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En el ghetto

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A cualquier viajero cuyo camino pase por Madrid no le recomendaría en absoluto que se diera una vuelta por lugares como El Gallinero, pues casi con toda probabilidad se sentiría decepcionado y se llevaría una imagen equívoca de lo que la capital de España representa. Podría preguntarse el lector, por tanto, cual fue la causa que me llevó a visitar Soweto durante el tiempo que pasé en Sudáfrica. Salvando las distancias, las similaritudes entre todos estos barrios marginales, a los que dependiendo del lugar se les llama ghettos, poblados chabolistas, favelas o, en esta zona sur del continente africano, townships son evidentes. Pero, a pesar de que su imagen no dista mucho de la de otros asentamientos marginales, este distrito de Johannesburgo significa algo más, porque hace unas décadas sus habitantes provocaron el punto de inflexión que cambió para siempre la historia del país sudafricano.

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En 1976, la política racista del Gobierno de Sudáfrica, que se ha dado en llamar apartheid, vivía un momento álgido. Sus dirigentes, pertenecientes a la minoría blanca, gobernaban el estado con mano férrea, pisoteando los derechos de la mayoría negra, aunque seguramente sabían que este tipo de régimen dictatorial era insostenible por mucho más tiempo. Y fue precisamente allí, en el lugar donde se hacinaban buena parte de los marginados del país, donde prendió la llama que lo llevaría a quedar reducido a cenizas. El levantamiento surgido por entonces en Soweto resultó imparable a pesar de la oposición del régimen racista afrikaner, cuyos intentos de detenerlo fueron vanos. La represión fue brutal y los muertos se contaron por decenas, aunque para ser honestos hay que mencionar que las barbaridades no solo fueron cometidas por una de las partes.

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Procede el término Soweto de las iniciales en inglés de la frase suburbios del suroeste (SOuth WEstern TOwnships), indicando su situación al suroeste de Johannesburgo. Curiosamente, en sentido contrario, hacia el noreste de esta ciudad se localiza Pretoria, que viene a ser algo así como el polo opuesto. Basta recorrer los aproximadamente setenta kilómetros que separan ambas localidades para hacerse una idea de las diferencias que, a la larga, llevaron a la trágica historia vivida por este país en tiempos aún recientes. Una de ellas poblada mayoritariamente por población negra, que sobreviven como pueden en chabolas a las que se denomina caja de cerillas, donde el SIDA hace estragos y cuyos jóvenes lo tienen muy difícil para escapar de la delincuencia. La otra, fundada y aún hoy predominantemente habitada por afrikaners de piel blanca y cabello rubio, presume de edificios históricos y modernos rascacielos, marcando la pauta hacia donde quizás debería dirigirse Sudáfrica en el futuro.

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En realidad, Soweto no es un único suburbio sino que está compuesto por más de treinta townships distintos, entre los cuales hay notables diferencias. El más conocido de todos ellos es con seguridad Orlando, que constituye hoy día la zona más densamente poblada de toda Sudáfrica. Se encuentra aquí la casa donde residió Nelson Mandela cuando era un simple abogado defensor de los derechos de la población negra. Su vivienda es hoy un museo, que tuvimos el honor de visitar, en el que se exhiben diversos objetos y fotografías relativos a su estancia en este lugar. También en Orlando se encuentra un memorial dedicado a Hector Pieterson, el chaval de doce años asesinado durante el levantamiento de 1976 y cuya fotografía agonizando en brazos de un amigo dio la vuelta al mundo, mostrando a los cuatro vientos las dimensiones de la tragedia.

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Aunque las condiciones de vida en la mayor parte de Soweto siguen siendo precarias, la situación ha cambiado mucho desde los tiempos del apartheid. Al menos ya no es el inmenso ghetto que solía ser, aunque sigue atrayendo a multitud de ciudadanos con pocos recursos. Y no solo a éstos, pues se da la circunstancia de que algunos habitantes de la vecina Johannesburgo, de clase media o acomodada, se están mudando a sus barrios más prósperos. Se debe este hecho aparentemente contradictorio a que el índice de delincuencia es aquí considerablemente inferior al de la mayor parte de la metrópoli. Incluso ya no resulta extraña la paradoja de ver en sus barrios más pobres habitantes de piel blanca, que se establecen en ellos a causa de una desfavorable situación económica. Ojalá muy pronto los viajeros no encontremos ya nada que nos atraiga en Soweto, lo que significará que el apartheid ha pasado, de una manera definitiva, a la triste historia de este lugar.

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