos ver varios especímenes que, aunque el piloto no se aproximaba en exceso, aparentaban estar peligrosamente cerca.

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Pero todo fue un juego de niños comparado con lo que les sucedió a unos visitantes algún tiempo más tarde. Surcaban plácidamente el Daintree cuando, de repente, un enorme ejemplar saltó sobre la embarcación, llegando a dejar la marca de sus dientes en la estructura. No era otro que Fat Albert, un macho de seis metros de largo, cerca de una tonelada de peso y probadas malas pulgas. Tantas, que se le considera responsable al menos de la desaparición de una persona cuando cruzaba el río en una canoa. Llegó a ser tan famoso que había incluso gente que volaba desde Europa tan solo para verlo. Se dice que algún tiempo después desapareció y otro saurio, de nombre Scarface, merodea por su territorio desde entonces. Hecho extraño pues, como macho dominante, Fat Albert nunca hubiera permitido tamaña afrenta. Todo parece indicar que Caracortada ha vengado la cicatriz que presenta en su rostro, dando por fin a probar a Alberto el Gordo su propia medicina.

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2 pensamientos en “El rey del río

    • La verdad es que cuando los ves tomando el sol en la orilla del río parecen de plástico, jeje. Aunque cuando tienen hambre deben dar bastante miedo. Por suerte, no había oído la historia de Fat Albert antes de embarcar, si no lo mismo me lo pienso…:-)

      Muchas gracias por tu aportación.

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