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Un país, dos mundos

Cuando el tren que parte de la península de Kowloon, uno de los distritos que componen Hong Kong, nos dejó en Lo Wu, desde donde se accede a la China continental, sentí como si estuviera saliendo de un mundo para entrar en otro. Una vez resueltos los trámites burocráticos en la frontera, al pasar al otro lado todo cambia de una forma radical. Los coches muestran un aspecto menos ostensible. Los rascacielos, aunque de similar altura, presentan una imagen algo menos moderna. La vestimenta de los ciudadanos asemeja ser de bastante inferior calidad. Su mirada enseña un ligero rictus de tristeza o timidez, de la que no hay visos en absoluto en los rostros de los optimistas hongkoneses. Incluso la comunicación con la gente, tan asequible en Hong Kong donde la mayoría de los ciudadanos domina el inglés, pasa a convertirse en una misión cuasi imposible.

Shenzhen, donde vive un puñado de millones de habitantes, es una población de exageradas dimensiones y un aspecto un tanto diferente al de cualquier ciudad china de provincias. En efecto, lo que era poco más que un pueblo hasta hace unas décadas se convirtió en un objetivo primordial para la inversión extranjera cuando China empezó a abrir ligeramente al exterior el hermético caparazón que se había autoimpuesto tiempo atrás. Debido a su proximidad con Hong Kong, aquella aldea de pescadores comenzó a atraer enormes masas de capital foráneo, que a su vez llamaron a millones de inmigrantes procedentes de toda China. Todo ello contribuyó al crecimiento desmesurado que ha sufrido Shenzhen en apenas tres décadas, llevándola a convertirse en la urbe monstruosa que hoy conocemos.

Como buen ejemplo del rápido desarrollo que ha sufrido el país en los últimos tiempos, Shenzhen presume de su aspecto un tanto megalómano, con algunos de los rascacielos más altos de China y, por consiguiente, del mundo. En esta ciudad se produce de todo, desde tejidos y artículos de artesanía hasta cualquier tipo de artilugio electrónico que imaginarse pueda. Y, como no podía ser menos, también se vende de todo, fundamentalmente en los enormes centros comerciales que existen en la localidad. Al ser los precios considerablemente inferiores que los de la vecina Hong Kong, numerosos ciudadanos hongkoneses pugnan por cruzar la frontera con el único propósito de adquirir cualquier tipo de producto made in China.

En su afán de colocar a Shenzhen como punta de lanza de la emergente economía china, las autoridades del estado no escatiman medios para atraer a los viajeros hasta la ciudad. Y como sus atractivos son más bien escasos, excepto para los aficionados al turismo de centro comercial, desde hace unos años se ha dado una especie de toque a rebato para la creación de una variada gama de parques temáticos. Los hay dedicados a mostrar monumentos de China en miniatura, copias chinas de los de Disney, algún otro donde se representan muestras de folklore del país, uno más donde pueden verse reproducciones de lugares como la Torre Eiffel o el Taj Mahal, un Safari Park y hasta una copia de un pueblo suizo, con sus montañas y todo, que funciona como hotel de lujo.

A falta de nada mejor que visitar, cuando llegamos a Shenzhen en agosto de 2007 encaminamos nuestros pasos hacia el parque temático llamado China Espléndida, donde se muestran miniaturas del Templo del Cielo, la Gran Muralla, el Pothala y otros lugares emblemáticos del gigante asiático. La afluencia de turistas locales al recinto era considerable y, a tenor del número de gente que pedía fotografiarse con nosotros y grabar en vídeo a los niños, me dio la impresión de ser una atracción más entre aquellas reproducciones a escala de las maravillas que guarda esta inmensa nación. Nación que, cuando volvimos a cruzar la frontera entre Shenzhen y Hong Kong, me dio la impresión de abandonar. Aunque, en realidad, lo que hacía era alejarme de un mundo para volver a otro mucho más cercano al mío propio.

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