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Vida en la aldea

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A pesar de que en Colonia, la capital del estado, la existencia cotidiana está sufriendo un lento pero imparable cambio, en el resto de poblaciones de Yap sus habitantes todavía disfrutan de un estilo de vida tradicional, que no ha variado en demasía con respecto al que mantenían sus antepasados muchas generaciones atrás. Las aldeas suelen estar situadas a orillas del mar y muestran una cierta endogamia que las lleva a ser entes un tanto aislados, manteniendo contactos con otros poblados vecinos tan solo de manera esporádica. Probablemente este hecho sea debido al carácter tímido y un tanto introvertido de los yapeses, bastante conservadores en el sentido de estar muy apegados a un entorno cercano que les resulta muy complicado abandonar.

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Al contrario que en el resto de estados de Micronesia, la sociedad de Yap es fundamentalmente patriarcal y las mujeres suelen quedar en un segundo plano. Tanto que, al igual que ocurre en otras culturas, se considera educado que caminen unos pasos por detrás de los hombres. Ellas se ocupan generalmente de las labores del hogar, así como de mantener pequeños huertos donde se cultiva sobre todo taro, planta que juega un papel preponderante en la dieta isleña. También se dedican a tejer cestos, elemento básico en la cultura yapesa, que utilizan tanto mujeres como hombres para transportar todo tipo de bienes. Por su parte, la actividad principal del género masculino es la pesca, fundamental para la subsistencia de la familia, sin olvidar las faenas agrícolas más pesadas y la construcción tanto de sus canoas como de la vivienda familiar.

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En general, se distinguen tres tipos de edificaciones en las aldeas de Yap. La más frecuente es el tabnuw, donde reside la familia, que puede no estar formada tan solo por una pareja y sus hijos pues frecuentemente se añaden los abuelos e incluso otros parientes. La cocina suele estar situada en el exterior de la vivienda para proteger a ésta del fuego, peligro evidente debido a las hojas entrelazadas de cocotero que forman el tejado. Se conoce como pe’bay a un local comunitario, donde se juntan todos los miembros del poblado sin discriminación de edad ni sexo. Por último, se llama faluw a un tipo de construcción donde se reúnen los hombres y cuyo acceso está vetado a las mujeres. Aunque no es común en la isla principal de Yap, en algunos atolones pertenecientes al estado aún se mantienen las llamadas casas de mujeres, cuyo propósito es bien distinto al anterior, no en vano las féminas se dirigen hacia allí en tiempo de menstruación o poco después de dar a luz.

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Hasta hace menos de cincuenta años en ningún lugar del estado de Yap había caminos ni, por supuesto, carreteras. La comunicación entre las poblaciones se realizaba exclusivamente a través de una red de sendas empedradas, aún en funcionamiento hoy día. Tal pavimento no es firme, sino que presenta rugosidades evidentes. Parece ser que el propósito de ello era prevenir los posibles resbalones debidos al suelo mojado durante la época de lluvias, así como obligar al viandante a fijar la vista en el adoquinado para evitar tropezar, evitando de esta manera miradas inoportunas hacia las casas vecinas durante el trayecto. Quizás esto sea tan solo una leyenda, pero da idea de cuan celosos de su intimidad son los habitantes de Yap, hecho cuya máxima expresión tiene lugar en la isla de Rumung, donde los visitantes no son en absoluto bienvenidos.

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Aunque la mayoría de los ciudadanos de Colonia visten a la manera occidental, en las aldeas todavía suelen mantener la vestimenta tradicional que usaban sus ancestros. Ellas generalmente se limitan al lava lava, falda hecha con tiras de hojas secas o tejida a mano, mostrando sus pechos desnudos o bien cubriéndolos ligeramente con el lei, collar hecho con flores. A diferencia de otras culturas, mostrar los senos en público no está mal visto en Yap, pero sin embargo enseñar los muslos es una absoluta falta de educación y ninguna mujer lo haría. Los niños visten simplemente el thus, suerte de taparrabos que va agrandándose conforme van haciéndose adultos hasta que aparenta ser un lava lava más. Ambos sexos comparten el nu-nuw, especie de corona de flores que ofrecen al foráneo como símbolo de respeto, así como el muteelpaq, rama que el viajero no debería olvidar si pretende visitar una aldea. Hacerlo con las manos vacías resultaría sospechoso para una gente tan amable pero a la vez protectora de su privacidad como los yapeses.

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