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Llueve sobre la necrópolis

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Llovía a mares aquel día en Valencia de Alcántara, esa zona del oeste español relativamente más húmeda que las comarcas extremeñas adyacentes pero que a veces también sufre los efectos de la sequía. Y aunque el agua era bienvenida para la mayoría de los vecinos de la localidad, suponía una pequeña molestia para varios excursionistas que habían planeado una ruta a pie hasta algunos ejemplos del extenso conjunto megalítico presente en este municipio. Ante el cariz que iba tomando la mañana un miembro del grupo propuso un cambio de planes con el fin de llegar en coche hasta las cercanías del valle de San Benito, donde existe una necrópolis formada por más de treinta tumbas antropomorfas excavadas en la roca granítica.

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Tomamos pues una estrecha carretera que se dirige hacia el caserío de La Fontañera, aldea literalmente fronteriza pues la única calle del pueblo finaliza junto a un mojón que indica el comienzo de territorio portugués. Debo admitir que, a pesar de ser originario de la zona y haber circulado por esa vía decenas de veces, mi desconocimiento del lugar era evidente. Por consiguiente, cuando tras unos pocos kilómetros dejamos los coches a un lado de la calzada, no sabía muy bien lo que me iba a encontrar. Así que me limité a seguir al resto de integrantes del grupo, que se afanaban por hallar la mejor manera de vadear los obstáculos, en forma de paredes, que aparecían a nuestro paso. Actividad ésta la de saltar paredes que me retrotraía una vez más a mi niñez, cuando solía hacerlo en mis numerosas correrías por diversos parajes de las proximidades.

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Tras sortear el último obstáculo llegamos por fin a una dehesa con abundancia de rocas graníticas, tal y como es habitual en esta zona rayana. Lo primero que llamaba la atención era una piedra vertical con cierto aire de menhir donde se apoyaba otra roca, ésta de forma redondeada y con un agujero en el centro. Algún experto del grupo comentó que eran los restos de un antiguo molino, presumiblemente de origen romano. Allí mismo podía verse ya la primera de las tumbas, una cavidad de forma rectangular excavada directamente en la roca y de amplitud suficiente para contener por completo el cuerpo de un humano adulto. A partir de entonces el espectáculo fue in crescendo pues en un radio de centenares de metros cada bloque de granito tenía excavada al menos una fosa. La mayoría de ellas de tamaño adulto pero alguna tan pequeña que solo podría albergar el cuerpecito de un bebé. Y, aunque la constante lluvia impedía apreciarlo con nitidez, algunas talladas con la forma de la cabeza, los hombros e incluso huecos donde apoyar los pies del cadáver que iban a contener.

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Cuando se visita este antiguo camposanto las primeras preguntas que vienen a la cabeza son ¿quien? y ¿para qué? Todavía no hay respuesta a estas cuestiones y probablemente no la haya nunca, pues no se ha encontrado vestigio alguno ni en el interior de las tumbas ni en sus inmediaciones. Se supone que fueron esculpidas al final del periodo romano o durante la etapa visigoda, es decir aproximadamente en el siglo V o VI de nuestra era. También se cree que estaban cubiertas por una especie de losa granítica, aunque no han quedado restos de ellas en la zona. Y parece que servían para albergar los cuerpos de personajes importantes de la comunidad y de sus familiares. Los expertos piensan pues que la necrópolis del valle de San Benito era una especie de cementerio V.I.P. de la época.

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A tiro de piedra de las tumbas se nos apareció entre la lluvia lo que fue la ermita de San Benito. Al parecer esta cercanía no es casual sino que la capilla fue levantada expresamente allí para santificar lo que era considerado un lugar pagano, debido sin duda a que los enterramientos no habían sido realizados de acuerdo a los preceptos cristianos. No existen datos tampoco de la época en que fue construido este templo ni de la causa por la cual fue abandonado hace ya varios siglos. Quizás las autoridades eclesiásticas de entonces consideraron que los moradores de la necrópolis habían expiado ya sus pecados y sus almas podían considerarse, por tanto, limpias de toda mácula.

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