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Setenta y cinco años no es nada

Como no podía ser de otra manera, fue en un viaje donde descubrí la música de Bob Dylan. Libraba por entonces una dura batalla contra los embates de la adolescencia y me dirigía junto con mis compañeros de Instituto hacia las playas de Torremolinos cuando paramos en un bar de carretera para hacer un descanso. De una vieja jukebox brotaba una melodía que atrajo mi atención de inmediato. ‘¿Quién es este tío?’, le pregunté a mi amigo Lucas, melómano convencido desde la niñez. ‘Joder, colega, no lo conoces. Es Dylan, por supuesto’, fue su desdeñosa respuesta. Mi amigo tenía ya un puñado de discos del genio a tan tierna edad, pero yo no le había hecho demasiado caso, tan concentrado como estaba en el rock un tanto sinfónico de los por entonces muy exitosos Supertramp.

Me dio tiempo a distinguir el rostro de un boxeador, cuya mirada limpia parecía observarme a través del cristal de la jukebox. ‘¿Este Dylan es negro?’, inquirí con mi habitual inocencia. ‘No tienes ni puta idea, tío’, fue la inmisericorde respuesta. ‘Esta canción cuenta la historia de Rubin Carter, un púgil negro que fue falsamente acusado de asesinato y cuya carrera quedó destruida para siempre tras pasar unos años en la cárcel’. Volvimos al autocar y continuamos aquel viaje, que era uno de los primeros de mi vida aunque no consiguió marcarme en exceso. Demasiadas hormonas sueltas como para poder disfrutar con tranquilidad de los lugares visitados, tampoco muy atractivos por su parte. Pero el sonido de aquella guitarra, esa voz tan personal casi a punto de desgañitarse, el desafiante violín de Scarlet Rivera y, especialmente, el contrapunto final de armónica permanecerían ya junto a mí para siempre.

Han pasado casi cuarenta años y la música de Bob Dylan no ha dejado de acompañar ni un solo instante mi trayectoria vital desde entonces. Sus composiciones me han animado cuando estaba deprimido, me han hecho llorar tanto de tristeza como de alegría, han llevado a mi rostro una sonrisa en innumerables ocasiones e incluso un rictus de decepción alguna que otra vez, pero jamás han dejado de emocionarme. El bardo de Minnesota siempre ha estado a mi lado en las muchas ocasiones que he recurrido a sus temas con la esperanza de superar mis momentos más bajos, desde aquella gloriosa Hurricane que me abrió los ojos a su música en una taberna sin nombre.

Bob Dylan nació tal día como hoy, hace setenta y cinco años. Su recorrido desde sus comienzos musicales hace más de medio siglo ha estado jalonado de innumerables éxitos y estrepitosos fracasos, de múltiples subidas al paraíso y algunas bajadas al infierno, probablemente de momentos inmensamente felices y, casi con toda seguridad, de circunstancias tremendamente tristes. Ya de vuelta de todo desde hace mucho tiempo, aún sigue al pie del cañón tanto componiendo y grabando como inmerso en giras interminables, acompañado siempre por su inseparable guitarra. Aparte de seguir escuchando su voz desgarrada una y otra vez, tan solo me queda esperar que se haga justicia y, antes de que sea demasiado tarde, le sea concedido ese Premio Nobel de Literatura que tanto se merece.

Feliz aniversario y muchas gracias por todo, maestro.

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