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La camarera y los gorilas

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En un postrero intento de hacer más llevadera la espera del vuelo que debía llevarnos a Cairns decidimos beber algo en uno de los pocos bares que encontramos en el aeropuerto. Habíamos llegado a Brisbane horas atrás y, como disponíamos de tiempo suficiente, nos fuimos a dar una vuelta por la ciudad. Con el fin de acelerar el proceso abordamos un taxi para ir directamente al centro de la misma y nada más notar mi acento extranjero el conductor comenzó a hacer preguntas. ‘¿De donde vienen ustedes?’, inquirió mientras colocaba el cinturón de seguridad a Daniel. ‘Del sur de Europa’, respondí tras indicarle que yo mismo podía asegurar a mi hijo en el coche. ‘Prefiero hacerlo yo’, replicó, como si los europeos del sur no estuviéramos habituados a ese tipo de artilugios.

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Tras finalizar el procedimiento y sentarse al volante, me miró a través del retrovisor. ‘Les informo que están ustedes siendo grabados mediante la cámara de seguridad incorporada en el coche’, comentó. ‘Este tío es gilipollas’, no pude menos que pensar. Tras un corto recorrido, que transcurrió entre preguntas estúpidas y miradas inquisidoras lanzadas hacia el espejo, nos dejó por fin en lo que aparentaba ser el centro de Brisbane: una especie de calle peatonal con numerosos centros comerciales estratégicamente situados a ambos lados. Puesto que ni el ir de tiendas ni las aglomeraciones son decididamente lo nuestro, nos aplicamos a la ardua tarea de buscar algún edificio de interés en los alrededores.

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No demasiado lejos de allí dimos por fin con algo parecido al objetivo perseguido. El denominado Brisbane City Hall, antigua sede del Ayuntamiento de la villa y que en la actualidad alberga el Museo de Brisbane. Destaca su torre, construida a la manera de los campanarios venecianos y que solía ser el punto más alto de la ciudad hasta que aparecieron diversos rascacielos en las inmediaciones. Tras echarle un vistazo, continuamos la búsqueda, aunque sin demasiada suerte; tan solo algún que otro edificio con pretensiones de fachada victoriana y una iglesia de aspecto kitsch intentando abrirse camino entre los colosos que la ahogaban. Tocaba volver al aeropuerto, no fuéramos a perder el vuelo y tuviéramos que hacer noche en tan poco atractivo lugar.

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La única camarera del bar elegido no se inmutó un ápice ni cambió su rictus de aburrimiento mientras nos servía el agua y la cerveza solicitadas. Éramos los únicos clientes pero, al no haber mesas en el establecimiento, nos movimos a unos asientos del propio aeropuerto situados un par de metros más allá. Había sido un día muy largo y Daniel, decididamente cansado, chocó mientras jugaba con un anuncio del local, que cayó al suelo con estrépito. Lo devolvimos inmediatamente a su posición original. No habían pasado ni dos minutos cuando aparecieron un par de policías, con cara de pocos amigos y haciendo evidente ostentación de las armas que portaban al cinto.

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’Está usted tomando cerveza en un sitio prohibido’, gruñó uno de ellos. ‘Pero si estoy al lado del bar’, protesté. ‘En esa zona no se pueden consumir bebidas alcohólicas’, replicó. Tenía la barra al lado y en el suelo no estaban las habituales rayas pintadas que indican la zona donde se permite el alcohol en los locales australianos. ‘No lo sabía’, contesté. ‘Termine su bebida de inmediato y mantenga el control sobre sus hijos’, ordenó antes de irse por donde había venido. ‘Ha sido ella, los ha telefoneado’, me comentó Diana refiriéndose a la impasible camarera, que ni siquiera había dirigido la mirada mientras los gorilas nos abroncaban. Pocas horas después, aproximadamente cuando pasa una furgoneta recogiendo a los aborígenes que yacen borrachos en los parques, aterrizábamos en Cairns.

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2 pensamientos en “La camarera y los gorilas

  1. Es una lástima que la mala educación y el abuso de autoridad de algún agente pueda distorsionar la imagen de una ciudad o de un país concreto y de su gente e incluso estropearte un viaje, como nos ocurrió a nosotros en Vietnam, donde sufrimos la corrupción de un policía que quería que lo sobornáramos para que nos tramitara una denuncia por un robo sufrido en el precioso pueblo de Hoi An.
    Son experiencias que, desgraciadamente, nos dejan malos recuerdos del lugar.
    Un saludo,

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    • Siento tu mala experiencia en Vietnam. Lo del soborno policial es una constante en según que sitios, especialmente en ciertos países de África donde lo tienen perfectamente asumido. No deja de ser triste, especialmente porque la situación de la gente no va a cambiar mientras sigan con estas prácticas.

      Pero el comportamiento de los policías australianos, y de la mayoría de la gente que nos encontramos allí, no dejó de sorprenderme. No me gusta generalizar, pero creo que los extranjeros, sobre todo si no somos tan cuadriculados como los locales, no somos del todo bienvenidos. En fin, allá ellos.

      Un abrazo.

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