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La noche eterna

En la mitología griega Artemisa era hija de Zeus y se identificaba con la Luna, tal y como su hermano gemelo Apolo lo hacía con el Sol. Era venerada como diosa de la caza y asociada tanto con la fecundidad como con la virginidad, dependiendo de la polis donde su culto fuera ejercido. En su versión romana era conocida como Diana y representada con esa simbología, tal y como muestra en el parisino Museo del Louvre la famosa escultura Diana cazadora, donde una diosa de virginal aspecto toma una flecha de su carcaj mientras ase un ciervo por los cuernos. Tras ser testigo de los dolores de parto de su propia madre, a Diana le desagradó sobremanera la idea de contraer matrimonio, por lo que pidió y obtuvo de su padre Júpiter, equivalente al dios griego Zeus, la gracia de permanecer virgen para siempre.

Estaba ya bien avanzado el verano de 1996 cuando nos dirigimos a visitar el sitio arqueológico de Éfeso, situado a corta distancia de la ciudad de Izmir, junto a la costa turca del Mar Egeo. Ciudad de vasta historia y poblada por diversas civilizaciones, Éfeso gozó de una considerable importancia durante la expansión helena por Asia Menor. Pasó luego a manos persas, antes de ser reconquistada de nuevo para los griegos por Alejandro Magno. Los romanos igualmente dejaron aquí su impronta y la villa goza también de un lugar preponderante en la tradición cristiana. Así, tanto la Virgen María como el apóstol Juan estuvieron relacionados con un lugar donde se supone que éste escribió su Evangelio y aquella residió. Son de sobra conocidas también las epístolas de San Pablo a los efesios, hombres de poca fe a los que el profeta trataba de convertir.

Hasta nosotros han llegado restos suficientes para hacerse una idea de la importancia que llegó a tener Éfeso en la antigüedad. El mejor conservado es la biblioteca de Celso, edificio mandado construir por un ciudadano romano de tal nombre con la doble finalidad de ser usado como sitio de lectura a la vez que servir de mausoleo para su padre. Aunque bastante restaurada, su fachada impresiona tanto por sus dimensiones como por su belleza, y parece que sirvió como modelo a otras construcciones similares hechas con posterioridad. Otro punto de interés es el Odeón, que servía como teatro y sala de conciertos. Existe asimismo otro teatro, de capacidad muy superior y que, a diferencia del anterior, estaba descubierto. Aún pueden verse también lo que fueron templos dedicados a los emperadores Domiciano y Adriano, así como partes de una iglesia construida sobre el lugar donde se supone que fue enterrado el apóstol Juan.

La veneración a Artemisa estaba tan extendida en Éfeso que, allá por el siglo VI a.C., un rey llamado Creso ordenó erigir un templo dedicado a su culto. Era Creso tan poderoso y su fortuna tan inmensa que incluso su nombre ha trascendido, convirtiéndose en sinónimo de una persona adinerada en diversos idiomas. Y como buen seguidor de la tradición helenística mandó construir un santuario que estuviera a la altura de la diosa a la que era dedicado, tanto por sus enormes dimensiones como por su impresionante belleza, sin reparar en los costes de obra tan suntuosa. Tal es así que el poeta Antípatro, asombrado por su hermosura, superior a la de los Jardines de Babilonia o el Coloso de Rodas según él mismo confirma, le dedicó una elegía y lo propuso como una de las Siete Maravillas del Mundo, pasando desde entonces a ser reconocido como tal.

De lo que fue aquel templo espectacular, que según Plinio medía unos ciento veinte metros de largo por cincuenta de ancho y constaba de ciento veintisiete columnas de casi veinte metros de altura cada una, ha llegado hasta nuestros días tan solo una pilastra. Ya en el siglo IV a.C. un pastor llamado Eróstrato lo incendió con el único propósito de hacerse famoso, como si de un participante en un reality show de la época se tratara. Curiosamente Eróstrato logró de alguna manera su propósito, pues su nombre es usado para denominar un desorden psicológico muy de moda en estos tiempos, además de ser mencionado incluso en el Quijote. Cuenta Plutarco que aquel anochecer misterioso nació Alejandro Magno. Y a mí no me cabe duda alguna de que esa eterna noche, terrible a la vez que mágica, mientras el Templo de Artemisa ardía pasto de las llamas, una enorme luna llena iluminaba el cielo de Éfeso.

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