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Armas de seducción

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Cuando a comienzos de la Edad Media el embrión de Praga, situado en el actual barrio de Staré Město, y su castillo empezaron a desarrollarse independientemente, a los habitantes de la ciudad se les presentó un problema. Ambos núcleos estaban separados por el ancho cauce del Vltava, hecho que dificultaba enormemente su comunicación. Se imponía por tanto la construcción de un puente que uniera ambas orillas del río. Más adelante, a mediados del siglo XIV, una crecida se llevó por delante el llamado Puente de Judith, de estilo románico y que había sido levantado en aquel lugar un par de siglos atrás. Un nuevo enlace era necesario, por consiguiente, y debía ser considerablemente más sólido que el anterior.

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Cuenta la leyenda que los praguenses añadieron yema de huevo a la argamasa que iba a utilizarse como unión entre los bloques de piedra del futuro puente, con el fin de incrementar su consistencia. Para estar aún más seguros de su efectividad contrataron a una especie de adivino, cuyos estudios concluyeron que la primera piedra debía ser colocada exactamente en el año 1357, el día 9, del mes 7, a las 5:31 horas. Se dice que 135797531, el número capicúa resultante de unir esas cifras, fue grabado en uno de los pretiles de la construcción resultado de tamañas investigaciones, habituales en una época donde lo misterioso y lo real solían ir de la mano.

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Tardó aún varias décadas el puente gótico resultante en ser completado. Tantas, que su benefactor, el Emperador Carlos IV, bajo cuyos auspicios fue creado, no pudo ver finalizada su obra. Hubieron de transcurrir varios siglos para que se hiciera justicia y el producto de su empeño pasara a llevar su nombre, siendo conocido desde entonces como Karlův Most o Puente de Carlos. De medio kilómetro de longitud, consta de dieciséis arcos y está protegido por dos torres en la orilla de Malá Strana, barrio de acceso al castillo, mientras que desde el barrio de Staré Město le da entrada una impresionante torre gótica que formaba parte de la antigua muralla de Praga.

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A comienzos del siglo XVIII, una serie de hasta treinta figuras religiosas fueron colocadas a lo largo de ambos pretiles del Puente de Carlos, otorgándole un tinte barroco que curiosamente no desentona con el aire estrictamente gótico del conjunto. Las estatuas que allí aparecen en la actualidad, y que los turistas miran arrobados, son en realidad réplicas, pues las originales han sido puestas a buen recaudo en el Museo Nacional. Sirven para dotar al puente de un aspecto un tanto místico, de todas formas, y hacen felices a la inmensa mayoría de los visitantes que se sacan una foto con ellas, convencidos de hacerlo junto a una obra maestra de la escultura bohemia.

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La mejor hora para pasear por el Puente de Carlos es al caer la noche. Es entonces cuando casi todos los turistas que lo abarrotan durante el periodo diurno se han retirado ya a sus cuarteles y una calma chicha comienza a apoderarse del ambiente. Tan solo algunos músicos distraen el silencio con sus guitarras, contribuyendo a que la escena adquiera ese ambiente bohemio tan habitual en la capital checa al anochecer. Hasta el caudaloso Vltava parece envuelto en un halo de romanticismo, acentuado por el reflejo de las tenues luces que iluminan el puente sobre las aguas. Y ambas Pragas, ésas que el Puente de Carlos une desde hace medio milenio ya, compiten con todas sus armas de seducción en el intento de atraer al extasiado visitante, que lo tiene realmente difícil para enamorarse tan solo de una de ellas.

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