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Retorno al medievo

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Empezaba el verano de 1996 cuando me disponía a tomar un transbordador en el puerto de Helsinki cuyo destino era la ciudad de Tallinn, situada al otro lado del Golfo de Finlandia. En aquel momento no tenía depositadas demasiadas esperanzas en la capital estonia, fundamentalmente porque ya conocía alguna otra ciudad ex-soviética y sabía, por tanto, del tono grisáceo característico de sus edificios y el humo negro emitido sin descanso por sus viejas fábricas. Por otra parte, no hacía demasiado tiempo aún que el telón de acero había sido desgarrado por unos ciudadanos ansiosos de libertad, lo cual dotaba de un atractivo indudable a estas localidades que poco a poco intentaban librarse del yugo que tan terriblemente las había sometido durante décadas.

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El legado ruso en Tallinn era en aquella época todavía bastante evidente, no en vano el pequeño estado báltico del cual ostenta la capitalidad ha sido regularmente invadido por su poderoso vecino en diversas ocasiones a lo largo de su historia. De hecho, aún hoy en día la población de origen ruso que habita en el país es aproximadamente un cuarto del total, lo cual para muchos de sus ciudadanos supone un lastre en su afán de integrarse en Europa. Este sentimiento abiertamente antirruso que manifiestan muchos estonios no es nuevo; ya en el periodo comprendido entre ambas guerras mundiales, cuando Estonia realizó un primer intento de independencia, hubo serios planes para demoler la catedral de Alexander Nevski, templo ortodoxo situado en el centro histórico de la capital. No está claro por qué el derribo no se llevó a efecto, aunque probablemente la causa fuera un intento de evitar que el orgullo ruso se sintiera lastimado, lo cual hubiera devenido seguramente en trágicas consecuencias. Pero es un hecho que incluso en la actualidad esta iglesia no trae buenos recuerdos a la mayoría de la población estonia.

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Aunque los barrios periféricos de Tallinn están repletos de esos típicos edificios grises que dan a las ciudades un aspecto tan triste, su casco histórico mantiene un buen estado de conservación. Y recuerda a otros pueblos, daneses, alemanes o suecos, que aquí dejaron su impronta a lo largo de los siglos. La ciudad se asoció a la Hansa allá por el siglo XIII, tratándose del miembro más septentrional en esta comunidad de poblaciones bañadas por el mar del Norte que comerciaban con sus productos en la Edad Media. Debido a esto Tallinn estuvo poblada mayoritariamente por inmigrantes de origen báltico hasta hace menos de doscientos años, cuando fueron reemplazados por población autóctona procedente del interior del país. Tantos siglos de influencia germana y escandinava se han hecho notar en la cultura, forma de vida y hasta el aspecto físico del pueblo estonio actual.

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Pasear por las tranquilas calles del centro de Tallinn produce una sensación peculiar, como de retorno al medievo. Algunas de ellas se mantienen adoquinadas aún, como en un intento de hacerlas aparecer tal y como eran en aquella época. Es el caso de la calleja de Santa Catalina, donde el empedrado del suelo se combina con las antiguas casas de los artesanos dando como resultado un aspecto que debía ser característico en aquellos tiempos. Aquí y allá también se divisan los campanarios de algunas iglesias de líneas góticas. Destaca entre ellas la de San Olav, cuya espira longilínea la convirtió en la construcción más alta de Europa durante algunas décadas en el siglo XVII. Otro edificio destacable, en este caso civil pero también de aspecto gótico, es el del antiguo Ayuntamiento, del que los locales se sienten especialmente orgullosos.

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Pero si se busca una imagen representativa de esta honorable villa, ésa es sin duda la de sus murallas y las numerosas torres de observación que en Tallinn aparecen por doquier. La ciudad fue poderosamente fortificada durante su época de esplendor y llegó a disponer de aproximadamente medio centenar de torres defensivas, de las que actualmente se conserva la mitad. Tales atalayas son de diversas formas y tamaños pero siempre rematadas por unos caraterísticos tejados piramidales o cónicos de color rojizo. Algunas de ellas son conocidas desde tiempos remotos con apelativos tan curiosos como Margarita la Gorda o Vistazo a la Cocina, debido este último nombre al hecho de que desde arriba podía literalmente verse lo que se cocía en los fogones cercanos. Aunque lo que actualmente se cocina en Tallinn esté seguramente relacionado con las nuevas tecnologías, gremio en constante desarrollo en la ciudad y que contrasta profundamente con ese aspecto tan medieval de su parte vieja.

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8 pensamientos en “Retorno al medievo

    • Creo que en invierno debe hacer demasiado frío, Verónica. Y en verano no pierde un ápice de su encanto, es una ciudad muy atractiva si consigues abstraerte de la periferia.

      Muchas gracias por tu aportación.

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  1. Yo estuve en Tallinn 2 veces, con una decada de distancia entre las visitas (2004, 2014).

    En 2004 fuimos en verano en un viaje emblematico para mi por mis circunstancias personales. Lo pase maravillosamente bien y la ciudad me encanto. Luego estuve 10 dias recorriendo Estonia y Letonia en coche. Aun en 2004 era muy desconocida salvo por los cruceristas. Por la tarde no quedaba demasiada gente.

    En 2014 fui al principio de la primavera y el efecto fue bastante diferente, aunque la belleza de su casco historico sigue identica.

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    • Cuando yo estuve no había casi nadie, ni de día ni de noche, y era evidente que la ciudad no estaba preparada para el turismo masivo. Por una parte me gustaría volver, por otra no porque la excelente imagen que guardo de esta ciudad lo mismo se iba al garete.

      Entre las tres capitales de los países bálticos (todas Patrimonio de la Humanidad), Tallinn es de lejos mi favorita.

      Un abrazo.

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  2. Cada vez que veo fotos de Tallín me digo que tengo que ir sí o sí, qué bonito ese centro histórico. La gente que conozco que ha hecho un crucero por la zona siempre me cuentan lo mismo, que Tallín es lo que más les ha gustado. Muy buena entrada para no variar.

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    • Creo que Tallinn merece una visita tranquila, algo más pausada que lo que permite un crucero. Su centro histórico es pequeño, es cierto, pero merece la pena pasar la noche allí y ver como cambia la ciudad con el ocaso. Una gran experiencia, de todas formas.

      Muchas gracias por tu aportación.

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