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Un juguete roto (y III)

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Viene de la segunda parte.

La noche se presentía agitada en medio de la nada que rodea a lo que queda del mar de Aral debido al viento que suele levantarse al atardecer en sus inmediaciones. Tras despertarme en diversas ocasiones debido a sus embates, que doblaban la tienda haciendo que me golpease la cara, decidí salir a ver amanecer y me concentré en la escena que se desarrollaba a mi alrededor. Tanto, que cuando salí de mi ensimismamiento ya tocaba levantar el campamento y retornar a Nukus. Poco después, subíamos de nuevo el escalón que da acceso a la meseta del Ustyurt y llegábamos hasta un antiguo cementerio de los nómadas que la habitaban en el pasado.

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No lejos de allí, tras cruzar un desfiladero de una aridez extrema, salvamos de nuevo el umbral con el fin de desplazarnos por el fondo ahora seco del lago. A pesar de las medidas que se han tomado para evitarlos, como sembrar innumerables plantas que con sus raíces sujetan la arena al suelo, por toda la zona se ven con frecuencia remolinos que en su mayoría se limitan a elevarse algunas decenas de metros sobre el terreno. Aunque, en ocasiones, llegan a más y se convierten en auténticas tormentas de arena que desplazan los sedimentos acumulados a distancias que pueden alcanzar los miles de kilómetros. Así, se han llegado a encontrar restos provenientes del mar de Aral en lugares tan lejanos como el Himalaya o incluso el Ártico.

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Probablemente esto no constituiría un problema excesivo si no fuera por el elevado índice de contaminación que presenta todo el entorno del mar de Aral. Sometido a innumerables tropelías en el pasado, que incluyen proyectos industriales de la naturaleza más diversa, abuso de fertilizantes e incluso numerosas pruebas armamentísticas desarrolladas durante el periodo soviético, el fondo seco del lago contiene trazas de materiales pesados y productos químicos que son algo así como una bomba de relojería. Aunque puede ser aún peor. En lo que era antiguamente la isla de Vozrozhdeniya, hoy convertida en península debido a la desecación del Aral, existió una base secreta donde se investigaba con armas biológicas. Incluso en un incidente poco claro, ocurrido en la década de los setenta del siglo pasado, se produjo un escape de viruela que infectó a diversas personas, algunas de las cuales fallecieron.

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Tamaña catástrofe ecológica, una de las más graves ocurridas en el Planeta Tierra, ha producido diversos cambios climáticos en la zona adyacente al mar de Aral, que ahora sufre inviernos más fríos y veranos más largos y calurosos. En una especie de diabólico círculo vicioso, este hecho provoca una mayor evaporación del agua que queda en el lago, lo que lleva a una reducción más rápida de su superficie acuosa. Se ha detectado también un incremento brutal de enfermedades respiratorias, diversos tipos de cáncer y hasta deformidades en los recién nacidos entre la población de los alrededores. Incluso los habitantes de Nukus, ciudad situada ahora a centenares de kilómetros de distancia del agua, se han visto seriamente afectados por estos problemas debido a las partículas tóxicas arrastradas hasta allí por el viento.

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Pero si hay un lugar donde se escenifique a diario la tragedia vivida en este desdichado lago ése es la localidad de Moynaq. Antiguo puerto pesquero de incesante actividad, llegó a tener unos sesenta mil habitantes que hoy día se han reducido a menos de la cuarta parte. La mayoría de ellos simplemente se dedican a ver la vida pasar mientras observan a los turistas despistados que hasta allí se acercan a hacerse la foto con unos barcos abandonados, dejados allí con el apoyo económico de una empresa extranjera en un último intento de evitar el olvido. Cuando, muy pronto ya, la última gota del mar de Aral se haya evaporado, estoy seguro de que alguno de aquellos antiguos pescadores de Moynaq contará a sus nietos con lágrimas en los ojos la sensación de ver ponerse el sol sobre el mar de Aral, inolvidable momento que tristemente nadie podrá volver a vivir jamás.

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5 pensamientos en “Un juguete roto (y III)

  1. Pingback: Un juguete roto (II) | fmanega por el mundo

  2. Genial la trilogia e infinita pena por el Mar de Aral y los habitantes de la zona. Un microcosmos de lo que le espera a la Tierra de seguir por donde vamos, que no creo que vayamos a cambiarlo hasta que todo reviente. Espero poder ir antes de que la ultima gota se haya evaporado

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    • Me alegra que te haya gustado, Nacho. Supongo que debes ser el único que has leído los tres capítulos, lo cual me enorgullece. Me recuerda a un grupo británico de pop-rock de principios de los 80, que de su primer single solo vendieron una copia en toda España. Se hacían llamar The Boys y en una entrevista en Rock de Luxe decían que les gustaría mucho conocer al comprador. 🙂

      Fuera de bromas, espero que logres visitar el mar de Aral algún día, antes de que desaparezca del todo. Lo triste es que esta catástrofe no parece preocupar absolutamente a nadie salvo a los karakalpakos, que son un pueblo olvidado hasta en su propio país.

      Muchas gracias por el comentario y un abrazo.

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  3. 😥 que triste, que triste. Una cosa es cuando los lagos o mares mueren por que la naturaleza así lo decidió (los salares de Sudamerica eran antes mar por ejemplo) pero ver que un lugar así se muera por que abusaron de los ríos que lo alimentaban es triste y lo que le sigue.

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    • Totalmente de acuerdo, Olga. Lo que han hecho con este lago es un crimen y lo peor de todo es que ya no tiene vuelta atrás, es imposible revertir el proceso al menos en el lado uzbeco. En el lado kazajo parece ser que aún hay esperanzas, porque el río Syr Darya no ha sido tan dañado con el Amu Darya y aún sigue aportando agua al ecosistema. De todas formas, el porcentaje que quede del mar de Aral será mínimo comparado con lo que llegó a ser. Una auténtica lástima.

      Muchas gracias por tu comentario.

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