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Reminiscencias lusas

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Cuando a comienzos del siglo XVI el rey de Portugal Manuel I el Afortunado, quien entre otros logros dio nombre al estilo arquitectónico más característico de su país, ordenó construir una fortaleza junto a la ya entonces conocida como isla de Mogador, decidió darle idéntica denominación. Seguramente su propósito para levantar tal edificación en el litoral africano, hoy día parte del territorio de Marruecos, era que sirviera tanto de escala para aprovisionamiento como de protección para los navegantes lusos que se aventuraban en interminables y peligrosas expediciones a lo largo de ese continente. La isla de Mogador y su costa adyacente se encontraban a distancia accesible desde Madeira, ya territorio portugués por aquellos años, lo que las convertía en un lugar estratégico para tales fines.

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No sabremos nunca si fue casualidad la elección de tal nombre, etimológicamente derivado de amagdoul, que en la lengua bereber de la zona significa la bien guardada. Lo que parece evidente es que si Dom Manuel quiso referirse de esa manera a la capacidad de protección de la fortaleza sobre la costa y aguas cercanas erraba en su apreciación, pues tan solo cuatro años más tarde su construcción quedaba destruida por completo. Tribus bereberes procedentes del interior reconquistaron el lugar que, un tanto irónicamente, a partir de entonces sí que se ajustó fielmente a su apelación inicial, no en vano resistió numerosos ataques que desde el mar efectuaron sobre él las flotas españolas, inglesas, francesas y holandesas. Tanto interés prueba su vital situación en aquella época.

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Hubo que esperar al siglo XVIII para que este emplazamiento adquiriera una apariencia similar a la que presenta en la actualidad. Fue entonces cuando un sultán, de nombre Mohamed, puso sus ojos allí. Y lo hizo por similares razones a las que atrajeron el interés de los navegantes europeos, aunque los propósitos de Mohamed III eran más comerciales que guerreros. Llamada por él Souira, término que también hace relación a su aspecto de fortaleza, la ciudad fue poderosamente fortificada, de nuevo con el fin de asegurar su protección. Para ello se eligió a un arquitecto galo, que otorgó a la villa la potente línea que ofrecen sus baluartes en la actualidad. Ya en el siglo XX, durante el gobierno francés en la zona, Souira volvió a adoptar el nombre de Mogador, hasta que con el establecimiento de Marruecos como nación cambió otra vez de denominación, pasando a llamarse Essaouira.

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Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2001, Essaouira es hoy día una tranquila localidad de mediano tamaño, que ofrece al visitante un aspecto inequívocamente marinero. Los baluartes construidos por el arquitecto francés Cornut, a todas luces similares a los diseñados por su famoso paisano Vauban, se mantienen en un estado aceptable, a pesar de que en algunas zonas se muestran bastante deteriorados debido al efecto corrosivo del salitre. El acceso hasta ellos se efectua a través de Bab al-Mersa, literalmente puerta del puerto, seguramente el símbolo más reconocible de la ciudad. Apuntando hacia el mar se conservan numerosas piezas de artillería originales, que curiosamente fueron fabricadas en España en diversos periodos del siglo XVIII, tal y como hacen referencia algunas inscripciones que también identifican la procedencia del bronce en Perú.

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Seguramente fue por casualidad, pero cada paso que daba en Essaouira llevaba a mi mente imágenes que parecía haber visto ya en ese Portugal que tanto amo. Las casas encaladas. Las barcas de pesca pintadas de un azul vivísimo. Los pescadores cosiendo sus redes con tranquilidad pasmosa junto a las murallas del puerto. Los baluartes, muy parecidos a los de varias localidades portuguesas fronterizas. Incluso los minaretes parecían extrañamente similares al campanario de cualquier aldea lusitana. Pero cuando estuve a punto de frotarme los ojos fue al ver las torres gemelas que cierran la muralla a cada lado del puerto, asombrosamente parecidas a la Torre de Belém de Lisboa aunque de aspecto más austero. Quizás sea esa apariencia decididamente lusa la que llevó a esta encantadora ciudad a ser denominada definitivamente Essaouira, es decir la de hermosa imagen.

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