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Estremecimiento navideño

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A pesar de los más de cien años transcurridos desde aquel 1898 que puso término a las colonias españolas en América y Asia, los cuatro siglos que Puerto Rico estuvo bajo dominio hispano aún se dejan notar fuertemente en este país caribeño y sus habitantes. Prueba de ello es que en su territorio todavía perduran diversos ejemplos arquitectónicos de aquella época, tanto de edificaciones civiles como religiosas y militares, y las costumbres y tradiciones asimiladas entonces siguen influenciando de forma decisiva la idiosincrasia cultural de la isla. La principal, aunque no única, muestra de ello es el idioma castellano, que comparte oficialidad con el inglés traído por los nuevos colonizadores y al que éste nunca ha logrado imponerse. Ni siquiera en unas señales de tráfico que dejan bien a las claras cual es la lengua preferida por los boricuas.

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Otro aspecto donde la influencia española se hace notar es la religión católica, predominante en la isla a diferencia de lo que ocurre en la mayor parte del territorio estadounidense. Y dentro de las numerosas celebraciones religiosas que se suceden en Puerto Rico a lo largo del año, las más especiales sin duda son las que tienen lugar a lo largo de la Navidad, que aquí se prolonga durante casi dos meses enmarcada en un ambiente familiar y festivo. En efecto, el pistoletazo de salida al periodo navideño lo da el día de Acción de Gracias, tradición sajona que tiene lugar el último jueves de noviembre, mientras que el banderazo final lo otorgan las multitudinarias Fiestas de la Calle San Sebastián, que se celebran el tercer fin de semana de enero en la mencionada calle de San Juan con el fin de honrar al santo del mismo nombre.

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Entre ambas fechas todo un rosario de tradiciones, como esas Misas de Aguinaldo que tienen lugar de madrugada durante los nueve días anteriores a la Navidad. La Misa del Gallo, similar a la celebracion homónima en España al igual que ocurre con Nochebuena y Navidad, cuando las familias boricuas se juntan para dar buena cuenta de apetitosas viandas. En algunos lugares de la isla el veintiocho de diciembre es el día de los Santos Inocentes, festejado mediante cánticos y danzas. Otro acontecimiento importante es la víspera de Reyes, el día cinco de enero, cuando los niños boricuas se preparan para recibir los regalos que vendrán esa noche y se añadirán a los traídos por Santa Claus unos días atrás. Y tras sus majestades llegan las Octavas, fiestas que duran una semana y en las que se interpretan coplas y aguinaldos, que en la isla no son pequeños regalos sino canciones navideñas.

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Tras empaparnos del ambiente festivo en las calles y plazas del Viejo San Juan, profusamente decoradas con diferentes motivos navideños y luces de colores, decidimos retornar a la habitación de nuestro hotel para pasar la Nochebuena de 2010 de manera tranquila. Llevábamos a cuestas todo un largo día de visitas y los niños estaban cansados, así que nos dirigimos a un supermercado, todavía abierto a aquella hora ya avanzada de la tarde, para comprar algo de comida. Con ella pretendíamos celebrar una cena familiar un tanto frugal pero que nos permitiera descansar con vistas a la previsiblemente dura jornada siguiente. Las estrechas calles del casco viejo de la capital boricua empezaban a vaciarse, y sus amables habitantes se preparaban ya para comenzar a disfrutar de la comida y los festejos que se avecinaban.

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Nuestra habitación estaba situada en la planta novena del Sheraton Old San Juan, edificio de apariencia colonial localizado junto al puerto de la ciudad. Aunque la inmensa mayoría de sus huéspedes son pasajeros de cruceros o asiduos a su casino, no formábamos parte ni de un grupo ni del otro, simplemente lo habíamos elegido por su buena situación y no muy elevado precio. Ya habíamos dispuesto los comestibles sobre la mesa y nos preparábamos para dar cuenta de ellos cuando Diana empieza a gritar: ‘Vamos, vamos’. ‘¿Adonde?’, le contesto. Me señala una lámpara de pared que se balancea frenéticamente de un lado a otro, pero ni así comprendo lo que quiere decir. Comienzan a oírse voces y carreras por los pasillos del hotel, y entonces caigo en la cuenta de lo sucedido: la Tierra se estremecía para dar paso a la Navidad boricua. Por suerte, a pesar de los 5,5 grados en la escala Richter del terremoto, no hubo que lamentar desgracias personales y los ciudadanos de San Juan pudieron continuar con sus alegres celebraciones sin novedad.

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