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Saludando al Maximón

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Daniel iba haciendo de copiloto por las tortuosas carreteras que llevan hasta el lago Atitlán. Nuestro conductor, Marcelino, así se lo había propuesto al ver como sus ojos brillaban de una manera especial al acercarse al vehículo. Se me puede tildar de irresponsable por permitir que un niño, de tan solo cuatro años entonces, viaje en el asiento al lado del chófer en un país donde la conducción es algo temeraria según los parámetros europeos. Y seguramente lo sea, pero cuando viajo intento adaptarme al máximo a la mentalidad del sitio visitado. Confío ciegamente en los conductores locales y si los niños en el destino viajan en los asientos delanteros dejo que los míos lo hagan también. Todo sea por cumplir aquella vieja máxima de donde fueres, haz lo que vieres. Sin ningún contratiempo, con Daniel y Marcelino charlando amigablemente durante todo el trayecto, llegamos a Panajachel, pequeño pueblo situado al borde del lago.

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Panajachel en sí mismo no tiene demasiado interés. Originalmente, era un pequeño pueblo de pescadores donde se construyeron algunos hoteles cuando el turismo empezó a interesarse por esta zona de Guatemala, tras la guerra civil que asoló el país a mediados de los años noventa del siglo pasado. Sus habitantes son mayas tzotziles, que frecuentemente usan su lenguaje para comunicarse entre ellos y han comenzado a llamar a su pueblo Gringotenango, es decir lugar del gringo, debido al incremento de visitantes en los últimos años. Pero tampoco hay que asustarse, Panajachel no es Benidorm ni mucho menos, sigue siendo una pequeña población de ambiente agradable y una buena opción como puerta de entrada al lago Atitlán.

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Aldous Huxley describió el Atitlán como el lago más hermoso del mundo y, aunque las comparaciones son difíciles aparte de odiosas, creo que en parte tenía razón. La carretera que baja desde el hermoso pueblo maya de Sololá, a más de dos mil metros de altura, hasta el borde del agua, a menos de mil seiscientos metros, ofrece vistas incomparables del lago y de los imponentes volcanes que lo bordean. A la derecha, el volcán San Pedro. A la izquierda, los volcanes Tolimán y Atitlán, que desde algunos puntos se confunden y dan la impresión ser uno solo al estar situados uno detrás del otro y tener una altura similar. A pesar de que con frecuencia suele haber bruma, la imagen es realmente arrebatadora y suele causar una sensación de calma extrema en el viajero. El Atitlán es muy profundo, se han sondeado más de cuatrocientos metros de desnivel en algunas zonas y en otras es aún desconocido, aunque parece haber acuerdo en que se trata del lago con mayor profundidad del mundo.

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Embarcados en una pequeña lancha, cruzamos el lago hasta la orilla opuesta, donde se sitúa la localidad de Santiago Atitlán, entre el Cerro de Oro y las faldas del volcán Tolimán. Los mayas que la habitan no son tzotziles, como en la otra orilla, sino que pertenecen a la etnia tzutujil y se comunican en un idioma diferente. Muchos de ellos no hablan español o lo hacen de manera precaria. A diferencia de Panajachel, en Santiago Atitlán hay pocos gringos y en toda la villa se respira un ambiente maya. Los ciudadanos suelen llevar vestimentas típicas y se conservan antiguas tradiciones y ritos. Aquí se libraron duros combates durante la guerra y pueden verse monumentos en lugares donde se cometieron masacres.

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Nos dirigimos en una especie de tuk-tuk al lugar donde, hace unos años, un río de lodo procedente del volcán Tolimán sepultó una aldea entera y murieron centenares de personas. No queda nada allí, el fango lo enterró todo y aún hay decenas de cadáveres que no se han recuperado ni lo harán nunca. Y no podíamos dejar Santiago Atitlán sin pasarnos a saludar al Maximón, curioso personaje de origen desconocido al que los mayas tzutujiles veneran mediante antiguos ritos entremezclados con tradiciones católicas, como el sacarlo en procesión el Viernes Santo. Al parecer, el Maximón agradece que le pongan velas, le regalen puros o le ofrezcan unos tragos de ron. Así que, presentándole nuestros respetos, le dejamos unos pocos quetzales para que se tomara un trago a nuestra salud.

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2 pensamientos en “Saludando al Maximón

  1. Parece que nos has leído el pensamiento con esta publicación, ayer estuvimos recopilando información sobre Antigua, el lago Atitlán y el mercado de… Ahora no recuerdo el nombre. Nos apuntamos lo del saludo a Maximón.

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    • Creo que os referís al mercado de Chichicastenango. Escribí algo sobre él en esta entrada:

      Una explosión de color

      Cualquier cosa que necesitéis sobre esa zona de Guatemala no dudéis en preguntarme. Y si pasáis a visitar al Maximón, no dejéis de saludarlo de mi parte.

      Muchas gracias por vuestro comentario y un abrazo.

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