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Musa del neoclasicismo

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Situado en la punta de una pequeña península, el centro histórico de Helsinki se asoma a un Báltico cuyas aguas están salpicadas por numerosas islas de exiguo tamaño. Un promontorio allí localizado fue el lugar escogido en la tercera década del siglo XIX para erigir una iglesia en honor de Nicolás I, zar de Rusia en aquellos tiempos. Tras la independencia de Finlandia, el templo pasó a convertirse en la catedral luterana de la ciudad. Su emplazamiento privilegiado y su simbolismo hacen de este edificio un punto de referencia para los habitantes de la capital finlandesa, mientras que su tamaño considerable y su atractivo aspecto ejercen de imán para los visitantes que hasta ella se acercan, como pude comprobar durante mi primera visita a la ciudad en agosto de 1991.

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El arquitecto encargado de la construcción de la catedral fue Carl Engel, que rediseñó buena parte del centro histórico de Helsinki en aquellos años. Con planta de cruz griega, el edificio consta de una cúpula central, cuyas proporciones la hacen ser visible desde casi cualquier punto de la ciudad, rodeada de cuatro bóvedas menores. Apuntando a cada uno de los cuatro puntos cardinales se abren accesos de idéntica apariencia, lo que da al conjunto un aspecto de simetría perfecta. Ocupa el templo uno de los laterales de la Plaza del Senado de la capital finlandesa, en el centro de la cual se sitúa una estatua del zar Alejandro II, aunque parece estar a una altura superior a la del resto de edificaciones contiguas. Y el blanco impoluto que muestra toda ella, con excepción de las cubiertas, es seguramente responsable de que Helsinki sea conocida como la ciudad blanca del Norte.

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Quizás la edificación más visitada de la capital finlandesa, si descontamos la catedral, sea la fortaleza de Suomenlinna. Construida sobre varias islas en el siglo XVIII, cuando Finlandia formaba parte del imperio sueco, su propósito inicial era el de defender Helsinki de la amenaza rusa, a la que hubo de rendirse años más tarde. Actualmente Suomenlinna tiene un interés mucho más turístico que militar y los antiguos pabellones sirven ahora como tiendas, restaurantes o viviendas de una comunidad estable, con unos mil habitantes, que habita la fortificación durante todo el año. Se puede llegar hasta ella tras un corto viaje en ferry desde el centro de la ciudad, y es posible disfrutar de un agradable paseo por las islas sobre las que fue levantada, conectadas unas a otras mediante puentes.

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Si la catedral domina Helsinki desde su promontorio, la iglesia de nombre Temppeliaukio presenta una imagen radicalmente opuesta. Excavada en la roca, tiene un aspecto muy curioso, con su cúpula redondeada que deja pasar los rayos de sol a su interior. El exterior del edificio no da pistas en absoluto sobre la función a la que está dedicado, pues se asemeja más a una especie de bunker que a la estampa habitual de un edificio religioso. Pero su interior tiene un aire un tanto minimalista y funcional, ideal tanto para conmemorar allí los ritos luteranos para los que fue ideado como para celebrar conciertos. No en vano la acústica del templo fue cuidadosamente estudiada durante su construcción, dejando desnuda la superficie rugosa de la roca para mejorarla e instalando un órgano dedicado a tales eventos.

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El casco histórico de Helsinki debe en buena medida su aspecto actual a dos arquitectos, el ya mencionado Carl Engel, de ideas neoclásicas, y el funcionalista Alvar Aalto. Pasear por sus calles equivale pues a darse de bruces con edificios que representan estilos un tanto contrapuestos, dotados unos de un aire bastante monumental que contrasta con el pragmatismo nórdico que muestran los otros. Algo así como si los salones de un palacio neoclásico de la vecina San Petersburgo estuvieran decorados con muebles también vecinos de Ikea. Si al visitante le cuesta digerir tan extraño maridaje, una buena opción puede ser la de acercarse a alguna de las playas de la ciudad, como la de Hietaniemi, donde solazarse con el agradable, aunque siempre corto, verano báltico.

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4 pensamientos en “Musa del neoclasicismo

  1. Yo he estado 3 veces en Helsinki y siempre me ha parecido una ciudad que se visita casi por accidente o sin querer. Como parte de otro viaje o de paso/escala a otro lugar. Y, sin ser una de las ciudades imprescindibles, si me parece bonita y muy agradable de visitar, especialmente en verano.

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    • Aunque no es de mis capitales europeas favoritas, me pareció muy agradable las dos veces que estuve. Una de ellas coincidió con el solsticio de verano además y, aparte de buen clima, había mucho ambiente en la ciudad.

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    • Coincido contigo, es una ciudad diferente y muy agradable. Me gusta esa mezcla de neoclasicismo y funcionalidad que se respira en su centro histórico.

      Muchas gracias por tu comentario.

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