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Un juguete roto (I)

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Nuestro conductor masculló algo entre dientes que me sonó a una imprecación en karakalpako. Nada extraño, porque debía ser la cuarta o quinta vez que nos equivocábamos de pista en nuestra intención de atravesar la semidesértica y aislada meseta de Ustyurt, y tocaba de nuevo desandar el camino andado. A pesar de su experiencia y del vano intento de usar su un tanto añoso móvil como GPS, no había nada que hacer. Empecé a dudar de que alcanzáramos nuestro objetivo aquel día y una especie de nerviosismo interior comenzó a sacudirme ante la cada vez más cercana posibilidad de tener que pasar la noche en aquella estepa perdida, donde la mayor parte de sus habitantes son serpientes provistas de un veneno letal.

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Habíamos salido temprano de la ciudad de Nukus, capital de la república autónoma uzbeca de Karakalpakia. Situado en el extremo noroeste de Uzbekistán, este territorio debe su nombre a un grupo étnico localmente denominado kara kalpak, literalmente sombreros negros, debido al uso tradicional de esa prenda que hacían en el pasado. Aún hoy día es posible ver a gente dedicada a las faenas agrícolas tocados con ellos pero entre la juventud esta costumbre ha caído en desuso. Los karakalpakos son un pueblo de campesinos y pescadores, que ocupan una zona que en el pasado formaba parte de la región histórica de Corasmia. Hablan un lenguaje que tiene más similitudes con el kazajo que con el uzbeco y algunos claman por la independencia en el contexto de una república autónoma en la que ellos mismos son minoría, pues no llegan a la cuarta parte de sus aproximadamente dos millones de habitantes.

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A pesar de que Nukus y sus alrededores tienen suficiente interés por sí solos para dedicarles una visita, el motivo principal de mi llegada a la ciudad se encontraba a casi trescientos kilómetros de allí. No era así hasta hace menos de medio siglo, cuando el mar de Aral ocupaba un espacio de casi setenta mil kilómetros cuadrados y sus aguas bañaban la no demasiado lejana población de Moynaq. Pero la sangría a la que fue sometido el río Amu Darya, que junto a su mellizo el Syr Darya lo alimentaban, con el propósito de regar los interminables campos de algodón uzbecos, provocó su retroceso dejándolo en la décima parte de la superficie que llegó a cubrir. Y hasta allí había decidido dirigirme, con la intención de llegar hasta el mismo borde del agua de tan desafortunado lago.

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Desde la distancia, la primera imagen que se obtiene de la meseta de Ustyurt es la de un escalón gigantesco que parece casi imposible salvar. Su inmenso territorio ocupa unos doscientos mil kilómetros cuadrados divididos entre los actuales estados de Kazajstán y Uzbekistán, y se trata de un lugar tan inhóspito que su densidad de población debe estar muy cercana a cero. Poblada por nómadas tiempo atrás, aún quedan algunos de ellos aunque las duras condiciones de vida han hecho desistir a la mayoría. Un puñado de valientes resisten en Komsomolsk-on-Ustyurt, que se asemeja a una población del salvaje oeste o de película de los hermanos Coen cuando te acercas a ella. Constituyen un reducto de lo que fue una explotación soviética de gas natural y ahora se dedican a intentar sobrevivir cuidando de sus rebaños de cabras y camellos, aunque disponen de pista de aterrizaje y todo. Totalmente en desuso, por supuesto.

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Tan aislado resulta este lugar que los soviéticos deportaron aquí a varias familias de origen polaco por el simple hecho de ser considerados aristócratas. Abandonados a su suerte, construyeron el poblado conocido como Urga y, dedicados a la pesca, sobrevivieron durante generaciones llegando incluso algunos a poder retornar a su Polonia natal décadas después. En este sitio fantasmal se conservan restos de algunas viviendas, la iglesia, el cementerio y una especie de factoría donde se almacenaba hielo durante el invierno para así poder conservar el pescado durante el tórrido verano. Eso mismo hacen ahora tres o cuatro pescadores karakalpakos que, acompañados por sus perros y cuando el clima se lo permite, pasan tres o cuatro meses en la abandonada población para faenar en el cercano lago Sudochie. Tras semanas sin ver a nadie, nos recibieron con hospitalidad y al despedirnos nos desearon suerte para nuestro viaje hasta la todavía lejana orilla del mar de Aral.

Continúa en la segunda parte.

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3 pensamientos en “Un juguete roto (I)

  1. Pingback: Un juguete roto (II) | fmanega por el mundo

  2. Magnifico Floren. Como ya he comentado en otro sitio, el Mar de Aral es un lugar mitico para los que ya tenemos cierta edad, dado que llevamos viviendo su desaparicion desde hace decadas. Ademas, siempre lo recuerdo como uno de los primeros lugares en los que se hizo evidente el danho irreparable del desarrollo industrial mal planificado. Siempre he querido ir, y de hecho pregunte como llegar a mediados de la decada pasada. Por ahora me conformo con que me lleves tu. Gran post

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    • Muchas gracias, Nacho.

      Recorrer la meseta de Ustyurt creo que te gustaría, es el aperitivo perfecto antes de llegar al plato principal que supone el mar de Aral. Cuando llegas al poblado casi fantasma de Komsomolsk-on-Ustyurt piensas que es imposible que existan lugares así, en medio de la nada.

      En la tercera entrega hablaré un poco sobre la catástrofe ecológica que ha supuesto lo que han hecho con éste desafortunado y olvidado lugar.

      Un abrazo.

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