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El encuentro más bello

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Había poca visibilidad aquella tarde de abril de 2006 cuando Dragan, nuestro conductor, soltó una exclamación en serbio. ‘Lo que faltaba, hemos pinchado’, debió decir. Habíamos abandonado Belgrado antes del amanecer y de camino visitamos un par de monasterios antes de parar a comer y estirar las piernas en una población llamada Novi Pazar, cercana a Montenegro. Mientras transitábamos por la ciudad me di cuenta del gran número de mezquitas que allí se veían. ‘La gran mayoría de la población aquí es musulmana’, comentó el conductor. ‘Pero si estamos en Serbia’, repliqué. Se limitó a encogerse de hombros. En el restaurante pedí una cerveza para acompañar la comida. Dragan sonrió: ‘No sirven alcohol aquí, recuerda que son musulmanes’. Me puse a pensar en la estupidez del conflicto ocurrido en aquella zona y la arbitrariedad de las fronteras trazadas. Resulta que hay musulmanes en Serbia más estrictos que muchos bosnios, y ortodoxos en Bosnia más creyentes que numerosos serbios. Tantas muertes de inocentes para esto.

Budva_03

En el límite entre Serbia y Montenegro paramos en una rudimentaria oficina que hacía las veces de aduana. Al entrar en esta última nación el paisaje se vuelve montañoso y abrupto, como haciendo honor al nombre asignado a este joven estado, que probablemente haya reemplazado a Suiza en la calificación de país más montañoso de Europa. Tras pasar la ciudad de Bjelo Polje la carretera transcurre cercana al Parque Nacional Durmitor, la principal reserva natural en el territorio montenegrino, donde se aprecian vistas espectaculares. Más adelante la ruta comienza a ser descendente en dirección a Podgorica, la capital de la nación, y el paisaje cambia relativamente al acercarse la apreciada zona costera local.

Kotor_01

Mientras ayudaba a Dragan a cambiar la rueda pensaba en las emociones del día. Una jornada muy bien aprovechada, aunque a esas horas de la tarde ya estábamos muy cansados. Fundamentalmente Daniel, muy pequeño aún para soportar estoicamente tantas horas de coche. Un par de horas después llegábamos por fin a Kotor, donde habíamos reservado una habitación para pasar la noche. Aunque era muy tarde, teníamos hambre así que salimos a buscar un lugar para cenar algo. Era noche cerrada, las calles estaban vacías y la mayoría de los restaurantes hacía tiempo que habían echado el cierre pero, a pesar de que el hambre apretaba, pude sentir el magnetismo de una villa que parecía casi mágica debido a su escasa iluminación.

Kotor_04

La mañana siguiente pudimos apreciar Kotor en todo su esplendor. Esta pequeña ciudad fue construida en un lugar imposible, entre el monte Lovcen, que se eleva a casi dos mil metros junto a la costa, y una estrecha y profunda bahía rodeada de montañas en casi todo su perímetro. No es difícil, por consiguiente, caer rendido ante el maravilloso entorno que te rodea. Por si fuera poco, la población en sí es una auténtica joya. Se trata de una ciudad medieval perfectamente conservada, donde perduran numerosas construcciones de los siglos XII y XIII entre las que destaca la catedral católica de San Trifón. Sobresalen también sus murallas, en buen estado de conservación a pesar de resultar afectadas por un terremoto en la segunda mitad del siglo XX.

Desde Kotor nos desplazamos a Budva, capital del turismo montenegrino. Esta localidad es famosa por sus playas y su vida nocturna pero además tiene un centro histórico amurallado donde se encuentran diversos edificios de interés. Entre ellos la iglesia de San Iván, cuya construcción se remonta al siglo VII. Algo al sur de la ciudad se encuentra Sveti Stefan, una isla donde se estableció una población fortificada en el siglo XV. Más tarde fue transformada en península al construirse un estrecho istmo arenoso y en la actualidad conserva perfectamente su ambiente medieval original. Tenía razón Lord Byron cuando al descubrir esta zona del Adriático escribió las siguientes palabras: ‘En el nacimiento de nuestro planeta, el más bello encuentro entre la tierra y el mar debió suceder en la costa de Montenegro’.

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