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Bienvenidos a Kara

Sanou lanzó una exclamación en bobo, su lengua materna, que me sonó a blasfemia. Habíamos salido temprano de Atakpamé, capital de la región togolesa de Plateaux, con intención de llegar ese mismo día hasta Kara, capital a su vez de su región homónima. Pero la última de las ruedas que compramos pocos días atrás en un tugurio beninés había dicho basta. Cada uno de los neumáticos adquiridos a aquel vendedor sin escrúpulos fue cayendo sin remisión y ahora no disponíamos siquiera de una rueda de repuesto en condiciones. Aunque ya habíamos cruzado la región llamada Centrale, cuya capital Sokodé quedaba ya a nuestras espaldas, y por consiguiente Kara no debía estar demasiado lejos, parecía imposible que nuestra destartalada furgoneta pudiera continuar su camino. La idea de pasar esa noche al raso empezó a rondarme la cabeza.

Para los habitantes de la franja litoral de Togo, región denominada Maritime donde se encuentra Lomé, la capital y ciudad más poblada del país, Kara forma ya parte del norte de este estado de forma alargada. Y aunque a ojos del profano no parece haber demasiadas diferencias entre ambas, salvo en lo concerniente al paisaje, litoral en el primer caso y dominado por las llanuras junto a alguna colina dispersa en el segundo, para la población local son mundos aparte. La razón fundamental es la diversidad de etnias que pueblan estos lugares, con diferencias evidentes en cuanto a su origen, lengua y aspectos culturales. En esta nación, de tamaño aproximado al de Croacia y con un número de habitantes poco mayor, conviven nada menos que unos cuarenta grupos étnicos distintos. El mayoritario es el ewé, que habita generalmente en el litoral, seguido por el kabyé, que lo hace asiduamente en las llanuras de Kara.

Tras intentar en vano reparar la rueda, Sanou echó a andar carretera adelante casi sin mediar palabra. No sé si fue la curiosidad, o quizás un cierto instinto primario de evitar el abandono, lo que me hizo salir tras él e inquirirle: ‘¿Adónde vas?’. ‘A buscar ayuda’, me contestó. Pensé que se había vuelto loco. Estábamos tirados en medio de una especie de bosquecillo, junto a una carretera por la que no pasaban casi automóviles ni ningún otro tipo de vehículos, y no parecía probable la existencia de alguna población en muchos kilómetros a la redonda. Alí, nuestro conductor, parecía resignado a su suerte, como si la situación le resultara en cierto punto familiar. Mantenía en todo momento su habitual aspecto hierático y, al cruzar con él una mirada, me pareció adivinar que en su opinión lo teníamos merecido, por pretender llegar hasta tan lejanos parajes.

Aunque los kabyé constituyen un número inferior a la mitad de ciudadanos que aportan los ewé, controlan buena parte de los mecanismos que dirigen el país. Tanto el presidente Eyadema, que rigió los designios de Togo con mano firme durante más de cuarenta años, como el entonces vigente, hijo suyo, eran miembros de esta etnia, que tiene una presencia importante también entre los dirigentes de las fuerzas armadas. Se caracterizan los kabyé por las duras ceremonias de iniciación a las que someten a los jóvenes de ambos sexos antes de que sean considerados adultos. Así, los muchachos tienen que vivir durante un tiempo como peregrinos, escalando altas montañas y participando en sesiones de una lucha ritual llamada evala. Ellas, por su parte, deben superar diversos ritos que concluyen con el akpema, especie de examen en el que la chica es llevada a un bosque y sometida a ciertas pruebas de virginidad que disgustarían sobremanera a las feministas occidentales.

Pasado un tiempo que me resultó eterno, Sanou apareció de vuelta a bordo de una especie de camioneta. Había encontrado ayuda en una aldea cercana, donde consiguió alquilar ese improvisado vehículo para que nos llevara hasta el alojamiento que teníamos contratado esa jornada. Comenzaba a caer la tarde y numerosos transeúntes nos hacían signos para que los lleváramos. Cuando la parte trasera del furgón ya estaba completa, el conductor se detuvo una vez más, ante el enfado de Sanou. ‘Pero, ¿cómo no voy a llevar a mi padre?’, fue la réplica que obtuvo, lo que provocó la hilaridad de nuestro guía. Continuamos nuestro camino, deteniéndonos de tanto en tanto en alguna aldea para dejar a alguno de los viajeros que nos acompañaban, hasta que el impoluto cielo estrellado que da cobijo a las noches togolesas nos dio la bienvenida a la ciudad de Kara.

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2 pensamientos en “Bienvenidos a Kara

    • Creo que tengo un mejor recuerdo de esos momentos ahora. Cuando los viví no estaba tan tranquilo. Pero tienes toda la razón, fueron realmente enriquecedores.

      Muchas gracias por tu comentario y un abrazo.

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