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El cabo de las tormentas

Dada mi afición infantil y juvenil a las novelas de aventuras, la figura de un navegante tan legendario como Bartolomeu Dias cautivó rápidamente mi atención en aquellos años preadolescentes, cuando casi cada libro relacionado con este género que cayera en mis manos se convertía de inmediato en mi mejor amigo. A pesar de caer pronto en el olvido debido a las hazañas de su compatriota Vasco da Gama y su vecino Cristóbal Colón, a este marino portugués le cupo el honor de ser el primer europeo en doblar el cono sur de África, llegando días más tarde a tocar tierra en la costa este de dicho continente. Lamentablemente sus hombres no eran tan valerosos como él y se amotinaron ante el mal estado de las naves, obligándolo a regresar a su patria sin haber cumplido su sueño de llegar por mar a las costas de la India.

A pesar de la frustración que debió sentir durante el viaje de retorno, tuvo tiempo Dias de descubrir ese cabo Agujas que corresponde al extremo meridional del continente africano. Pensaba el navegante luso que ese punto, donde unen sus aguas el Océano Atlántico y el Índico, estaba situado en un lugar al que llamó cabo de las Tormentas, debido a que en el viaje de ida la fuerza de los elementos le había impedido incluso divisarlo. Tras su regreso a Portugal, cuando relataba al rey Jôao II su proeza, éste decidió cambiarle el nombre y asignarle su denominación actual de cabo de Buena Esperanza. Tal era su convencimiento de que por fin habían descubierto una ruta marítima que los llevara a la ansiada tierra de las especias evitando los muchos peligros que conllevaba el viaje por la ruta terrestre.

Probablemente fue la espectacularidad del cabo de Buena Esperanza, en contraste con la apariencia un tanto inocua del cercano cabo Agujas, lo que indujo al error de Bartolomeu Dias. Las estribaciones rocosas de los alrededores aparentan concentrarse en una punta de lanza que se clava literalmente en el Atlántico. Éste, enfurecido, parece reaccionar a la agresión tratando de librarse de tan extraño elemento mediante un fuerte oleaje que embate bravamente contra el acantilado. No es de extrañar que aquí se formen tormentas de una fuerza considerable, como aquella que le valió esa denominación inicial tan apropiada. Tan mítico resulta este lugar que los marinos suelen referirse a él simplemente como el cabo. De forma similar, la principal ciudad que existe en sus alrededores se llama Ciudad del Cabo, a la manera de homenaje a su tan bien ganado prestigio.

Si había un lugar que quería visitar durante nuestro viaje a Sudáfrica, ése era el cabo de Buena Esperanza, a pesar del mayor atractivo que tienen otras zonas del país para los viajeros. Aparte de su importancia histórica y su espectacular apariencia, aquí se encuentra en exclusiva una de las seis regiones florísticas que se conocen en la Tierra. Aunque un profano como yo es incapaz de apreciar la biodiversidad que existe en este lugar, auténtico paraíso para los biólogos, la variedad de especies vegetales es tan asombrosa que los datos me dejaron boquiabierto. Como muestra, el área total de la región florística del Cabo es inferior al doble de Extremadura y en ella viven casi cinco veces más especies que en toda España, aproximadamente un 70% de las cuales no existen en ningún otro lugar del Planeta.

Por si fuera poco, el cabo de Buena Esperanza también alberga fauna de mucho interés, como el hasta hace poco muy escaso bontebok, antílope que aquí es relativamente fácil de ver. También contemplamos varios eland, el antílope más grande que existe con sus casi mil kilos de peso. Pero sin duda los animales más fotografiados en este lugar son los característicos babuinos del género chacma, que suelen mostrarse muy interesados por los visitantes aunque a la vista del tamaño de sus dientes no conviene acercarse demasiado a ellos. Ya tocaba regresar, pero aún tuve tiempo de otear durante unos minutos el horizonte, con la esperanza de que apareciera el Holandés Errante, ese barco fantasma cuyo capitán juró no volver atrás hasta haber doblado el cabo. Al no conseguirlo, vaga desde entonces por aquellos mares sin poder retornar jamás a puerto y se afirma que a veces es posible vislumbrar su figura, especialmente durante una de esas tormentas que un día dieron nombre a tan legendario lugar.

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2 pensamientos en “El cabo de las tormentas

  1. Genial entrada, yo siempre he tenido admiración por los navegantes de los descubrimientos y entre ellos a Bartolomeu Dias con su particular forma de cambiar un nombre de un cabo. Saludos viajeros de El LoBo BoBo

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    • Muchas gracias, Paco.

      Bartolomeu Dias es poco conocido hasta en Portugal, donde está siempre a la sombra de Vasco da Gama. Debe ser algo similar a lo que ocurre aquí con Elcano y Magallanes (en realidad Magalhães debido a su origen portugués) respecto a Colón.

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