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Una de piratas

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Concebida como base para las tropas británicas que se habían asentado en Jamaica tras la estela de los galeones españoles, la ciudad de Port Royal pronto se convirtió en el refugio preferido de aquellos corsarios, bucaneros, filibusteros y piratas en general que surcaban las aguas del Caribe en la segunda mitad del siglo XVII. Debido a los numerosos excesos cometidos por la mayoría de sus habitantes, dedicados a invertir sus ganancias en alcohol, juego y prostitutas, la villa se ganó una merecida mala fama, que la llevó a ser conocida como la Sodoma del Nuevo Mundo. Y no sé si el influjo divino tuvo algo que ver, pero apenas treinta años después de su fundación Port Royal fue destruida casi al completo por un potente terremoto, y de aquel antro de perdición tan solo queda una pequeña localidad provinciana hoy día.

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A los responsables de la mediática saga Piratas del Caribe no pareció gustarles la idea de despertar la furia de los dioses a la hora de representar tan depravada villa en la ficción, o al menos eso se intuye en la no elección del emplazamiento real de Port Royal. En su lugar prefirieron situarla en Wallilabou Bay, una coqueta bahía de la no demasiado alejada isla de San Vicente. Durante los rodajes de cada una de las cuatro películas que por el momento componen la serie, esta tranquila ensenada fue convertida en una guarida de piratas, donde personajes como Jack Sparrow o Will Turner vivían innumerables aventuras. Para ello, aparte de numerosos decorados, se usó la infraestructura allí existente, incluyendo el arco natural producto de la erosión marina que se muestra en alguna de las entregas.

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Aunque es conocida fundamentalmente por su estrellato cinematográfico, Wallilabou Bay dispone de suficientes encantos como para resultar muy atractiva al visitante. Su situación un tanto aislada, unida al hecho de presentar una playa de aspecto agradable y una exuberante vegetación que llega hasta el mismo borde del mar la convierten en un reducto privilegiado, donde se respira una calma que ni siquiera la llegada de la fama ha conseguido romper. Las instalaciones necesarias para la grabación de las películas se han mantenido fieles al aspecto que mostraban durante los rodajes, por lo que los mitómanos pueden dar una vuelta por los escenarios donde se desarrollaba la trama, o echar un vistazo a un almacén donde se exponen fotografías y otros elementos empleados en los mismos.

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Quiso la casualidad que unos días antes de nuestra llegada a Wallilabou Bay tuviéramos ante nuestros ojos al mítico Perla Negra, el bajel más veloz de todos los mares, que Jack Sparrow capitanea en las entregas de la saga. Se encontraba anclado en los muelles de San Juan de Puerto Rico, donde servía como atracción turística hasta que se fue a pique poco tiempo más tarde. En realidad, el barco que interpretaba el rol de Perla Negra no es otro que el Bounty II, réplica del legendario velero de similar nombre construida para la película Rebelión a bordo, cuyo elenco encabezaba un genial Marlon Brando en el papel del amotinado Fletcher Christian. Mucho menos misterioso en la vida real que en la ficción, el navío presenta una majestuosa estampa, que seguramente se veía engrandecida al deslizarse sobre las aguas con las velas desplegadas.

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A diferencia de esa imagen estereotipada que tanto el cine como la literatura se han encargado de crear, aquellos piratas que infestaban las aguas del Caribe en los siglos XVI y XVII no tenían una vida tan divertida como cantaba un miembro de la tripulación del célebre Capitán Garfio, otro famoso corsario de la pantalla. Provenientes en su mayoría de clases sociales desfavorecidas, se enrolaban en busca de fortuna tal y como habían hecho con anterioridad esos conquistadores españoles cuya opulencia se encargaban de perseguir. Muy pocos llegaban a enriquecerse, y la mayoría se conformaba con ganar lo suficiente para emborracharse en lugares como Port Royal y poder pagar los costes de su entierro, que para casi todos llegaba muy rápido. Contemplando los cañones desperdigados por Wallilabou Bay, me dio por pensar que esa absoluta falta de respeto por la vida de sus víctimas que demostraban quizás fuera debida a que en el fondo despreciaban la suya propia.

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