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Shangri-La pirenaico

En su novela Horizontes Perdidos el escritor James Hilton recrea el viejo mito del Shambala, según el cual existe un reino fabuloso perdido entre las cimas nevadas de las montañas del Himalaya. Un lugar en el que sus habitantes viven en paz y armonía, donde el tiempo no pasa y llegan a alcanzarse las máximas cotas de espiritualidad y misticismo. Un reino mágico en el que se adquiere la perfección, en suma. Hilton situó tan místico lugar en un monasterio budista y lo denominó Shangri-La, narrando las peripecias vividas por un grupo de occidentales que llegan hasta él de casualidad y las emociones que les embargan, desde su inicial deseo de salir de allí lo antes posible hasta su esperanza final de permanecer en él para siempre. Posteriormente, Frank Capra retrató Shangri-La en una excepcional película del mismo título que la novela de Hilton, dotando además a sus afortunados pobladores del don de vivir una feliz existencia durante centenares de años.

No hay monasterios budistas en Andorra, ni las cimas pirenaicas entre las que está enclavado el país son tan elevadas como las del Himalaya. Probablemente la esperanza de vida de sus habitantes no sea más alta que la de sus vecinos y, casi con toda seguridad, el tiempo pasa tan rápido allí como lo hace en esta sociedad estresada que nos ha tocado vivir en la vieja Europa últimamente. Y aunque pienso que la vida en un entorno con un aislamiento considerable otorga a quienes la tienen una espiritualidad superior a la de los residentes en las masificadas ciudades occidentales, no creo que los andorranos lleguen al grado de perfección que se alcanza en el Shambala. Pero una sensación de paz inacabable, similar a la mostrada en Shangri-La por el maestro Capra, no dejó de invadirme durante el tiempo que pasé en los idílicos valles de Andorra.

En la parroquia de Escaldes-Engordany, uno de los siete municipios en los que está dividido el país, está situado el valle del Madriu-Perafita-Claror, quizás la joya más brillante de la corona andorrana. Rodeado de altas montañas, está prácticamente inalterado por la mano del hombre a pesar de que ocupa el espacio equivalente a la décima parte de este pequeño estado. Debe este valle su nombre a los riachuelos que por él discurren a lo largo de un espacio prácticamente virgen. Tan solo algunas cabañas dejan entrever algún asentamiento humano de origen secular. El sosiego que se respira en toda la cuenca del Madriu y su afluente el Perafita, que bajan alegremente desde las altas cotas pirenaicas, es indescriptible.

No lejos de allí, siguiendo el curso del río Valira desde Engordany hacia la vecina parroquia de Encamp, se alcanza el lago de Engolasters. Aunque aquí se nota más la acción humana, la subida presenta el aliciente de poder admirar la iglesia románica de Sant Miquel, con su bellísimo campanario lombardo. No faltan, por supuesto, paisajes de montaña de ensueño de camino hacia este lugar envuelto en la leyenda. Cuentan los paisanos que en este lago se bañaban desnudas las brujas durante sus aquelarres, lo que atraía a algunos curiosos que intentaban verlas sin ropa. Al percatarse de ello las brujas, furiosas, les lanzaban un hechizo que los convertía de inmediato en gatos negros, que pronto comenzaron a ser extrañamente frecuentes en la zona.

Al igual que ocurrió con aquellos extranjeros que alcanzaron Shangri-La, cuando llegó la hora de abandonar los valles de Andorra sentí el deseo imposible de poder quedarme en ellos para siempre. Pero tocaba volver a eso que, de una manera tan extraña, los occidentales llamamos civilización. Y al disponerme a partir, sentí el insólito convencimiento de que el Shambala, ese reino mítico donde sus habitantes alcanzan el máximo grado de espiritualidad y armonía, se encuentra en estado latente en el interior de cada ser humano. Tan solo nos resta la tarea de descubrir un lugar como éste para ayudarlo a salir de su letargo.

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