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A una nariz pegado

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“Bajo esta piedra yace Ovidio,
el poeta de los amores delicados, vencido por su talento.
Oh, tú que paseas por aquí, si es que has amado alguna vez,
ruega por él: ¡que sea leve su sueño!”

Transcurrían los primeros años de la era cristiana y Ovidio disfrutaba de su plenitud creativa cuando Augusto emitió un decreto obligándolo a exiliarse para siempre en la localidad de Tomis. No se conocen bien las causas de tan drástica decisión, especialmente teniendo en cuenta que hasta entonces el emperador había sido su protector, aunque según el propio autor la razón fue carmen et error, es decir un poema y un error. Tal poema fue seguramente el denominado Ars Amatoria, publicado pocos años antes y en el que Ovidio describía el arte de amar con su habitual tono satírico. Y el probable error, el conocimiento que tenía el poeta sobre la vida disipada y libertina que llevaba Julia, hija de Augusto, de la que éste no estaba al tanto y no pareció aprobar al enterarse.

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Había nacido Ovidio en el seno de una familia pudiente, hijo de un terrateniente que pretendía convertir a su vástago en senador. Pero éste, rebelde él, decantose por el verso en lugar de estimular su vena prosaica. Tal decisión causó un gran disgusto a su progenitor, convencido de que los poetas estaban predestinados a morir en la pobreza. Como ocurría en algunas familias romanas, Ovidio había heredado de su padre un cognomen, especie de apodo transmitido de padres a hijos que, con el paso del tiempo, alcanzó la categoría de segundo apellido. Y el suyo, Nasón, no admitía dudas sobre el más que prominente apéndice nasal que alguno de sus antepasados había disfrutado.

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En aquella época Tomis ya era una villa histórica, no en vano había sido fundada por los griegos unos seis siglos atrás. Tras diversas vicisitudes, los romanos la conquistaron aproximadamente treinta años antes de la llegada de Ovidio y cuando el Imperio se vino abajo desgajándose en dos se convirtió en pieza importante en la rama bizantina de éste. Fue entonces cuando empezó a ser denominada Constanţa, en honor de una hermana del emperador Constantino. Otras civilizaciones se establecieron en aquel lugar con el transcurso del tiempo, hasta que la villa pasó a pertenecer definitivamente a Rumanía. Pero el alma local es indudablemente romana, como lo prueba la loba capitolina que luce orgullosa en Piaţa Romană, una de las principales plazas de la ciudad.

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Aunque Ovidio consiguió integrarse bastante bien en Tomis llegando incluso a aprender la lengua local, en la que escribió algunos poemas a la vez que seguía haciéndolo en latín, siempre echó de menos Roma. Tras el fallecimiento de Augusto, su sucesor, Tiberio, no le levantó el veto, por lo que debió continuar a orillas del Mar Negro hasta su propia muerte, ocurrida tres años más tarde. Jamás volvió a ver a su familia ni a sus amigos y aunque en algunos textos agradece la hospitalidad de sus conciudadanos anhelaba retornar a su tierra. Su deceso se produjo en una localidad cercana, hoy llamada Ovidiu en su honor, y desde entonces es considerado el hijo predilecto de Constanţa, donde en Piaţa Ovidiu tiene dedicada una estatua en cuyo pedestal se lee una suerte de epitafio en latín y en rumano.

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Es probable que, al igual que Cleopatra, Publio Ovidio Nasón no destacara por su nariz pronunciada, aunque a lo largo del tiempo su imagen siempre ha sido representada con esa particularidad. De sobra lo hizo por su capacidad poética, que lo llevó a convertirse junto a Horacio y Virgilio en uno de los más afamados vates latinos. Y aunque pueda pensarse que se refería a una característica familiar cuando escribió la frase ex naso viris hastam, dando a entender que el tamaño del pene de un individuo es directamente proporcional al de su nariz, esta suposición no parece ser del todo correcta. Desgraciadamente para los que poseemos unas napias de tamaño considerable, el autor empleaba una vez más su probada ironía. Ésa que lo hizo destacar como poeta pero que a la vez fue la causante de su amargo destierro.

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