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Emulando al Ave Fénix

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Aunque su imagen suele diferir considerablemente del concepto que en Europa tenemos de castillo, en Japón se usa un término que puede traducirse de manera similar para referirse a unas construcciones que proliferaron allá por el siglo XVI. Su función inicial también era parecida a la de sus homónimos europeos, fundamentalmente ayudar a la defensa de algún lugar considerado estratégico. Posteriormente, los señores feudales japoneses se aficionaron a edificarlos como lugar de residencia, con lo que cumplían tanto el propósito de protegerlos a ellos y sus familiares como el de servirles como hogar, a la manera de los palacios que comenzaban a abundar en el viejo continente. Se calcula que el número de castillos en el país llegó a alcanzar varios miles, de los que apenas un centenar ha llegado hasta nuestros días, la mayor parte de ellos en estado de ruina.

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Fue en esas décadas finales del siglo XVI, cuando la fiebre constructora de castillos en el reino nipón estaba en su punto álgido, el momento elegido por un daimyō, o señor feudal, de nombre Toyotomi Hideyoshi para encargar uno en lo que actualmente es la ciudad de Osaka. Tomando como ejemplo el no demasiado lejano castillo Azuchi, pretendía levantar una edificación mucho más lujosa y de dimensiones aún más imponentes. El resultado fue una torre de cinco plantas, que impresionaba a sus rivales tanto por sus proporciones como por su belleza, donde estableció la base de su poder hasta su fallecimiento. Tanto esplendor comenzó a oscurecerse poco después de su muerte, cuando un daimyō rival llamado Tokugawa Ieyasu derrotó a su hijo y sucesor en la batalla de Sekigahara para establecer el tercer y último shogunato, o dictadura militar, de la historia de Japón.

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A pesar de la derrota, el castillo de Osaka todavía aguantó aproximadamente quince años en manos de la dinastía Toyotomi, despertando con ello las iras del shōgun Tokugawa Ieyasu, que no dudó en asediarlo de una manera feroz. Tras una dura resistencia, durante la cual los atacantes rellenaban el foso de alrededor para intentar asaltarlo y los defensores lo vaciaban de nuevo, el castillo cayó en manos de los primeros y quedó destruido casi en su totalidad. Sus nuevos propietarios lo reconstruyeron, hasta que un rayo provocó un incendio que lo arrasó por completo y en ese estado permaneció durante casi dos siglos. Rehecho una vez más, unas décadas más tarde el castillo fue de nuevo pasto de las llamas, y hubo que esperar al siglo XX para que fuera reedificado, esta vez sustituyendo la madera original por hormigón.

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Como sucedió con tantos otros castillos nipones, la Segunda Guerra Mundial estuvo a punto de suponer el final quizás definitivo del castillo de Osaka, debido a los terribles bombardeos que sufrió la ciudad. Su muralla no resultó afectada y mantiene aún la apariencia que tenía a comienzos del siglo XVII, pero la torre principal sufrió daños de consideración que obligaron a la última restauración hasta la fecha, sucedida hace unos veinte años tan solo. El exterior reproduce el aspecto que debió presentar la torre en su periodo de máximo esplendor, mientras que el interior está reformado por completo y algunas de sus salas albergan un museo donde el visitante puede informarse sobre el pasado de este lugar. En la última planta hay un mirador desde donde se aprecia todo el interior del recinto amurallado y, a lo lejos, las modernas edificaciones tan características de esta ciudad.

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Considerado uno de los monumentos más representativos de Japón entre la población local y posiblemente el más visitado de todo el país, el castillo de Osaka resulta todo un símbolo en una nación golpeada por toda clase de desastres, tanto naturales como producidos por la mano del hombre, pero que no se rinde jamás. A diferencia de aquel castillo Azuchi, que fue su modelo pero del que ya solo queda el basamento sobre el que estuvo establecido, ha conseguido renacer de sus cenizas cual Ave Fénix cada una de las muchas ocasiones en las que ha sido destruido. Seguramente Toyotomi Hideyoshi estaría orgulloso de ver como su obra más apreciada, la construcción más lujosa e impresionante de todo Japón en aquella época, vuelve a elevar su estilizada figura sobre los cerezos que la rodean y muestra un futuro que se augura prometedor por fin.

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2 pensamientos en “Emulando al Ave Fénix

    • A mí me ocurre al contrario, cuando vuelva a Japón me gustaría ver el de Matsumoto así como el de Himeji y Hikone. Creo que estos tres son de visita imprescindible y no he visto ninguno de ellos aún. El de Nagoya también tiene buena pinta.

      Muchas gracias por tu comentario.

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