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Roja como la sangre

Hace aproximadamente cinco mil años, cuando en la mayor parte de Europa los seres humanos iban aún cubiertos con taparrabos, una civilización se desarrollaba a pasos agigantados en el extremo oriental del Mediterráneo. Destacados comerciantes, hábiles negociadores y excelentes marinos, muy pronto fueron conscientes de que su prosperidad estaba íntimamente ligada a una original estrategia de marketing enfocada a dar la mayor visibilidad posible a sus productos, con la finalidad de incrementar su clientela. Y en base a ello no dudaron en lanzarse, con sus primitivas embarcaciones cargadas de tejidos, tintes, cerámicas, metales, incluso vino, a ese mar que muchos siglos más tarde los romanos llamarían Mare Nostrum, en viajes que se prolongaban en el tiempo y que conllevaban un riesgo cierto de no tener retorno.

Aunque tan grandes mercaderes procedían de varios asentamientos situados en lo que hoy día es la franja costera del Líbano, muy pronto Tiro fue destacando entre el resto hasta llegar a convertirse en el más próspero de todos ellos. Y aunque no está del todo clara la razón de su meteórico ascenso, la hipótesis preferida por los historiadores no deja de ser curiosa. Resulta que en esta villa se producía un tinte de color tan rojo como la sangre, al que se conocía como púrpura de Tiro y que resultaba muy apreciado para teñir tanto vestimentas como objetos de cerámica. Este pigmento se extraía de una especie de caracola marina y resultaba sumamente caro en la época, pero fue tal su éxito entre las clases pudientes de civilizaciones vecinas que llevó a un rápido enriquecimiento de los comerciantes tirios, a los que los griegos empezaron a denominar phoinikes, literalmente rojo sangre, término del que derivó la palabra fenicios.

En realidad, parece ser que los ciudadanos de Tiro se llamaban a sí mismos cananeos y como tal aparecen en diversas publicaciones, incluyendo tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento. Según éste, Jesucristo visitó en varias ocasiones la ciudad para descansar un poco de los frecuentes conflictos vividos con su propio pueblo judío, a pesar de no sentir un aprecio excesivo por sus materialistas habitantes. Más de un milenio con anterioridad, comerciantes de Tiro habían fundado la ciudad de Gadir, hoy día Cádiz, y pocos siglos después la de Cartago, actualmente Túnez, que como es bien sabido dio origen a la poderosa civilización cartaginesa. La propia localidad tiria había sufrido ya algunas invasiones por parte de pueblos llegados desde el Este, como los babilonios al mando de su poderoso monarca Nabucodonosor o los aqueménidas comandados por Artajerjes.

Pero la población fenicia había conseguido sobrevivir a todos los ataques y su esplendor no había disminuido un ápice desde hacía milenios, hasta que en el siglo IV a.C. Alejandro Magno se cruzó en su camino. Con la excusa de rendir tributo a una divinidad, el caudillo macedonio se acercó hasta Tiro, cuyos habitantes, sabiendo la que se avecinaba, no le permitieron la entrada. Furioso, el gran héroe heleno sometió la ciudad a un asedio que duró meses, hasta que consiguió reducir a cenizas la parte continental de la localidad. Con los restos construyó una especie de istmo, mediante el que llegó hasta un islote al que la villa tiria se había extendido y donde resistían sus habitantes, que fueron pasados por las armas o vendidos como esclavos. Aún hoy el nombre árabe de Tiro es Sūr, que significa roca, en relación a aquella isla que entonces quedó unida al continente para siempre.

Tras tamaña destrucción no resulta extraño que en la actualidad no queden en Tiro vestigios de su pasado fenicio. No obstante, la villa mantiene trazas de enorme interés procedentes de otras civilizaciones que se asentaron con posterioridad en aquel lugar. El viajero puede, por ejemplo, disfrutar de algunos mosaicos bizantinos así como de una necrópolis romana. Sin olvidar el antiguo cardo, nombre que los romanos daban a una de las vías principales de una población, flanqueado por numerosas columnas. Aunque quizás la imagen más característica del Tiro contemporáneo sea un arco de triunfo, también de origen romano, que se levanta orgulloso como si hiciera justicia al enorme esplendor que tuvo la ciudad en tiempos remotos. Y que allí sigue, resistiendo incluso a los ataques que la honorable localidad fenicia sigue sufriendo aún hoy, como los causados por parte del vecino estado de Israel pocos días después de nuestra visita.

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2 pensamientos en “Roja como la sangre

  1. Preciosa historia de un lugar que me gustaria tener la oportunidad de conocer y que se me resiste una y otra vez. Aunque lo que podamos disfrutar ahora son sobretodo las ruinas de la época romana, sin duda, el espíritu de tiempos aun más pretéritos se debe respirar en Tiro.

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    • Espero que puedas ir algún día. El Líbano es un país espléndido, me siento muy unido a él desde que viajé hasta allí. Y el sitio arqueológico de Tiro es atractivo e interesante, tanto desde el punto de vista histórico y artístico como por su situación justo a orillas del Mediterráneo. Una maravilla que ojalá sea respetada.

      Muchas gracias por tu comentario.

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