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La calle sin nombre

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De entre las muchas calles que he recorrido a lo largo de mi vida, si hay una a la que tengo cariño y con la que me unen vínculos indisolubles es sin duda la Gran Vía madrileña. Durante mis largos años de estancia en la ciudad nunca residí en ella, ni tan siquiera en sus inmediaciones, pero son innumerables las ocasiones que hacia allí me encaminaba para sentir su ritmo, frecuentemente endiablado pero siempre cálido. Y no creo que haya habido ni una sola de las veces que visité la capital española con posterioridad que hacia ella no me dirigiera para saludarla, como suele hacerse con esa vieja amiga cuyo camino hace tiempo que dejó de ser paralelo al tuyo pero cuya sola presencia hace aflorar en tu imaginación hermosos recuerdos de tiempos pasados.

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En mis tiempos de estudiante universitario casi cada viernes seguía un extraño ritual mediante el cual liberaba mi mente de las tensiones de la semana, preparándola para los días libres que se aproximaban. Sin rumbo determinado llegaba hasta la plaza de España cuando la tarde estaba a punto de caer y desde allí invariablemente dirigía mis pasos hasta el comienzo, que en realidad es el final, de la Gran Vía. El segmento que lleva desde este punto hasta la plaza del Callao se considera el último de los tres tramos que componen la avenida y su traza es de una subida continua y pronunciada, reducto de lo que debió ser una colina en tiempos remotos. En esta zona aún existían por entonces muchos de los cines que esta calle llegó a albergar, que en la actualidad han quedado reducidos al mínimo, siendo sustituidos algunos de ellos por teatros donde se celebran espectáculos musicales.

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El tramo intermedio de la calle, que transcurre entre la plaza del Callao y la conocida como red de San Luis, especie de plaza cuya denominación refiere a la red usada para señalizar el mercado que allí se celebraba siglos atrás, suponía un cierto respiro para mis piernas pues su recorrido es prácticamente llano. Se encuentran aquí algunos de los edificios más significativos de la ciudad, como el de Telefónica, que cuando fue construido hace aproximadamente un siglo era el más alto de Europa. Delimitando este segmento y el anterior puede verse otra construcción emblemática, el Edificio Carrión, más conocido como Capitol por el cine que albergaban sus bajos. Famoso por el letrero luminoso de neón que anuncia la marca de bebida Schweppes desde su parte superior, ha llegado a aparecer en diversas películas.

Desde la red de San Luis continuaba mi camino relajadamente por el considerado tramo inicial de la avenida, que baja hacia su punto de partida en la calle de Alcalá. Esta parte contiene los edificios más artísticos de la Gran Vía, muchos de ellos con un aspecto inequívocamente barroco. Destaca el famoso Edificio Metrópolis, de aspecto induscutiblemente francés, no en vano sus arquitectos tenían esta nacionalidad, y situado justamente en la esquina entre ambas arterias. Es éste el segmento más tranquilo de la calle y suele presentar un número muy inferior de viandantes respecto a los anteriores. Aquí se encuentra la única iglesia que existe en la Gran Vía, el oratorio del Caballero de Gracia, aunque en realidad lo único que se aprecia de ella es su ábside rodeado por un arco.

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Liberado ya mi espíritu de la ansiedad provocada por mis obligaciones cotidianas, me acercaba a tomar algo en alguno de los muchos locales situados en los alrededores. Y es que esta mítica calle siempre ha estado ligada a actividades de ocio para los habitantes de Madrid. A lo largo de su historia la Gran Vía ha tenido numerosas denominaciones, entre las que destacan Avenida de Rusia, en tiempos de la Guerra Civil, y Avenida de José Antonio, durante el franquismo. Con la instauración de la democracia se decidió acertadamente despojarla de un nombre concreto, dejándole simplemente el calificativo con el que los madrileños la conocían desde el principio debido a su anchura, considerable para la época. Grande también en mi corazón, valga este homenaje a una vía legendaria que vivió su primer centenario hace ahora un lustro.

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