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T42 (Té para dos)

Al contrario que la inmensa mayoría de mis compatriotas, desde siempre he preferido el té al café como estimulante matinal que me permita afrontar con garantías el resto de la jornada. Me resulta una bebida ligera, tonificante, que se adapta bien a todas las épocas del año y cuya enorme gama de sabores hace que en cualquier lugar encuentre alguno adecuado para mis gustos. Si se tiene en cuenta además que mis variedades favoritas suelen ser indefectiblemente las de Ceilán, se puede comprender por qué en Sri Lanka disfruté de múltiples momentos delante de una humeante taza de esta apreciada infusión. Inolvidables sensaciones, que se incrementaron considerablemente al llegar a la montañosa zona central de la isla, principal productora en este país donde la dorada bebida es casi una religión.

Nuwara Eliya es una pequeña ciudad situada prácticamente en el corazón de Sri Lanka. Aunque su nombre puede traducirse como ciudad en la llanura, no sé si tal denominación le fue asignada en sentido irónico pues se encuentra situada a casi dos mil metros de altitud, junto a la cima más elevada del país. Al visitante que hasta aquí llega procedente de otras zonas del estado ceilandés suelen sobrevenirle dos impresiones bien diferenciadas. La primera de ellas tiene que ver con el agradable clima que se disfruta en Nuwara Eliya, templado por el día y refrescante por la noche. La segunda, con la arquitectura colonial de muchos edificios, que invariablemente traen a la memoria el origen británico de la localidad.

Las plantaciones de té copan las laderas de las innumerables colinas que existen en la zona. La recolección de los brotes tiernos que sirven de sustrato al elixir debe efectuarse cada dos semanas, a lo largo de todo el año. Siempre son mujeres, en su mayoría de etnia tamil, quienes efectúan esta labor. De esta manera, pasan horas recogiendo hojas que van cuidadosamente almacenando en una especie de saco que portan sobre sus espaldas. Al final del día han acumulado unos quince kilos de la codiciada planta, lo que les reporta un beneficio de un par de dólares tras la dura jornada. Aparte de ser un trabajo arduo y mal pagado, quienes lo ejercen suelen pertenecer a una minoría de origen y religión hindú, enfrentada además con la mayoría dominante, de origen cingalés y religión budista. Hecho que los convierte prácticamente en inmigrantes en su propia tierra.

Durante nuestra estancia en Nuwara Eliya nos quedamos en The Tea Factory, hotel instalado en lo que durante mucho tiempo constituyó una auténtica fábrica de té y situado en plena plantación. No creo que haya un sitio más auténtico para alojarse en la ciudad, pues todo el lugar está impregnado de una atmósfera que te retrotrae a tiempos pasados. Como si en cualquier pasillo fueras a encontrarte con alguna recolectora acarreando su pesado saco para depositar el contenido en el secadero. No lejos del hotel pudimos visitar una factoría en pleno funcionamiento, lo que me permitió hacerme una idea de los entresijos del proceso así como degustar una muestra del delicioso néctar allí producido. Y la sensación fue excelente, no en vano los habitantes de la isla se refieren al té procedente de Nuwara Eliya con el apodo de champagne.

En uno de nuestros paseos por los alrededores del hotel nos encontramos a un muchacho, con el que nos paramos a hablar un rato. Era apenas un niño y sus ojos brillaban inteligentes sobre una oscura tez de aspecto inequívocamente tamil. Nos habló de su vida y nos invitó a su casa, situada en la plantación. Declinamos la proposición, pues se nos hacía tarde, y pude atisbar un rictus de decepción en su rostro. Han pasado unos años, aunque aún ahora, cuando una mañana de sábado cualquiera pregunto a Diana ‘Tea for two?’ al disponerme a preparar la apreciada bebida, a veces pienso en aquel chaval de Nuwara Eliya. Espero que haya encontrado su lugar bajo el sol fuera de la plantación, tal y como las esforzadas recolectoras tamiles habitualmente desean para sus hijos.

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2 pensamientos en “T42 (Té para dos)

    • Sin duda, el ecosistema resultó muy afectado debido al enorme espacio que debió ser roturado para las plantaciones. Lo curioso es que los locales integraron el té en su propia cultura y ahora les resultaría imposible desligarse de él. Pude ver alguna zona protegida por la UNESCO también, aunque me perdí el famoso World’s End.

      Muchas gracias por tu aportación.

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