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Hermosa como una mujer

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Durante el acercamiento a Naigani la retina se ve asaltada por un auténtico crisol de colores, donde el turquesa de las prístinas aguas del Pacífico se combina con el níveo de la fina arena que tapiza la isla y las diferentes tonalidades de verde producidas por la densa vegetación tropical que la cubre. La aproximación a las islas coralinas suele seguir siempre un mismo ritual en el que el piloto detiene la embarcación en busca de una de las escasas fisuras en la barrera de coral que las rodea mientras los pasajeros contemplan extasiados el espectáculo de color que se muestra ante sus ojos. Una vez profanada la abertura, el motor de la barca vuelve a funcionar a escasa potencia hasta que la nave queda suavemente encallada en el fondo arenoso y el viajero siente esa satisfacción que se obtiene al alcanzar el objetivo.

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Naigani es un cayo diminuto que pertenece al grupo llamado Lomaiviti, situado unas millas al este de Viti Levu, la principal isla de Fiji. Se cree que el primer europeo que avistó este archipiélago fue William Bligh, el capitán del Bounty que, tras sufrir el famoso motín en su buque, navegó por allí con sus leales en su viaje de vuelta a tierras más seguras. Algo debió de atraerle en la zona, pues unos años más tarde volvió a bordo de un nuevo navío para terminar de explorarla. La isla está situada a poca distancia de Ovalau, de tamaño superior y que alberga la antigua capital de Fiji, denominada Levuka. Y aunque Ovalau escasamente llega a los cien kilómetros cuadrados de superficie, cuando la miras desde Naigani asemeja algo enorme, como si de un planeta al que se contempla desde su satélite se tratara.

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Buscando algo distinto a Viti Levu, isla demasiado grande para ser explorada por completo en unos pocos días, alguien nos convenció de que Naigani satisfaría por completo nuestras expectativas. Por tanto una mañana temprano partimos desde Suva con dirección al puerto de Natovi, desde donde zarpan los barcos que conectan Viti Levu con todo el archipiélago de Lomaiviti. Tras un tiempo de espera en el aislado y algo descuidado muelle, vimos por fin aparecer en el horizonte la pequeña embarcación que debía transportarnos a nuestro deseado destino. El trayecto hasta allí dura algo más de media hora y, dependiendo del estado del mar y de la distribución del peso en la pequeña lancha, puede estar sujeto a alguna que otra emoción fuerte. Conviene por tanto ajustarse bien el salvavidas que te proporcionan, independientemente de tus habilidades natatorias.

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Poco más hay en Naigani, aparte de cientos, miles de cocoteros, que un resort bastante respetuoso con el entorno a un lado de la isla y una aldea situada en el otro. Su superficie presenta un aspecto escarpado, debido a diversas elevaciones que se suceden en su interior, e impenetrable, por la densa vegetación que cubre la práctica totalidad de su territorio. La leyenda cuenta que Naigani era el nombre de una mujer de extraña hermosura que allí vivió hace muchos siglos y, de hecho, quedan restos que prueban la presencia humana desde tiempos inmemoriales en ella. Existe incluso una cueva junto al mar que presenta trazas oscuras en su parte superior, como si allí se hubieran encendido abundantes hogueras, a la que irónicamente llaman algo así como cocina del caníbal.

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Aparte de ser un lugar perfecto para el buceo, tanto de superficie como en aguas profundas, Naigani ofrece al visitante hermosas playas prácticamente vírgenes y senderos donde dar agradables paseos rodeado por un espeso bosque lluvioso. También la posibilidad de extasiarse viendo como en esta frágil islita la vida surge a cada paso. Bien en forma de alevines que juguetean en las transparentes aguas, o en la de pequeños artrópodos que corren a esconderse en la arena ante tu presencia. Sin olvidar la tierna imagen que ofrecen algunos cocoteros recién nacidos que no necesitan siquiera que sus raíces estén bajo tierra para intentar sobrevivir y llegar a convertirse en esbeltas palmeras. Descubrir el pulso vital de este punto verde perdido en la inmensidad del océano me pareció una experiencia realmente inolvidable.

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