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Sinfonías de vida y muerte

En la zona suroeste de Túnez, muy cerca ya de la frontera con Argelia, una mancha verde se extiende por un árido terreno con vistas a la planicie que comienza a dar paso a las arenas eternas del Sáhara. En un suelo pre-desértico, donde parece imposible que pueda crecer nada, miles de palmeras elevan sus copas hacia el cielo, como rezando por unas gotas de agua que les permitan sobrevivir durante un tiempo más. No obstante, dan la impresión de ser consustanciales con este paisaje de tintes ocres, que perdería todo su atractivo y hasta su razón de ser sin la presencia de unos árboles que lo surten de vida. Y que, por su parte, dan la sensación de haber disfrutado de una existencia casi eterna en aquel territorio pedregoso y triste.

Los lugareños conocen a estos palmerales como oasis de montaña y, aunque hoy en día parezca imposible, en la antigüedad estuvieron poblados por civilizaciones pretéritas. Tuvieron una importante presencia en la época de los romanos, que sentaron sus reales tanto en el oasis de Tamerza, donde establecieron una población de cierta entidad a la que conocían como Ad Turres, como en el más pequeño de Chebika, denominado por ellos Ad Speculum. Más tarde llegaron bizantinos y bereberes, hasta que toda esta zona fue perdiendo poco a poco sustancia ante el clima despiadado que sufre durante la mayor parte del año. Aun así, algunos centenares de valientes sobreviven tanto en Tamerza como en Chebika, sitio al que conocen como Qasr el-Shams o castillo del sol, sin que sea muy complicado averiguar el porqué.

El castillo del sol sorprende sobremanera al visitante, que durante su aproximación al lugar tiene difícil imaginar lo que le espera al alcanzarlo por fin. Habitual en todas las listas de oasis más bellos del Planeta, Chebika es un lugar ciertamente paradisiaco, que transmite al viajero la idea que simboliza lo que un oasis representa. Agua, agua a raudales, hasta una pequeña cascada que resulta a la vez exótica y un tanto fuera de lugar en relación al entorno que la rodea. Tiene este espacio un aire que resulta familiar al viajero, como si ya lo hubiera visto con anterioridad o en una vida pasada. Aunque este hecho puede tener relación con la cantidad de películas, incluidas algunas muy famosas, que lo eligieron como parte de sus exteriores.

Algo menos idílico que el anterior, el oasis de Tamerza presume no de una sino de dos cascadas, una de las cuales cae sobre una piscina natural en la que es posible tomar un refrescante baño. Otro de sus atractivos es un espectacular desfiladero, aquí conocidos como oued, del que se dice que cambia de color debido a las variaciones de luz que suceden conforme va avanzando el día. Durante nuestra visita presentaba una característica tonalidad rojiza. Asomada a su borde, la antigua población, hoy abandonada, se mimetiza con el tono ocre de las montañas peladas que la rodean. Con excepción de una pequeña mezquita, de un blanco inmaculado, que parece ser el único edificio todavía en uso en bastantes kilómetros a la redonda.

Los paralelismos entre ambos oasis de montaña son tantos que incluso los cataclismos se pusieron de acuerdo para azotarlos durante varias semanas en la segunda mitad del siglo pasado. Cayó tanta agua entonces que los oued se convirtieron en destructivos torrentes, arrasando por completo los tradicionales asentamientos de Chebika y Tamerza, donde las víctimas mortales se contaron por centenares. La reconstrucción de las poblaciones parecía tan costosa que sus ya escasos habitantes optaron por construir otras nuevas algo más distantes de los desfiladeros, con el fin de evitar situaciones similares en el futuro. Triste paradoja la sucedida aquellos días trágicos, cuando fue precisamente el componente vital de un oasis quien situó a éstos al borde del abismo. No importa si la madre naturaleza decide interpretar una sinfonía de vida o si lo hace con una de muerte en el palmeral; indefectiblemente elegirá el agua como solista.

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