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Encanto ortodoxo

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Al contrario de lo que sucede con los templos de otras ramas del cristianismo, como pueden ser los católicos o los anglicanos, las iglesias ortodoxas casi siempre tienen un tamaño reducido. Su interior es acogedor y cálido, por completo exento de esas ínfulas de grandiosidad que suelen conllevar cierta frialdad y son tan habituales en las catedrales del oeste de Europa. Incluso sus líneas, caracterizadas por curvas que en muchos casos llegan a ser voluptuosas, ponen un contrapunto a la angulosidad y esbeltez a veces extrema de los templos cristianos de Occidente. Muchos ejemplos de ello hay en Bucarest, donde la religión ortodoxa es predominante aunque no exclusiva. Y una buena muestra es la denominada Iglesia Rusa, que exhibe orgullosa sus redondeces y sus bulbosas cúpulas en el centro de la ciudad desde hace más de un siglo, cuando fue erigida como lugar de culto para la colonia rusa en la capital rumana.

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No lejos de ella se encuentra la Iglesia Stavropoleos, pequeño edificio que antaño formaba parte de un complejo monástico habitado por una comunidad de monjas. Fue construida a principios del siglo XVIII en el estilo denominado Brâncoveanu, que se caracteriza por añadir al templo un porche de acceso, normalmente porticado y de forma rectangular. Su interior está decorado casi por completo con pinturas murales y, como suele ser común en las iglesias ortodoxas, en la zona del ábside se encuentra un iconostasio donde se sitúan valiosos iconos. Los salmos que aquí se cantan durante las celebraciones religiosas han adquirido una bien ganada fama, al igual que la biblioteca, situada en un edificio anexo y que contiene un buen número de manuscritos e incunables.

Aunque las iglesias de madera en Rumanía son originarias de la zona de Maramureş, localizada en el noroeste del país, también es posible ver algunos ejemplos de ellas en Bucarest. La más espectacular de todas se encuentra en el llamado Muzeul Satului, suerte de museo al aire libre donde se muestran construcciones típicas del país, y fue llevada hasta allí desde el pueblo de Dragomireşti, enclavado en la mencionada región. Aunque ya no está dedicada al culto, merece la pena admirar su majestuosa figura, de rasgos muy alejados de la arquitectura ortodoxa tradicional. Más modernos y muy poco conocidos son algunos otros ejemplos que pueden encontrarse en barrios no demasiado céntricos de la ciudad, como la minúscula aunque hermosa parroquia donde fue bautizado mi hijo David.

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Quizás el templo más conocido de la capital rumana sea la Iglesia Creţulescu, erigida en el siglo XVIII por el boyardo del mismo nombre. Edificada también de acuerdo al estilo Brâncoveanu, su exterior estaba decorado con pinturas murales, tal y como ocurre en diversos monasterios del noreste del país. Lamentablemente, hubieron de ser cubiertas por ladrillos durante un proceso de restauración, debido seguramente a su mal estado de conservación. Los frescos del porche son de la época en la que se construyó la iglesia, mientras que los del interior son posteriores. Al igual que la mayoría de las edificaciones religiosas de la ciudad, este templo ha estado en grave peligro de destrucción debido a los fuertes terremotos, fenómeno relativamente común en Bucarest, y al régimen comunista, que acabó con la mayor parte del patrimonio artístico local.

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En la otra orilla del río Dâmboviţa se levanta la iglesia de nombre Domniţa Bălaşa, con su característico exterior de ladrillos, de tonalidad ocre y amarillenta, superpuestos de manera que dan al templo un aspecto listado. Fue mandada construir por la princesa de la que tomó su nombre, que allí está sepultada y de la que existe una escultura en el pequeño jardín que rodea el edificio. En realidad, la edificación actual es la cuarta que existe en este lugar, pues las tres anteriores fueron destruidas por el fuego, un terremoto y una inundación, respectivamente. A pesar de todo, es ésta una de las iglesias más carismáticas de Bucarest y está muy solicitada entre la población local para celebrar bodas por el rito ortodoxo. Y puedo dar fe de su encanto, pues no en vano aquí celebré mi boda por el mencionado rito hace hoy diecisiete años.

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