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Maestro del infortunio

Érase una vez un príncipe rico y poderoso, a quien todos conocían con el apodo de Príncipe Negro y cuyos dominios se extendían hasta los confines de la región de Valaquia. Tuvo un día un sueño en el que un ángel le pedía que construyera la iglesia más hermosa que imaginarse pudiera y nada más despertar puso manos a la obra. Encargó el trabajo a Meşterul Manole, el maestro de obras más experto de su principado, quien se dispuso a comenzar la faena ayudado por sus mejores albañiles. Los trabajos se iniciaron raudos y muy pronto los muros del templo apuntaban ya hacia el cielo. Pero, ay, de repente todo lo levantado durante cada jornada empezó a venirse abajo por la noche. Y así un día tras otro, impidiendo cualquier avance en el proceso de construcción del edificio, lo que dejó a Meşterul Manole sumido en la tristeza.

Curtea de Argeş es una localidad situada al pie de los Cárpatos, en la imaginaria frontera que separa las regiones rumanas de Valaquia y Transilvania. A pesar de disponer de alguna que otra edificación de interés como la Iglesia Real, que contiene los frescos más antiguos de Rumanía, no llamaría en exceso la atención del visitante si no fuera por un monasterio, a cuya iglesia los locales se refieren con el apelativo de catedral. Fue mandada edificar a comienzos del siglo XVI por el voivoda Neagoe Basarab, asimismo poeta y filósofo, y su similaritud con los templos bizantinos es evidente. Destaca también el entorno que rodea la villa, fundamentalmente en los alrededores del denominado Lago Vidraru, embalse construido en la segunda mitad del siglo XX para almacenar el agua que baja desde los Cárpatos por el curso del río Argeş.

No sabía muy bien Meşterul Manole como continuar su trabajo cuando tuvo una extraña visión. Un personaje que no parecía ser humano le indicó en ella que solo podría finalizar la iglesia si emparedaba entre sus muros a la primera persona que allí apareciera. No había otra opción, así que el maestro de obras finalmente accedió a ello. Pero poco tiempo después Meşterul Manole comprobaba con horror que su amada esposa Ana se dirigía hacia el templo para llevarle el almuerzo, como hacía cada día. Desesperado, le gritó con todas sus fuerzas que no se acercara, pero Ana prosiguió imperturbable su camino. Sin saber que hacer, Meşterul Manole le pidió a Dios que la detuviera. Éste atendió sus súplicas y envió la lluvia, que le dificultó el avance pero no fue obstáculo para ella. Le siguió el viento, que la hizo tambalearse pero la tenaz mujer continuó decidida hacia adelante. Y por último una tormenta, que la hizo temer por su vida pero no le impidio alcanzar la entrada de la iglesia.

La carretera que lleva desde Curtea de Argeş hasta el Lago Vidraru continúa su camino hacia la ciudad transilvana de Sibiu. En idioma rumano esta ruta se denomina Transfăgărăşan, pues discurre a través de una parte de los Cárpatos conocida como Montes Făgăraş. Aquí se encuentran los dos picos más altos de Rumanía, el Moldoveanu y el Negoiu, que superan ambos los dos mil quinientos metros. Este recorrido, que en algunos puntos llega a alcanzar los dos mil metros de altura, es famoso por su dureza y sus dramáticos paisajes. A lo largo del mismo se pasa junto a lugares de interés, como el Lago Bâlea, situado en la zona más elevada del trayecto. O la fortaleza de Poienari, ruinas de un castillo donde residió el renombrado Vlad Ţepeş. Las condiciones climáticas son tan duras en esta zona, que la Transfăgărăşan habitualmente está cerrada de octubre a junio.

Hundido en la miseria, Meşterul Manole procedió a sepultar a su esposa en una pared del incipiente templo, que de esta manera pudo ser terminado por fin. Informado de la finalización de los trabajos, el Príncipe Negro se dirigió de inmediato a visitar su obra. Y le gustó tanto que la definió como la iglesia más bella que nunca vieron los ojos de una persona. Mediante un pretexto hizo subir a su constructor a la parte superior del edificio y una vez allí ordenó retirar los andamios, de forma que el infortunado maestro de obras no volviera a pisar el suelo jamás. Pretendía así evitar la creación de otro templo de superior hermosura al suyo. La desesperación invadió de nuevo a Meşterul Manole quien, buscando la forma de bajar, tan solo encontró unos guijarros en el suelo. Con ellos hizo unas alas y se lanzó al vacío, estrellándose en el suelo tras un corto vuelo. Milagrosamente, del sitio donde cayó brotó el agua, formando una fuente que aún hoy día mana allí, en Curtea de Argeş.

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