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En el pico del águila

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Afirman los azeríes que el mapa de su país es una fiel representación de un águila en pleno vuelo, aunque para apreciar tal símil se requieren unas dosis de imaginación parecidas a las necesarias para concluir que el mapa de España no es otra cosa que una piel de toro extendida. Sea como fuere, en caso de que Azerbaiyán se asemeje a esa ave de presa, el pico estaría constituido por la península de Absheron adentrándose en el Mar Caspio en las inmediaciones de Bakú. Y justamente en su punta, el Gobierno del país decidió crear hace unos años una reserva con el fin de proteger a las especies animales y vegetales que allí habitan, algunas de ellas tan emblemáticas como la foca del Caspio, que dispone de una zona de cría en este lugar.

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Desde el momento en que decidimos acercarnos a conocer el Parque Nacional de Absheron quedó claro que aquel no debía ser un sitio muy visitado y que la posibilidad de encontrarnos con hordas de turistas allí resultaba más bien escasa. Al taxista con el que contactamos le sonó el nombre a chino, aunque accedió a llevarnos ante la posibilidad de hacer un buen negocio. Nos dirigimos pues hacia el este y por la distancia recorrida nuestro destino parecía estar bastante más alejado de lo que habíamos calculado en un principio. Por todas partes se veían torres petrolíferas de aspecto vetusto, que se elevaban sobre un paisaje predesértico y un tanto monótono. La cercanía al Caspio se hacía patente debido al ambiente húmedo que nos envolvía y a la evidente presencia de salitre en el terreno.

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Tras sobrepasar la localidad de Zira comenzó realmente la aventura. Nuestro conductor aparentaba no tener la más mínima idea de donde nos encontrábamos y, ante el despoblamiento que se veía a nuestro alrededor, no parecía haber nadie a quien preguntar. Por fin, tras perdernos en innumerables ocasiones y recorrer varios kilómetros por un camino sin asfaltar y en pésimo estado, nos detuvimos ante una especie de caseta destartalada. Mediante el lenguaje de signos logré entender que aquello era la entrada al Parque, así que me dirigí hacia allí para sacar los billetes. Un guarda que parecía sacado de una película de Buñuel en versión azerí me cobró la tasa, me soltó unos prismáticos que asemejaban haber sido extraídos de un museo y me indicó algo así como que estábamos en nuestra casa.

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Como el taxista no parecía muy dispuesto a meter su vehículo por aquellos caminos de cabras, me di cuenta rápidamente de que nos tocaba andar. En realidad, la superficie total del Parque Nacional de Absheron no llega a los ocho kilómetros cuadrados, por lo que tampoco hubiera sido demasiado complicado llegar hasta la punta de la península, que se adivinaba en el horizonte. Pero el hecho de ir con dos niños pequeños, además del considerable calor húmedo que flotaba en el ambiente a aquella hora ya un tanto avanzada del día, nos hizo tomárnoslo con calma y limitarnos a recorrer los senderos más cercanos a la entrada de la reserva, parte de la cual había sido un melonar en la era soviética. Allí se veían trazas de lo que debieron ser asentamientos, probablemente usados por trabajadores en las prospecciones petrolíferas tan comunes en toda esta zona.

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No era la mejor época para ver las focas del Caspio, para lo cual se requiere ir acompañados de un guía hasta unos islotes cercanos. Tampoco nos cruzamos con ninguna de las gacelas, chacales o zorros que allí habitan. Sin embargo, sí que pudimos hacernos una idea de la riqueza ornitológica que guarda el Parque, tanto en lo que se refiere a rapaces similares a ésa que dibuja el mapa de Azerbaiyán como en lo concerniente a las numerosas especies de aves acuáticas existentes. También pueden verse aquí diversos endemismos herbáceos, muy del agrado de botánicos extranjeros que de tanto en tanto llegan para estudiarlos. Ante la falta absoluta de visitantes, que no parecían haber hecho acto de presencia en varias semanas, unos pequeños aprendices de explorador se mostraron encantados con ser dueños y señores de la reserva durante unas horas. Y lo pasaron en grande observando las aves y rastreando presuntas huellas de mamíferos en un lugar que, a pesar de su aislamiento o quizás precisamente por ello, me resultó tan interesante visitar.

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