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Un juguete roto (II)

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Viene de la primera parte.

Tras recorrer durante varias horas un terreno pedregoso y sin apenas atisbo de vegetación, el lago Sudochie apareció ante nuestros ojos como si de un oasis en el desierto se tratase. Este lugar formaba parte de lo que fue el delta del Amu Darya, pero al retroceder el río debido a la enorme pérdida de caudal sufrida durante su paso por territorio uzbeco, ha quedado aislado por completo. En la actualidad se extiende por un área de unos quinientos kilómetros cuadrados divididos entre cuatro lagos mayores y una multitud de otros más pequeños, alrededor de los cuales existen humedales de importancia para diversas especies de aves acuáticas. Precisamente su aislamiento ha llevado a esta zona a concentrar la mayor parte de la biodiversidad en varios cientos de kilómetros a la redonda.

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Una vez dejado atrás el paréntesis de verdor que representa el lago Sudochie, nos internamos de nuevo en la meseta del Ustyurt tratando de encontrar la pista que nos lleve hacia el Norte. Discurre ésta a veces paralela al escalón que forma la altiplanicie, hasta donde llegaba el agua del mar de Aral hace algunas décadas. En aquellos tiempos, la superficie del lago era transitada por numerosas embarcaciones, tanto de pesca como de transporte de pasajeros que se desplazaban entre los puertos de Moynaq, en Uzbekistán, y Aral, en Kazajstán. De aquella actividad quedan todavía trazas que ahora parecen irreales, como los restos de lo que fue un faro cuya función debía ser la de evitar que los barcos se acercaran en demasía al borde de lo que entonces era costa y hoy meseta.

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Empezaba a caer la tarde cuando un destello sobre una superficie de aspecto blanquecino que se extendía a lo lejos hacia el horizonte nos avisó de que nos aproximábamos a nuestro destino. Hace apenas medio siglo el mar de Aral era el tercer lago más grande del mundo, con casi setenta mil kilómetros cuadrados de superficie. Hasta que dirigentes de la extinta Unión Soviética decidieron convertir a esta zona en una de las potencias mundiales de la producción de algodón, para lo cual desviaron el caudal de los ríos Amu Darya y Syr Darya, que lo alimentaban. Tras la caída del régimen soviético la situación siguió empeorando, fundamentalmente por parte de Uzbekistán que sigue agotando el agua del primero de estos ríos para alimentar su potente industria algodonera sin preocuparse demasiado de las consecuencias.

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Minutos más tarde, y en medio de un paisaje que debe asemejarse bastante al de Marte a pesar de la existencia del líquido elemento, nos hallábamos justo en la orilla de lo que queda del mar de Aral. Alcanzar el agua no es tarea fácil pues hay que introducirse literalmente en terreno fangoso durante unos veinticinco o treinta metros, que es lo que retrocede el nivel del lago cada año aproximadamente. A pesar de algún tímido esfuerzo por parte de las autoridades uzbecas, que intentaron incluso llevar agua hasta allí desde el lago Sudochie, todo ha sido en vano. El mar de Aral está herido de muerte y es cuestión de pocos años que se seque definitivamente. Al menos en el territorio de Uzbekistán, donde antaño se distribuían dos tercios de su superficie total.

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Después de unos momentos de duda, mis deseos de vivir una ocasión única vencieron a mis temores ante la elevada contaminación de este lugar y comencé a avanzar con dificultad hundido hasta los tobillos en un fango apestoso. Cuando por fin logré alcanzar el agua, me sorprendió la facilidad existente para flotar en ella. Debido a la reducción del nivel del lago, la concentración de sal en su interior se ha multiplicado por quince y su salinidad no debe andar lejos de la del Mar Muerto en la actualidad. Años atrás tuve la posibilidad de nadar en este último y la experiencia no me pareció tan diferente. Tras disfrutar de un baño que me resultó relajante y deleitarme con una puesta de sol sobre el desdichado mar de Aral, nos dispusimos a buscar un lugar donde pasar la noche. No resultó difícil encontrarlo, porque en medio de la nada todo el espacio está disponible.

Continúa en la tercera parte.

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6 pensamientos en “Un juguete roto (II)

  1. Pingback: Un juguete roto (I) | fmanega por el mundo

    • Quizás lo que queda en el Norte, en territorio de Kazajstán, tenga posibilidades de salvación, porque el Syr Darya no ha sido tan esquilmado y sigue aportando cierto caudal de agua. Lo poco que queda en territorio uzbeco estará seco en muy pocos años, hablé con gente allí y lo daban por seguro.

      En el próximo (y último) post sobre el mar de Aral hablaré sobre la catástrofe ecológica que ha supuesto su práctica desaparición. Sabía algo del tema, así que me lo pensé bastante antes de darme el baño. Y más con el fango apestoso que había que atravesar para llegar al agua. Pero por otra parte era un momento único e irrepetible, uno de esos trenes que solo pasan una vez.

      Muchas gracias por tu comentario.

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  2. Como ya te he comentado, la serie de posts sobre el Mar de Aral me estan pareciendo enormemente interesantes. Lo suyo es la cronica de una muerte anunciada desde hace decadas.

    No tenia ni idea del aumento de la salinidad y que se pudiese flotar, ves como cada dia se aprende algo? 🙂

    Yo tambien me hubiese metido, que tampoco se te van a caer los brazos por un ratito, y esa oportunidad solo se presenta una vez

    Se ha desarrollado el turismo local por las visitas de los guiris a lo que queda del Mar de Aral? o no es significativa

    esperando el tercero con ganas

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    • Por lo que pude ver, el turismo local es prácticamente cero. No parece que les resulte demasiado motivador, creo que prefieren otros lugares, especialmente Samarcanda.

      En cuanto al turismo foráneo, la inmensa mayoría solo van a Moynaq, a sacarse la típica foto con los barcos abandonados. Casi nadie está interesado en este desdichado lago a punto de desaparecer. Para hacerte una idea, los únicos que estábamos allí éramos un anglo-australiano de sesenta y tantos años que estaba yendo en moto de Vladivostok a Londres, una francesa de ochenta años que fue la primera en bañarse, la cónsul de India en Tashkent y yo mismo. Auténticos frikis, como puedes ver.

      Espero publicar la tercera parte esta semana, me gustaría terminar la trilogía antes de cerrar el chiringuito por vacaciones.

      Un abrazo.

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  3. Pingback: Un juguete roto (y III) | fmanega por el mundo

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