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Cachorros de perro y princesa

Érase una vez un poderoso emperador, llamado Ping Wang, a quien todos respetaban y a la vez temían en su reino. Celoso de los triunfos del vecino rey Kao Wang, intentaba acabar con él por todos los medios pero ninguno le daba resultado. Furioso, congregó a los miembros de la jerarquía de su Corte, prometiendo riquezas sin fin a quien consiguiera llevar a cabo sus propósitos. Como ninguno de sus súbditos parecía dispuesto a encargarse de la tarea, conscientes de las dificultades y temerosos de dejarse la vida en el empeño, hizo un último intento ofreciendo en matrimonio una de sus hijas a aquel que pusiera fin a la vida de su rival. Tan solo su mascota, un perro-dragón de nombre Pan Hu, con apariencia humana y la capacidad de expresarse mediante palabras, recogió el guante y se mostró proclive a aceptar el reto.

Venciendo su escepticismo inicial, Ping Wang pronto se convenció de las probabilidades de éxito de Pan Hu y decidió enviarle al reino de Yi Guo. Tras siete días y siete noches, el perro-dragón llegó a las puertas del palacio de Kao Wang, a quien solicitó audiencia. En la creencia de que los canes traen suerte, el rey lo sentó a su lado y le ofreció sus mejores manjares. Pasaban los días y Kao Wang se sentía cada vez más confiado comiendo y bebiendo junto a Pan Hu. Hasta que una tarde éste lo atacó a dentelladas y acabó con su vida. Llevó entonces su cabeza a Ping Wang, quien lo felicitó por su astucia y le concedió la mano de una de sus descendientes. De aquella unión entre un perro y una princesa nacieron una docena de vástagos, seis hijos y seis hijas, que con el paso del tiempo dieron lugar a la etnia yao.

Aunque originarias del sur de China, donde aún está localizada la mayor parte de su población, algunas tribus yao decidieron emigrar hace décadas, cansadas del aplastante centralismo de la etnia han, mayoritaria en el gigante asiático. Fundamentalmente se desplazaron a Vietnam, Laos y Tailandia, donde se establecieron en las colinas selváticas del norte del país. Allí mantienen en gran manera sus tradiciones, así como su idioma, considerablemente diferente del chino mandarín. A pesar de que yao es el término con el que son mayoritariamente conocidos en sus lugares de origen y destino, ellos prefieren llamarse a sí mismos mien o iu-mien, vocablos que en su lenguaje significan simplemente gente, lo que da idea de su carácter tranquilo y pacífico.

A pesar de que todavía mantienen creencias ancestrales, la mayoría del pueblo yao practica una religión basada en el taoísmo. De acuerdo a sus principios, la naturaleza está regida por tres fuerzas: el yin, que tiene que ver con las actitudes pasivas de la misma; el yang, que hace lo propio con los comportamientos activos; y el tao, energía superior que lleva a las anteriores a mantenerse equilibradas. Su ideal, por tanto, es llevar una vida de mesura y armonía, en contacto con la naturaleza que los rodea. Esta existencia sencilla se pone de manifiesto también en su vestimenta, mucho menos ostentosa que la de otras etnias vecinas aunque los trajes femeninos suelen ser de vivos colores. Ambos sexos se cubren la cabeza con un pañuelo, que en las mujeres maduras puede ser sustituido por un turbante que les proporciona un aspecto característico.

Tan sencillas como sus costumbres son las construcciones en las que habitan las familias yao en la provincia tailandesa de Chiang Rai. Generalmente hechas de bambú y con forma rectangular, parecen mimetizarse perfectamente entre la agreste floresta, tan habitual en la zona, que las rodea. Dedicados ambos sexos fundamentalmente a la agricultura, especialmente al cultivo de ese arroz que constituye su dieta básica, el carácter amigable de los yao les ha llevado a tener mayor relación con sus anfitriones tailandeses que otras etnias de la zona. Quizás esa cierta influencia budista sea la que los hace respetar a los perros sin dar buena cuenta de ellos, tal y como es costumbre en ese sur de China de donde proceden. Aunque a mí me dio la impresión de que tratan tan bien a los canes porque en el fondo los consideran sus congéneres.

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