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Dinamismo a la vietnamita

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A diferencia de la mayoría de visitantes de Vietnam, para los que su capital es simplemente el punto de entrada al país, Hanoi me sedujo de inmediato nada más tomar contacto con ella. Tal y como es habitual en las grandes urbes del Sudeste Asiático, es ésta una ciudad bastante caótica, siempre en un permanente atasco circulatorio, con altos niveles de polución y en principio muy poco atractiva. No obstante, las calles de Hanoi parecen estar poseídas por un ritmo de vida frenético, a la vez que sumidas en un constante latido vital que no he visto en otras poblaciones de características similares. Como si de una gigantesca representación teatral se tratara, millones de actores interpretan en ellas el rol de su propia existencia, inmersos en una actividad continua que solo cesa durante el ocaso, cuando la ciudad echa el telón hasta la siguiente escena, que comenzará pocas horas más tarde.

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Ya a una hora muy temprana, cuando despunta el alba, Hanoi amanece atestada de gente que se afana en practicar actividades como el tai-chi, el voleibol, diversas variedades de artes marciales o el jogging. Cualquier zona verde de la ciudad es apropiada para presenciar un desacostumbrado espectáculo en el que miles de ciudadanos de todas las edades ejercitan su cuerpo, seguramente con el fin de mantener activa su alma y afrontar con el mejor estado de ánimo la larga jornada que se avecina. Tras tan dinámico despertar suele llegar el turno del primer phô matinal. Es ésta una tradicional, y para mi gusto deliciosa, sopa vietnamita hecha de una especie de tallarines, acompañados por diversos tipos de vegetales y a veces de carne, que los locales consumen continuamente a lo largo del día.

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Para desplazarse de un lado a otro de la urbe, algo que los ciudadanos de Hanoi parecen estar haciendo continuamente, el medio de transporte habitual es el ciclomotor, cuyas unidades aquí se cuentan por millones. Resulta difícil describir lo que suponen estas motocicletas en la vida cotidiana de un ciudadano vietnamita, pero la impresión que me dio es que resultan absolutamente indispensables para cualquier persona, independientemente de su sexo y diría que casi de su edad. Chicas adolescentes dirigiéndose a una cita, trabajadores que transportan sus herramientas, comerciantes que sobre ellas llevan sus mercancías, ejecutivos de traje y corbata, familias enteras que van de visita. Todos, absolutamente todos, se desplazan a lomos de estas pequeñas motos haciendo notar su presencia a golpe de claxon.

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Si hay una característica que, en mi opinión, define a los vietnamitas es su dinamismo, esa impresión que producen de estar inmersos en una actividad sin fin. Vendedoras de fruta protegiéndose de los rayos solares bajo sus non bai tho, el tradicional sombrero cónico local, portan el género en una especie de balanza que sujetan sobre sus hombros. Comerciantes que trabajan las telas, la marroquinería, las piezas de repuesto y un sinfín de productos más intentan atraer la atención del viandante. Multitud de tenderetes, de chiringuitos, de puestos callejeros se disputan el escaso espacio disponible, siempre con sus propietarios ofreciendo las existencias a todo el que a ellos se acerca. Aunque para algunos occidentales parezcan algo agresivos en ocasiones, los ciudadanos de Hanoi siempre tienen presta una sonrisa, que asoma a su rostro incluso cuando no consiguen el deseado objetivo de la venta.

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Ser peatón en la capital vietnamita no es tarea fácil y en ocasiones puede llegar a convertirse en una aventura apasionante. La falta de espacio en las aceras, donde los caminantes se encuentran innumerables obstáculos en forma de productos a la venta, improvisadas mesas donde los locales consumen phô, carritos para el transporte de mercancías y, por supuesto, miles de motos aparcadas, puede exasperar los nervios más templados. Teniendo en cuenta, además, que el asfalto es un territorio hostil donde la motocicleta es siempre la reina, cruzar una calle puede parecer un menester imposible, aunque cuando por fin decides arriesgar el pellejo te das cuenta de que todos los pilotos te esquivan con limpieza, como si una cierta empatía les hiciera ponerse en tu lugar y evitar tu propio peligro. Me sorprendió comprobar que son raros los accidentes en las calles de Hanoi, aunque probablemente todo se debe a que el caos en el fondo no es más que una rigurosa, aunque atípica, versión de lo que habitualmente conocemos como orden.

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