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Nido de águilas

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Ibn Marwan es uno de esos personajes a quienes la Historia ha relegado injustamente al olvido. Nacido en el siglo IX, no se conocen demasiados detalles sobre su existencia, aunque lo poco que ha llegado hasta nosotros hace pensar que ésta debió resultar apasionante. Miembro de una familia de ascendencia cristiana, alguno de sus antepasados decidió convertirse al Islam, por lo que desde entonces sus descendientes fueron conocidos con el sobrenombre de al-Yilliqi. Es decir, el gallego, término que al parecer era utilizado por los musulmanes para referirse a los moradores de la zona ibérica no conquistada. Emeritense de nacimiento, Ibn Marwan llegó a detentar bastante poder, lo que le llevó a enfrentarse con el emir de Córdoba. Derrotado por éste, fue expulsado de Mérida pero tuvo la habilidad suficiente para negociar con su vencedor, que le permitió fundar una medina en lo que hoy constituye la ciudad de Badajoz.

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No nos han llegado muchos datos sobre la causa por la que Ibn Marwan se desplazó desde Badajoz hacia el norte, aunque de acuerdo a su espíritu guerrero y al poderoso ejército que había logrado reunir, probablemente decidió continuar con la conquista de territorio cristiano a su manera. Hasta que en su avance llegó a toparse con un peñasco de casi novecientos metros de altura, desde donde podía dominarse una amplia zona de terreno. El lugar perfecto para construir una fortaleza, sin duda. La zona colindante ya había sido ocupada por pueblos prehistóricos, de los que aún existen abundantes restos. Posteriormente, los romanos erigieron cerca de allí la importante ciudad de Ammaia, algunas de cuyas ruinas todavía pueden visitarse. Pero quizás fuera el caudillo musulmán el primero en establecerse en la parte más alta de la colina. La fortificación que allí creó empezó a ser pronto conocida con su nombre y bajo tal denominación, Marvão, ha llegado hasta nuestros días.

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Tanto por su estado de conservación como por su espectacular emplazamiento, Marvão constituye quizás el mejor recinto amurallado en un país como Portugal, que tiene abundancia de ellos. La versión actual de su castillo data del siglo XIII, cuando la villa ya formaba parte del territorio reconquistado. En esas fechas, su finalidad ya no era la de ser un participante activo en las luchas entre musulmanes y cristianos, sino la de defender la frontera del recién creado Reino de Portugal de los frecuentes ataques provenientes del vecino Reino de Castilla. A partir de entonces, la estratégica situación de Marvão tuvo una importancia decisiva en las frecuentes luchas fronterizas entre ambos reinos e incluso llegó a cambiar de manos en alguna que otra ocasión, aunque nunca pasó mucho tiempo bajo dominio castellano.

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La villa de Marvão presenta un aspecto inexpugnable desde cualquiera de los cuatro puntos cardinales. La silueta de su castillo se divisa desde muchos kilómetros a la redonda, dando una imagen de indiscutible e indudable supremacía. Pero, a la vez, una fuerza interior te arrastra cuando allí te acercas, como si algo te impeliera a conquistarla y descubrir los secretos que tras sus murallas se esconden. No es de extrañar, pues, que al cruzar la puerta de entrada al recinto, tras una fatigosa subida por el único lugar accesible, tu corazón comience a latir un poco más deprisa, independientemente del esfuerzo realizado. La Porta da Vila da paso a una genuina ciudad medieval, con sus casas típicamente encaladas al estilo portugués, sus estrechas callejuelas que serpentean entre los lienzos de la muralla y esos rincones que nunca dejan de asombrar al ser descubiertos.

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Allá arriba se respira una placentera sensación de tranquilidad, como si la vida transcurriera a un ritmo infinitamente más lento al que estamos acostumbrados. Para disfrutar de Marvão es preciso tomarse su tiempo y recorrer con calma sus viejas calles adoquinadas. Incluso entrar en alguna de esas viejas tabernas donde el tiempo parece haberse detenido y pedir una ginjinha bajo la inspección de algún marvanense, que te mirará con la sabiduría que da el hecho de haber pasado toda la vida en un sitio como éste. Y si al llegar hasta el castillo te atreves a subir a la parte superior de la impresionante Torre del Homenaje, desde donde se aprecia una maravillosa vista que se extiende por esa zona rayana tan castigada, antes por las guerras y ahora por el olvido, quizás llegues a comprender por qué el valeroso Ibn Marwan decidió asentarse aquí un día y fundar una fortaleza a la que bautizó nada menos que con el nombre de sus antepasados.

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