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El rapto de la cariátide

Aseguraba Vitruvio en su tratado De Arquitectura que el origen de las cariátides, esas figuras femeninas que actúan a la manera de columnas en algunas obras arquitectónicas, se encontraba en una ciudad del Peloponeso llamada Karyes. De acuerdo a su teoría, al estar situada esta villa cerca de Esparta sus habitantes decidieron apoyar a los persas en alguna de las batallas que éstos libraron contra los tradicionales enemigos espartanos, los atenienses. Tras la victoria de estos últimos la venganza no se hizo esperar y las mujeres de Karyes fueron capturadas y vendidas como esclavas. En representación de tal castigo, las imágenes de tan desgraciadas féminas habrían sustituido a las tradicionales columnas en algunas edificaciones, escenificando así la pesada carga que estaban condenadas a soportar para siempre.

Probablemente el arquitecto romano antes mencionado no estuviera del todo en lo correcto, como lo prueba el hecho de que ya mucho antes de las Guerras Médicas figuras humanas eran usadas con fines decorativos en diversas civilizaciones. Aunque es posible que la palabra cariátide derivara del topónimo Karyes y aludiera a la belleza de las nativas de esta villa, entre las que se encontraba la legendaria Helena de Troya. De esta manera, tal denominación habría comenzado a usarse tras la construcción del famoso Pórtico de las Cariátides, situado en uno de los extremos del templo conocido como Erecteion. En esta ocasión las figuras femeninas que sostienen el porche representarían a sacerdotisas de Atenea, y el nuevo término acuñado haría referencia a la belleza de sus facciones, producto seguramente de la genial mano de Fidias.

Aunque para muchos no resista la comparación con la grandeza de su vecino Partenón, particularmente considero al Erecteion el templo con más encanto de los que todavía pueden verse en la Acrópolis de Atenas. Mandado levantar por Pericles en el siglo V a.C., en su construcción participaron los mejores arquitectos y escultores de la época. Entre ellos probablemente Menesicles, Calicrates y Fidias, a quienes se atribuyen las obras de arte más apreciadas entre las que han sobrevivido al paso del tiempo en la ciudad alta ateniense. Al contrario de lo habitual en aquellos tiempos, el Erecteion no estaba dedicado a una única divinidad, sino que disponía al menos de tres santuarios en honor de sendos dioses, y dos más que honraban a igual número de reyes. Uno de estos últimos, Erecteo, fue quien dio origen a la denominación actual del templo.

La imagen más representativa del Erecteion la constituyen seis figuras femeninas, vestidas con túnicas y de grácil apariencia, que actúan a la manera de columnas en el llamado Pórtico de las Cariátides. Esculpidas en mármol, cada una de ellas mantiene una incuestionable unicidad tanto en su postura como en sus facciones. Aunque ninguna conserva sus brazos, es muy posible que en una de sus manos portaran una vasija a modo de ofrenda. La razón por la que Fidias, probable autor de las esculturas, decidió colocarlas allí como soporte es desconocida, aunque este concepto debió estar bastante extendido en la época y no debieron faltarle modelos para ello. Lo único evidente al mirarlas a los ojos es el halo mágico que desprenden, que parece dar respuesta a los múltiples interrogantes sobre su supervivencia a lo largo del tiempo.

En realidad, ninguna de las seis cariátides que muestran su elegancia al visitante del Erecteion es auténtica, sino que son copias colocadas allí para preservar la integridad de las genuinas. Cinco de ellas se conservan en el Museo de la Acrópolis, en las cercanías de su emplazamiento original, donde no se encuentra la que ocupaba la segunda posición desde la izquierda en el frontal del pórtico. Fue Lord Elgin, experto arqueólogo y ladrón de guante blanco en el siglo XIX, quien decidió llevarse la sexta figura para que sirviera de decoración en su residencia particular, siendo más tarde vendida al Museo Británico donde aún permanece. Esperemos que algún día retorne para ocupar el lugar que tiene reservado junto al resto, cuyos sollozos se dice que inundan la cálida noche ateniense desde aquella jornada trágica en la que su hermana fue raptada.

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